El peor de los escenarios. Me atrevo a afirmar que, de no hacerse nada para cambiar esta realidad, todo estudiante de primer año debería afirmar sin duda alguna que la probabilidad de muerte de un paciente que ingresa a una terapia intensiva se está incrementando, si mantenemos constante cualquier otro factor de análisis.
¿Qué hacer para evitarlo? Para comenzar reconocer que, más allá de su vocación, los médicos también comen. Sino veamos otro párrafo de aquella carta: “Terminamos una guardia en una Unidad de Terapia Intensiva y salimos apresuradamente para otro trabajo. Necesitamos trabajar en más de un lugar para llegar a fin de mes. Por horas y horas de trabajo estresante, agotador, pese a ser profesionales altamente calificados y entrenados, ganamos sueldos increíblemente bajos, que dejan estupefactos a quienes escuchan cual es nuestro salario”.
Necesitamos apoyar a los médicos terapistas y, para ello, la economía de mercado nos enseña que con aplaudirlos en los balcones no alcanza. ¡Debemos pagarles! Simple, ¿verdad? Si no lo hacemos por vergüenza, hagámoslo por miedo. Estamos frente a una catástrofe sanitaria que no evitarán los epidemiólogos desde sus escritorios sino los terapistas desde las trincheras.
El Gobierno podría, por ejemplo, duplicar a retroactividad desde abril el sueldo de los médicos terapistas y del personal de apoyo, en todos los hospitales públicos y abonar la diferencia de salarios en los centros privados. Ello, más allá de darles nuevas fuerzas a aquellos que están arriesgando sus vidas por nosotros, atraería médicos clínicos para entrenarse como terapistas en programas intensivos que podrían ser llevados a cabo en los hospitales escuela o cualquier otra institución adecuada para ello. Nada es gratis, siempre existen fines múltiples y de distinta importancia, es el rol de un gobierno el discriminarlos.
Si en marzo pasado se hubiese seguido esta estrategia, distinta sería hoy la realidad en las terapias, pero estamos a tiempo de corregirlo. El camino más largo comienza por el primer paso, no perdamos un día más.
Publicado en El Economista.