El Estado voyeur y otros síntomas totalitarios
Emilio Martínez Cardona
Escritor y analista político.


El Diccionario de la Real Academia Española incluye la palabra voyeur como voz francesa y con el siguiente significado: “persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otras personas”.
El hallazgo de una microcámara oculta en la celda del gobernador Camacho, en el penal de Chonchocoro, nos lleva a plantear la existencia de un “Estado voyeur”, un régimen crecientemente dictatorial que llega al extremo de espiar a los ciudadanos en su intimidad.
Ya en 1924, el escritor ruso Yevgueni Zamiatin, en su novela Nosotros (pionera del subgénero de las distopías), había descrito una sociedad basada en la hipervigilancia, inspirada tanto en el experimento soviético como en el fascismo mussoliniano.
En Nosotros, los edificios son transparentes, para verificar las actividades de los súbditos del Estado, a los que se fija un horario para todo, incluyendo a las relaciones sexuales. Se reprime no sólo a los disidentes, sino también a quienes puedan llegar a serlo.
Esta hipervigilancia reaparece en otra distopía famosa, 1984 de George Orwell, retrato en clave de ciencia ficción de la maquinaria estalinista. “El Gran Hermano te está mirando”, es la frase omnipresente en el orden totalitario descrito, donde los micrófonos y las cámaras están por todas partes, incluyendo a los domicilios.
“Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo. (…) Tenía usted que vivir —y en esto el hábito se convertía en un instinto— con la seguridad de que cualquier sonido emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados”, escribió Orwell.
Cuando el absurdo usurpa el lugar de la lógica, lo ficcional-pesadillesco se convierte en realidad, como parece estar sucediendo en nuestro país por estos días, con el “socialismo mágico” del dictador suplente.
Pero el poder tiene su microfísica y el Estado voyeur no es el único síntoma totalitario aparecido recientemente. El despotismo también busca implantarse en los estamentos locales, a imagen y semejanza del orden macro construido desde el nivel central del Estado.
Un caso de estudio es lo que está sucediendo en el municipio cruceño de El Torno, donde una administración del MAS está replicando los Centros de Defensa de la Revolución (CDR) cubanos, para amedrentar a sectores productivos a los que se pretende expropiar por una vía expedita, probablemente inconstitucional.
En este sistema, los vecinos son obligados a movilizarse bajo amenaza de que el POA (Plan Operativo Anual) de su barrio será reducido, si no fungen como grupos de choque del Gran Alcalde. Esto suena muy ilegal.
La metodología que convierte a las organizaciones sociales en títeres de la burocracia es el complemento perfecto para el Estado omnipresente y omnisciente que describíamos arriba, que ahora hace de cada vecino un gendarme de la revolución colectivista.


Publicado en Los Tiempos, Bolivia.

 

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