¿Cambiemos sin Macrismo y Macrismo sin Macri?
Karina Mariani
Directora del CLUB DE LOS VIERNES Argentina.


Un fin de año pletórico de pifies, traiciones y vampírico internismo potenciaron la incertidumbre sobre qué cosa es y en qué se puede convertir el conglomerado opositor intitulado Cambiemos. Es cierto que se viene analizando desde antes de 2019 cuál sería la deriva del movimiento que llevó al poder a Mauricio Macri y que creyó que, con esa jugada de destino manifiesto, vencía de una vez por todas al peronismo.
Pero el mantra “No vuelven más” repetido con soberbia militante dio nulos resultados. El kirchnerismo, la versión electoral más exitosa del peronismo, volvió al poder. Y lo más humillante de su regreso es que volvió con un manojo de lo peor que la formación haya tenido. Ganaron el partido con los suplentes de los suplentes y con un juego carente de toda dignidad. Un repaso de la campaña presidencial 2019 muestra a las claras que el kirchnerismo no ganó el partido, fue Cambiemos quien lo perdió.
Luego de lamerse un poco las heridas, Mauricio Macri lanzó un libro catártico en el que ensayaba una curiosa forma de autocrítica que consiste en considerar que los defectos son la exacerbación de las propias virtudes: “perdimos por ser tan buenos”, sería la idea. Al mismo tiempo delineaba su forma de entender el meollo del fracaso argentino resumido en un monstruo de paja: EL POPULISMO. 
El libro se llamó, sugestivamente, “Primer Tiempo”, título con el que Macri sembró las dudas sobre su continuidad y vigencia en momentos en los que sus herederos ya estaban pagando las cuotas del féretro. Los últimos dos años han sido un ir y venir de maniobras más o menos solapadas con las que Cambiemos trata de definirse a sí mismo matando y reviviendo a Macri al compás de la coyuntura electoral y de las encuestas. La cuestión sigue siendo entender si hay Cambiemos sin Macrismo y si hay Macrismo sin Macri. De esta definición depende la oferta que enfrentará al kirchnerismo en 2023.
En tanto, para la llave presidencial del año que viene, el proyecto de poder que encara el peronismo desde la segunda mitad del siglo pasado va a hacer lo que hizo siempre para sobrevivir. Instrumentará todas las formas de acuerdismo, clientelismo, caudillismo, corporativismo y vasallaje con que aceitó en tantas décadas el manejo del Estado, esa institución que siente que le pertenece. Con o sin sillón de Rivadavia, el peronismo ha demostrado tener de facto el control de los piolines del poder, este aniversario de la caída de De La Rúa es la prueba misma de ese poder omnisciente.
Macri, la idea de Macri o, mejor dicho, el “concepto Macri” surge justamente de las cenizas de ese desastre político que fue el 2001. Cuando el electorado había perdido todas las esperanzas en la alternancia civilizada. Cuando el mismo votante peronista descreía de todas sus figuras. Cuando el matrimonio por conveniencia entre el radicalismo conservador y el peronismo bienpensante se transformó en La Guerra de los Roses. Cuando el radicalismo se quedó sin una sola figura potable en términos electorales. Cuando la “casta” política no podía sentarse tranquila a tomar un café. Cuando en términos electorales todos eran una nulidad. Ahí, justamente ahí, brotó como una posibilidad política el joven heredero, exitoso y desafiante de la clase política podrida. Macri tenía un valor imposible de contrarrestar: estaba orgulloso de su condición. 
El carismático ingeniero, más parecido a un playboy que a un oscuro político genérico, empezó a recorrer el mainstream mediático desafiando el modelo socialdemócrata setentista tallado en piedra por el radicalismo y el peronismo. Hablaba con desparpajo de lucro y de la propiedad privada yendo incluso contra los flamantes actores surgidos de la miseria del estallido: los cartoneros. Macri, el “concepto Macri”, destrabó niveles impensados de escandalismo pobrista. Fue el ofensor más exitoso del hegemón progresista. 
Como la cultura de la cancelación es más vieja que el tiempo, vale recordar que Macri fue objeto de toda clase de demonización apenas aplacada por el hecho de haber sido víctima de un tortuoso secuestro. Por varias razones, incluída su promocionada vida sentimental, Macri era un polo de atracción mediática. No lo quería la izquierda, ni el radicalismo, ni el peronismo ni nadie, pero no lograban invisibilizarlo. Macri, la idea que Macri representaba, era para todos el “límite”.
Con estos blasones en 2001 funda la Fundación Creer y Crecer, con la que se lanza a la política. Luego crea el partido político “Compromiso para el Cambio” y en 2005 lanza un frente electoral llamado Propuesta Republicana (PRO) y se convierte en Diputado Nacional por la Ciudad de Buenos Aires. Si bien es cierto que se valió de viejas estructuras para instalarse políticamente, no es menos real que lo que creció exponencialmente en la Ciudad y que se instaló como corriente política fue el Macrismo. O sea, el “concepto Macri”, a pesar de ir contracorriente del progresismo dominante, tenía mercado. En otras palabras: el electorado demandaba una oferta que le había sido negada por años.
Si el expresidente Mauricio Macri fue consciente o planificó apoderarse de esa demanda es harina de otro costal. Lo que cuenta es que durante años la clase política se ocupó de adoctrinar sobre un estatismo que Macri, discursivamente, denigraba. Y denigrando conseguía votantes. La idea que Macri representaba se quedó, en 2007, con la Ciudad de Buenos Aires, histórico santuario radical y antiperonista. 
Como artefacto político-electoral, el “concepto Macri” fue exitoso. Absorbió gran parte del gorilismo, del radicalismo, la derecha conservadora, el liberalismo, una cuota del menemismo residual y no paró de crecer. Claro que esto no podía ser obra de un hombre solo y mucho menos de un hombre poco apasionado por el trajín de la maquinaria político estatal. Así que se puede hablar de Macrismo como la estructura política que gravitaba en torno a la figura del Jefe de Gobierno Mauricio Macri. El Macrismo se convirtió en un proyecto de poder nacional y se ablandó un poco, como cuadra a un movimiento de masas. Pero se le oponía la aplanadora kirchnerista que, para esa época, además de tener al peronismo concitaba la simpatía del progresismo y de la izquierda, y esa oposición lo definió por default.
No existe bicho más adaptativo al entorno que el político profesional. Conforme el Macrismo era lo único que iba quedando en pie desde la oposición, todos aquellos para los que Macri, el “concepto Macri”, era el “límite” se dispusieron a brindarle al Macrismo sus servicios electorales: Partidos, territorio, militantes, fiscales, cuadros “técnicos”, punteros y toda la fauna política que no había entrado en el paraguas kirchnerista. Se sumó al proyecto el grupo de intelectuales que huían del kirchnerismo (gente grande y culta que sin embargo creía en la existencia del socialismo bueno y que se sentía estafada por el modelo santacruceño). Para la época de la elección presidencial del 2015 el Macrismo había establecido un consorcio con formaciones que estaban políticamente fuera de toda posibilidad presidencial como la UCR y la Coalición Cívica. Ese consorcio se llamaba CAMBIEMOS y su función era derrotar al kirchnerismo. Y lo consiguió.
Mauricio Macri como líder de CAMBIEMOS duró en el poder sólo un término. Kilómetros de tinta se han escrito tratando de explicar esa derrota o tratando de presentarla como una victoria o tratando de analizar qué se hizo bien o tratando de justificar lo que se hizo mal. De todo ese debate algunas cosas son indiscutibles: que fue el carisma originario del Macri desafiante que se despegaba de la clase política lo que posibilitó la existencia de un “Macrismo”, en primer lugar. Ninguna otra figura política consiguió lo mismo. En segunda instancia, que fue el Macrismo el pulmotor que volvió al ruedo a las viejas estructuras políticas que electoralmente no superaban el dígito. Vale decir que Macri, el “concepto Macri”, fue lo más exitoso que tuvieron.
CAMBIEMOS fue y sigue siendo un eficiente artefacto electoral, las últimas elecciones lo demuestran. Contiene en sí los recursos humanos necesarios para desenvolverse en el fatuo sistema electoral argentino y por eso no intenta cambiarlo a pesar del enorme poder que ostenta con o sin funciones ejecutivas. Pero cultural, ética e ideológicamente es una bolsa de gatos. Cuenta la leyenda que Don Miguel de Unamuno sentenciaba que “Vencer no es Convencer” y bien puede aplicarse la sentencia. CAMBIEMOS no genera pertenencia ni base de legitimación porque no sabe cuál es su plan, su ideología o su postura política ante las cosas más básicas. Los últimos escándalos políticos también lo demuestran. 
Es muy difícil saber si quedó algún vestigio de aquel “concepto Macri” dentro de las capas de dirigentes y rosca que se evidenciaron en las últimas semanas dentro de la oposición. También es difícil saber cuánto del “concepto Macri” queda en el hoy expresidente Mauricio Macri. Pero lo cierto es que la progresiva dilución de ese concepto le ha valido a la formación opositora la pérdida de votos, prestigio, credibilidad, proyección y generación de expectativa. Perder ganando, que es la vieja metáfora de la victoria pírrica, parece ser el destino de la formación desde que decidieron matar su piedra angular: el “concepto Macri”.
¿Cómo sería un eventual gobierno de Vidal, Larreta, Morales, Bullrich, Manes o Cornejo si lograran vencer en las presidenciales al kirchnerismo? ¿Qué legitimación ideológica los sostendría en el poder? ¿Qué dirigente podría sostener la argamasa y contener los apetitos de todas las facciones? ¿Cuál es el concepto que Cambiemos tiene del rol del Estado, del papel argentino en la región, de la libertad de comercio, del lugar de Argentina en el mundo? CAMBIEMOS gobernó entre contradicciones ideológicas y administrativas que le valieron la derrota, ¿están superadas esas contradicciones? 
En el libro “Primer Tiempo” el expresidente sindica como el malo de la película al POPULISMO pero no queda muy en claro qué cosa es ese POPULISMO. ¿Se trata de un tipo de política pública específica? ¿De una persona en particular? ¿De una forma de gestión? La respuesta a alguna de estas preguntas nos daría la clave para entender qué piensa Macri y si lo que él piensa se condice con lo que piensa su partido. Si POPULISMO es otra forma de decir KIRCHNERISMO y vencer al kirchnerismo es el único plan, deberían tenerse en consideración dos cuestiones: la primera es que ese plan ya fracasó y la segunda que la piedra angular del “concepto Macri”, la fuerza misma que dio lugar a su existencia surgió cuando aún no existía el “concepto Kirchner”.
La dinámica política basada sólo en la desmaterialización mágica de Cristina Kirchner es una fuente de desproporcionadas esperanzas. El kirchnerismo es sólo el catalizador de una doctrina paternalista, resentida, identitarista, pobrista y demagógica que estaba en nuestra atmósfera mucho antes de que Nestor soñara con el conjuro que lo hizo presidente. Es exactamente lo que el “concepto Macri” desafiaba abiertamente cuando Mauricio Macri y sus adláteres no tenían vergüenza del “concepto Macri”.
Así como lo mejor que tuvo CAMBIEMOS fue el “concepto Macri”, lo mejor que tuvo Mauricio Macri fueron sus electores. Por fuera de las estructuras partidarias el expresidente generó una comunión ideológica con un grupo creciente de ciudadanos que lo instaló como presidente a él, no a sus socios que llevaban varios llamados sin despertar entusiasmo. Luego Mauricio Macri se dedicó a dar la espalda a ese grupo de personas cuyo voto dio por descontado. Es posible que Macri haya sido el primero en renegar del “concepto Macri”. 
Como sea, ese electorado se desilusiona progresivamente. No hay un sólo dirigente en la formación que renueve esa comunión ideológica y lo que se puede apreciar es una desbandada sin líder y sin más objetivo que permanecer en el poder a como dé lugar, acordando, negociando o flotando livianamente. Hay demasiados links rotos. Tal vez el “concepto Macri” deba evolucionar y eso incluye a sus electores. Caso contrario los llamados electorales, sean estos triunfos o derrotas, terminarán siendo meros espasmos. 
Mucho se habla de un gran acuerdo opositor para el 2023 que venza al kirchnerismo, pero es un error confundir el todo por la parte. Hay demasiado KIRCHNERISMO STATE OF MIND en Cambiemos, y un acuerdo electoral sin ideología ni programa confunde el instrumento con el problema. El peligro es que el resultado sea, de nuevo, un destino como el de la Alianza o el del frustrante gobierno de Macri. Ahora que se van a poner de nuevo en movimiento los engranajes electorales para las elecciones del 2023, es de esperar que tanto la oposición como los votantes recuerden qué fue lo mejor y lo peor que tuvieron en las experiencias pasadas. Si no, estaremos todos condenados.

Publicado en Faro Argentino.


 

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