Javier Cubillas
Analista de Asuntos Públicos, Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
No vamos a ser
originales ante un escándalo más. El Congreso es una institución que en
democracia tiene que dejar ver esos conflictos y hasta los potenciales
escándalos. Es el lugar donde se llevan acabo institucionalmente las
expresiones de las diversidades de intereses sectoriales, al grado máximo
tolerable y posible, sin que nos encontremos con hechos directos de fuerza o
violencia. Pero…
Pero sí, una vez
más nos encontramos ante un escenario de barvariedad (Doxarquía, 2017), que
alguna vez ya lo hemos hecho notar en donde lo que hacemos es utilizar
herramientas de la historia, la sociología y las ciencias políticas para
mediante un neologismo, reflexionado allá por el año 2010, aventuramos que nos
encontramos con múltiples y diversos ejemplos de la barbarie expresada por
aquellos que fueron educados, institucionalizados, formalizados, integrados,
conectados, económicamente activos y en blanco, con red, con contactos, con
algún grado de estabilidad económico financiera, o con los civilizados,
diríamos aquí para simplificar y no por ello dejar de dar cuenta de tantos
contrasentidos.
Y que además, por
si fuera poco, en este caso cumplen el rol de representantes de las diferentes
posiciones sociales y políticas de la nación.
Por eso, estamos
ante un oxímoron en donde la "barvariedad" o barbarie de los
civilizados nos permite ver cuánto de la impunidad caló hondo y corrompió
valores y reglas generales de actuación social.
Por eso, el
escándalo emerge con mayor gravedad: hoy la moral y buenas prácticas
legislativas se ven puestas en crisis y se corre lo tolerable. ¿Hasta dónde
pueden llegar las expresiones de los representantes tomadas o narradas por los
periodistas parlamentarios de los medios tradicionales o mediante los propios
teléfonos desde las bancas transmitiendo todo lo que ocurre en vivo desde el
recinto, pero no en clave informativa, sino de escrache mediático? La respuesta
por ahora es: no hay límites a la vista y los actos de indignación e
intolerancia son las acciones de comunicación espejadas de las diversas
representaciones políticas.
En definitiva,
todo esto muestra que la responsabilidad institucional e individual se diluye
cada vez más rápido y es cada vez más líquida sociológicamente hablando, y con
ella también, todo vestigio de ciudadanía que ejerza valores de ejemplaridad,
tolerancia y cuidado o aversión al riesgo, llevándonos a todos a un escenario
de vida temerosa, con brutalidad (desde hace más de dos décadas) sin empatía y
con apatía respecto al consenso pactado o contrato social que nos define como
república democrática.
Sí el Congreso de
la Nación es una caja de resonancia de la sociedad, la “barvariedad” nos lleva
a pensar que la percepción y sensación generalizada sobre los sucesos recientes
como vivenciar cada vez más un caja de cristal con disonancia y alta
intolerancia que pueda ser difícil de controlar dentro y fuera del recinto.
Publicado en Perfil.