Matías Enríquez
Participante del
Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales 2020. Periodista argentino
que ha trabajado en diferentes medios de comunicación, actualmente dedicándose
a la comunicación institucional de organismos de gobierno. Trabajó en
diferentes medios gráficos como El Mundo (España), Marca (España) y ESPN-La
Revista (Estados Unidos), en radio y TV. Fue corresponsal, redactor, movilero,
editor, columnista, conductor y productor. También se desempeña como docente en
talleres de Comunicación, Periodismo y Argumentación. Ha publicado columnas de
opinión en diferentes medios como Infobae, Diario Perfil, ADN Ciudad,
Mundiario y Visión Liberal, entre otros.
8 horas y 44
minutos es el promedio diario que los argentinos pasan online. Es decir, por si
algún desprevenido no leyó bien, más de la mitad del tiempo que estamos
despiertos nos conectamos para dialogar por whatsapp, buscar información en
Google y entretenerse (ganando o perdiendo el tiempo Ud. elige) en TikTok,
Youtube, Instagram y X.
El dato surge del
informe que, en marzo de este año, We Are Social y Melt Walter dieron a conocer
en el Informe Digital 2025 sobre Argentina. Ese documento también reveló que
los videos son los contenidos más consumidos durante el último trimestre de
2024 y continúan siéndolo en este 2025. Esa combinación entre mucho tiempo
online y videos como formato más seductor para los usuarios está haciendo
estragos en nuestro acceso a la información.
La desinformación
se ha vuelto un fenómeno incontrolable. Desde consultoras especializadas hasta
gurús de la materia, todo pronóstico sobre el tema ha quedado corto para tratar
de dimensionar esta problemática y, más aún, el impacto de ésta en los debates
públicos. La irrupción definitiva de las deepfakes en el discurso online ha
tenido una trascendencia total en el deterioro en la manera en la que nos
vinculamos con la información.
Hace algunos días
en una charla con alumnos universitarios me consultaban respecto del porqué, si
el concepto deepfake apareció en 2017 se ha transformado en un peligro ocho
años después. La respuesta radica en qué, en aquel entonces las alteraciones
visuales eran notorias y hoy ya no lo son. Sumado a eso, observamos que estas
piezas interpelan una base muy fuerte anclada en nuestro pensamiento crítico
respecto del “lo vi con mis propios ojos”, aunque ya no sepamos qué lo que
estamos viendo es falso.
La dificultad
para diferenciar lo real de lo falso responde a que las deepfakes están muy
bien logradas desde el punto de vista técnico y no hay muchas herramientas
técnicas a la altura para chequear la veracidad o falsedad del contenido. El
otro gran problema que ocasionan, un tanto más profundo que el anterior, es que
estamos en una suerte de época de agnosticismo visual, en el cual nos volvemos
un tanto reacios a creer ciertas cosas que no comulgan con nuestros sesgos o,
en menor medida, se licuan entre tanta marea informativa y ya no logramos
comprender si tal o cual cosa pasó o nos pareció que pasó. Como un pixel
estático en un loop infinito, estamos totalmente desorientados.
De cara a los
próximos compromisos electorales legislativos debemos prestar suma atención a
lo que compartimos. El deepfake del video de Mauricio Macri en las elecciones
legislativas para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires –invitando a no votar por
la candidata de su espacio político, Silvia Lospennato– es un llamado de
atención sobre los desafíos tecnológicos y la desinformación en los procesos electorales.
La política tradicional se ha visto desestabilizada por herramientas y formatos
con los cuales no está familiarizada y por consiguiente, la respuesta siempre
es lenta y la deja más en evidencia.
Lo vemos, lo
escuchamos, lo sentimos, lo creemos: el poder real de los videos falsos
No se vislumbran
algunas soluciones ancladas en herramientas tecnológicas que puedan brindarnos
ayuda respecto de cómo distinguir las deepfakes. Como siempre se sugiere desde
estas líneas, el sentido común continúa siendo la mejor manera de hacerle
frente de manera individual a la desinformación.
En el caso de las
deepfakes, se debe prestar mayor atención a las caras de las personas como así
también a la velocidad del habla o al parpadeo de los ojos del protagonista. Todavía
allí tenemos algunos errores visibles, aunque cada vez sean menos. En un
sentido más amplio, observar el ecosistema digital, es decir, quien difunde tal
o cual video ya sea en la réplica o el compartido también puede servir de
aliado para no caer en ello.
En tiempos donde
la mirada ya no alcanza y la duda se sumerge en cada frame, la confianza
pública se resquebraja pixel a pixel. La batalla contra la desinformación ya no
se desarrolla solamente en el terreno de los hechos, sino en la dimensión más
íntima de nuestras percepciones.
Frente a ello,
pareciera que no alcanza con herramientas tecnológicas ni marcos normativos:
necesitamos, más que nunca, una ciudadanía atenta, crítica y dispuesta a
repensar su vínculo con la verdad en un mundo donde hasta el más mínimo pixel
puede mentir.¨
Publicado en diario Perfil.