Orlando Litta
Abogado y presidente de la Fundación LibreMente de la Ciudad de San Nicolás, Buenos Aires, Argentina.
En los últimos tiempos se habla y se
discute mucho sobre batallas culturales en el mundo, especialmente en nuestro
país, ámbito al cual me referiré.
Si bien la raíz de tal batalla se
viene sembrando desde larga data, en el comienzo de este siglo germinó
velozmente dando lugar al término “grieta” como expresión de su contienda.
A fin de introducirnos en el tema, cabe
que conozcamos el origen etimológico de la palabra cultura y brevemente su evolución
interpretativa conforme a los tiempos de la historia de la humanidad. En latín,
cultura deriva de cultivo o labranza que debía cuidarse, es decir tenía un
sentido agrícola. Luego, en la época de la Ilustración el sentido viró hacia la
intelectualidad vinculada a la educación. En la actualidad, además de
conocimientos, es abarcativo de costumbres, hábitos, arte, moral, creencias
religiosas y de valores filosóficos; constituyendo todo ello un valor simbólico
de un pueblo que se transmite a generaciones futuras.
En Argentina, ese valor simbólico es
el que se disputa en la lucha por el poder político desde sus orígenes como
nación independiente. En el tiempo presente, por un lado el “kirchnerismo”, por
el otro el “mileismo”, ambos con pretensiones hegemónicas de poder adueñándose
de los valores que cada uno entiende son patrimonio de los argentinos, dándole
a esa batalla el carácter de épica revolucionaria.
Vale detenerse en las manifestaciones
que utilizan uno y otro bando para poner de relieve la importancia de la lucha
cultural: “vamos por todo”, “ahora o nunca”, “oráculos de Delfos”, “nosotros
contra ellos”, “ciclo liberal por cien años”, “la calle es nuestra”, “las
fuerzas del cielo”, “somos superiores moralmente, esto no es para tibios”, etc.
Las mismas reflejan una enemistad evidente que va más allá de una adversidad
por diferencias políticas.
Surgen imperativos categóricos, por
ejemplo: “al capitalismo imperialista hay que exterminarlo” o “al enemigo
socialista hay que extinguirlo”. Se consideran “el mejor gobierno de la
historia” difundiendo sueños idealistas de valores exclusivos de ellos.
Ambos bandos culpan a los medios
periodísticos como cómplices en el caso que no compartan sus principios o si informan
con objetividad. Entienden que la verdad absoluta está de su lado y ellos son
los elegidos para hacerla conocer al pueblo y dirigir su destino. Para ello,
necesitan tener súbditos, ovejas mansas obedientes, anulándoles el pensamiento
crítico y el criterio propio. Los atrapan en un cerco con un estímulo falso de
confort, “educándolos” en el sentido que atravesar ese cerco es peligroso
puesto que fuera del mismo los espera las garras del enemigo.
De ese modo conforman un colectivo
masificado, el cual ha sido estructurado en base a un daño antropológico que
sufren sus mentes.
Entre otros intelectuales que
movilizan a ambos contendientes, podemos citar entre los principales a Antonio
Gramsci y Ernesto Laclau en un rincón del ring; Murray Rothbard y Walter Block
en el otro rincón. En el terreno de la filosofía política, cada cual desde su
óptica, minimizan las reglas institucionales que dan contenido al sistema
republicano de gobierno. Las instituciones son un obstáculo para el ejercicio
del poder que pretenden instalar. Se colonizan las instituciones
interpretándolas según la subjetividad de los portadores del poder y no según
la objetividad que conllevan.
No tengo dudas que ese proceder en el
ejercicio del poder convertirá a la democracia en una autocracia.
El odio, el miedo y la burla son las
herramientas que se utilizan para la construcción del poder. Se busca imponer a
la sociedad una visión que le haga comprender que los valores superiores de la
vida los encarnan ellos. Se autoproclaman aptos para redefinir valores y
creencias. La libertad, la igualdad, la educación, la ética y la justicia son
valores que encierran en un análisis ortodoxo y dogmático. Edifican en un
terreno valorativo propio.
En definitiva, es una guerra
ideológica que busca transformar la sociedad por fuera del respeto a las instituciones republicanas.
Siempre pensé y expresé mis opiniones
sosteniendo que la raíz de todos nuestros problemas es la educación. El valor
de la educación cayó a niveles sorprendentes, es una tragedia educativa la que
vivimos, el sistema educativo es un simulacro de enseñanza, lo cual nos ha
llevado a su colapso. Sin perjuicio de varios pedagogos de gran formación
académica, invito a leer a Luis Jorge Zanotti, Jaime Etcheverry, Guillermina
Tiramonti y Mariano Narodowski; ellos diagnosticaron e ilustraron con claridad
desde hace largo tiempo la enfermedad educativa que padecemos.
Es una revolución educativa la que
necesitamos. Vivimos épocas en las que la sociedad es vulnerable a la
manipulación política. Obviamente la formación cívica está incluida, con el
foco puesto en la educación de ciudadanos con pensamiento crítico y criterio
propio, para que se comprenda que en el marco del respeto a las
instituciones republicanas y no en la
creación constante de enemigos pueda iniciarse un derrotero civilizado y
próspero.