Marcos Victorica
Economista, emprendedor y
escritor.
Más del
80% de la población global convive con la informalidad económica. Números de
este calibre reflejan la desconfianza de la sociedad moderna frente a un
edificio institucional que perjudica más de lo que favorece, y empuja a la
ciudadanía a mantener su economía fuera de los registros oficiales. Ante este
panorama, realizar un diagnóstico correcto es crucial para comenzar a desandar
un camino que solo puede conducir al fracaso.
Que la
economía informal constituye una realidad que engloba a la sociedad en su
conjunto es una afirmación más que comprobable. No se trata de abordar la
cuestión únicamente a partir de las decisiones individuales de los ciudadanos,
sino de comprender cómo la maquinaria informal impacta directamente en el
desarrollo nacional. Siguiendo esta línea, buscar culpables entre quienes se
resguardan en la informalidad para proteger sus finanzas personales sería un
grave error. Es necesario ampliar las miras y reconocer que hay un sistema que
no ofrece garantías ni logra convencer.
A partir
de 1945, con el crecimiento de la inflación, la informalidad en la Argentina
ascendió a niveles cercanos al 50%. Desde ese entonces, nunca más bajó. Ahora
bien, para comprender este fenómeno puede ser útil incorporar el concepto
anglosajón compassion. Este difiere en un aspecto central de su equivalente más
cercano al español, compasión: no hace referencia a la pena que se siente por
alguien que atraviesa una mala situación, sino que invita a la empatía, a
ponerse en el lugar del otro.
Efectivamente,
cuando la corrupción, la inflación y la inestabilidad son moneda corriente, los
ciudadanos concluyen que el dinero que aportan mediante impuestos no se traduce
en mejoras sociales. De esta manera, utilizan la informalidad como un mecanismo
de defensa personal. En la misma línea, situaciones como el boicot
parlamentario a Ficha Limpia abonan a la desconfianza generalizada. Si no es
posible garantizar seguridad jurídica, tampoco es posible garantizar seguridad
económica. El siglo XXI demuestra que la frase “achicar el estado es agrandar
la nación” es hoy más cierta que nunca, pero es difícil que la nación crezca si
dejamos que la manejen los mismos de siempre.
Pero la
falta de compassion no es solo patrimonio argentino: la proliferación de
diagnósticos errados derivó en la creación de una burocracia internacional
encargada de imponer regulaciones antilavado basadas en supuestos desacertados.
El surgimiento de esta fobia se justificó en el combate al terrorismo y al
narcotráfico, y ha resultado inconsistente como estrategia contra ambas
problemáticas. Los atentados terroristas no dependen de la financiación ni
tienen costos significativos, como probó la investigación del ataque a las
Torres Gemelas; mientras que el narcotráfico desde Latinoamérica es de
u$s15.000 millones anuales, pero el consumo interno en Estados Unidos es de
u$s250.000 millones. Cada año cierran miles de cuentas bancarias de latinos,
pero nadie se ocupa de la montaña de narcodólares que circula diariamente en
EE.UU.
Recientemente,
Javier Milei reparó en las diferencias que existen entre la informalidad a la
que recurren quienes desean proteger sus finanzas de las fallas del sistema, y
la informalidad en la que se escudan las actividades ilícitas. Correctamente,
el Presidente señaló que el delito debe ser combatido mediante las fuerzas de
Seguridad, y no con regulaciones económicas que afectan al ciudadano promedio.
Efectivamente, las posiciones del Anti-Money Laundering son incompatibles con
la realidad que vive tres cuartas partes del mundo, y la posición del Gobierno
argentino ayudará a derribar el primer ladrillo de este Muro de Berlín.
Este
tipo de prejuicios nublan la visión de las causas reales del problema, e
imposibilitan tomar las medidas necesarias contra el verdadero dilema: la
informalidad como respuesta a una distorsión institucional severa. En efecto,
es primordial atacar la fuente de la informalidad, que no es otra sino la
desconfianza. Para esto, la solución es generar incentivos que inviten a
ingresar al sistema formal y salir de los márgenes.
En este
sentido, la actualidad argentina presenta algunas muestras de mejora que
permiten pensar en avances a corto, largo y mediano plazo. En el horizonte
inmediato, se avecinan medidas tendientes a promover el ingreso del dinero
resguardado informalmente a la economía formal, sin castigar a quien hasta
ahora eligió no hacerlo. Milei insistió en que el Gobierno trabaja en un plan
para que los argentinos “puedan sacar sus ahorros sin que los persiga el
Estado”. Este proyecto representa un paso interesante para acabar con la
problemática de la informalidad, pero hay un elemento que es condición
necesaria para desterrarla: el crédito. Con tasas razonables, la gente va a
pagar impuestos para poder demostrar mostrar ingresos sin necesidad de que se
los persiga. El principal incentivo para blanquear los ingresos siempre será el
acceso al crédito. Quien no lo vea, seguirá incurriendo en diagnósticos erróneos
y el cuento de nunca acabar continuará sonando.
Publicado en Ámbito Financiero.