Durante el último
año en el poder, Donald Trump ha realizado una escalada en cuanto al eventual
uso del instrumento militar que muestra tres etapas bien definidas.
La primera estuvo
centrada en apoyar la democratización y tuvo como acción principal el respaldo
a Corina Machado, líder indiscutida de la oposición. El reconocimiento de su
candidato electo, Edmundo González Urrutia, fue una pieza concurrente. El apoyo
de Estados Unidos y sus aliados a la elección de Machado como Premio Nobel de
la Paz jugó también un papel en esta estrategia. La idea era que una fuerte
presión internacional precipitara movimientos políticos internos y populares a
consecuencia de ello, que produjeran un cambio de régimen, ya fuera cruento o
incruento.
Esta primera fase
no tuvo éxito. Es que la inteligencia estadounidense seguía viendo la situación
del gobierno de Nicolás Maduro como la caída de los regímenes comunistas a
comienzos de los ‘90 o la compleja y transitoria cadena de cambios de régimen
en el mundo árabe a comienzos de la segunda década de este siglo. De no haber
actuado Trump militarmente, el tiempo estaba transformando a Venezuela en una
nueva Cuba cuyo régimen ya lleva 67 años, pese a la sistemática oposición de
Estados Unidos y el mantenimiento de su bloqueo.
La segunda etapa,
que comienza a ejecutarse el 2 de septiembre -tras el despliegue previo de tropas-,
se materializó en el concepto del “narcoterrorismo”. De acuerdo al mismo, los
dos carteles de la droga adjudicados al régimen de Maduro (el de los Soles y el
Tren de Aragua) entran en esta caracterización, que de acuerdo a la mirada de
Washington pueden ser atacados militarmente por constituir una amenaza a la
seguridad de los Estados Unidos por las muertes de ciudadanos norteamericanos
que produce el uso creciente de drogas como el fentanilo y otras.
Se buscaba
aplicar al régimen de Maduro el mismo tipo de medidas que se usaron contra el
terrorismo islámico en las dos primeras décadas del siglo XXI tras el atentado
contra las Torres Gemelas y el Pentágono. En esta segunda etapa se incrementa
el despliegue militar con la participación del portaaviones Gerald Ford, el más
moderno de la flota estadounidense, y aumentan los buques de acompañamiento y
patrullaje, las tropas de desembarco y los aviones de combate. También se
establecen bases para el emplazamiento de estos efectivos en Trinidad Tobago, Puerto
Rico y República Dominicana. Este paso marcó una escalada importante desde el
punto de vista militar. Más de un centenar de muertos, treinta y tres
hundimientos de pequeñas embarcaciones y la captura de tres buques petroleros
que transportaban ilegalmente petróleo hacia China desde el punto de vista
estadounidense -el 80% del crudo venezolano tiene como destino a aquel país-,
fueron marcando el ritmo de la escalada militar.
Pero el concepto
estratégico más importante es que en esta fase Estados Unidos ha actuado como
potencia bioceánica, al desarrollar operaciones contra Venezuela tanto sobre el
Atlántico como sobre el Pacífico. Ya lo había dicho en 2010 el entonces vicepresidente
Joe Biden en una conferencia bilateral con China: “Estados Unidos es y seguirá
siendo la única potencia del Pacífico”, dando por descontado que en el
Atlántico también lo es.
La tercera etapa
se concreta desde diciembre de 2025. El propio Trump comenzó a decir que
Estados Unidos tenía derecho a apropiarse de la reserva de petróleo venezolano
-la más grande del mundo- como reparación a la estatización del crudo realizada
en 1967 por el presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Según la tesis
del presidente estadounidense, este país debe apropiarse de estas inmensas
reservas como reparación a las inversiones perdidas hace más de medio siglo.
Esta tercera
etapa define una situación nueva pero completa las dos anteriores. Una eventual
acción estadounidense contra Venezuela en el campo militar tiene así tres
fundamentos: la democratización de una dictadura, la represión del
narcoterrorismo y la compensación económica por la expropiación ilegal de
instalaciones petroleras.
No parece así
quedar demasiado espacio para postergar un ataque terrestre, que definiera la
situación y produjera por la vía militar el objetivo que la política y la
diplomacia no podían lograr. Estados Unidos tiene once portaaviones en
servicio, pero están desplegados en forma permanente sólo cuatro (los restantes
permanecen en mantenimiento o adiestramiento). Por eso el portaaviones
trasladado al Caribe estaba en el Mediterráneo Oriental, previendo su empleo
cerca de Gaza si fuera necesario. Pero la escalada frente a Venezuela obligó a
su traslado.
Mirado desde esta
perspectiva, el despliegue frente a Venezuela alcanzaría hoy a la cuarta parte
del poder naval estadounidense operativo en el mundo. Ello se debe a que el
desplazamiento de un portaaviones implica el de su grupo de apoyo de naves
complementarias y uno o varios grupos de desembarcos con sus buques propios.
Las tres etapas
de la escalada comenzaban a plantear la duda sobre cuán importante y efectivo
es el poder militar de Estados Unidos para cambiar un régimen como el venezolano,
cuya población representa sólo el 9% de la población estadounidense. Cada día
que pasaba estas dudas sobre la efectividad militar de Washington aumentaba, en
momentos en que Trump multiplica sus gestiones de paz que necesitan la
herramienta militar como instrumento para alcanzar ese objetivo.
El tiempo
empezaba a jugar contra Estados Unidos. Es que la supremacía militar es una
herramienta diplomática central de Trump para apoyar sus negociaciones y
gestiones internacionales. Si en el caso de Venezuela el despliegue militar
estadounidense no se utilizaba frente al desafío chavista, esto comenzará a
deteriorar el efecto de “disuasión” que genera la presencia militar de
Washington.
En definitiva, si
el despliegue militar no resulta eficaz para resolver el problema, comenzaba a
producir desgaste. Pero el anuncio de Trump de que las fuerzas aeronavales
estadounidenses habían realizado el primer ataque terrestre sobre supuestas
instalaciones del narcotráfico en Venezuela, constituyen un paso más en la
escalada bélica de este conflicto, que preanunció el que ha tenido lugar con la
detención de Maduro.
Pero no es una
crisis resuelta ni terminada. La oposición quiere tomar el poder avalada por su
triunfo electoral desconocido por Maduro, pero no está claro cómo lo hará y con
qué fuerza gobernará. El régimen se mantiene, la Vicepresidenta Delcy Romero se
encuentra en Rusia desde hace varios días. El Ministro de Defensa el General
Padrino López intenta mantener el control de las Fuerzas Armadas. El segundo
detrás de Maduro, ya ha convocado a los militantes del oficialismo a que salgan
a defender al gobierno.
El peor escenario
sería que la crisis derivara en una suerte de anarquía armada, con divisiones
en las fuerzas militares y de seguridad, entrelazada con ellas las milicias
armadas que organizó Maduro y el espacio que en esta situación pueden ganar las
escisiones de la guerrilla colombiana.
Esto podría
generar un “derrame” del conflicto que afectara a Colombia y en menor medida a
Brasil, pero también a EEUU, que no debe olvidar que las guerras suelen escalar
por error de cálculo.
Publicado en INFOBAE.