Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo
Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.
Hay
que estimar el contenido de las políticas que pretenden ser autónomas y las
consecuencias de su aplicación. Están
bien para manejar la autonomía política respecto de otros países, pero es
también cierto que el sistema de relaciones mundiales nos obliga a estar
comunicados y a saber que necesitamos y que necesitan de nosotros las otras naciones
del mundo civilizado. Éste es interdependiente, nos hallamos todos en el mismo
barco.
Como
bien lo explica el gran sociólogo argentino Ruben Zorrilla en “Origen y
significado del imperialismo” si
estudiamos la historia de nuestro país veremos que no hemos carecido de autonomía ni fuimos
dominados por ningún imperio, hemos tenido una política de lo mas autónoma
desde que nos independizamos de España. Incluso el gobierno militar que gobernó
hasta el fin de la Segunda Guerra se dio el lujo de simpatizar con los enemigos
de los aliados, quienes defendían el orden institucional nacionalista y
totalitario. Recordemos también las conexiones con Berlín y la amistad de
Franco con el gobierno argentino. El presidente Perón tuvo relaciones con
Mussolini, Hitler, y Franco: recordemos lo barcos cargados de trigo que le
envió a este último, para mitigar la situación económica de
España, y la visita de Evita, quien fue
recibida con toda clase de halagos y fiestas.
Nuestro
país nunca fue dependiente de EEUU, lo prueba, por ejemplo, la actitud
del gobierno de Farrell y Perón: tuvieron una concepción institucional de tipo
fascista la que tenía el grupo de coroneles y oficiales que integraban el GOU, gestores del golpe de estado de 1943 y que siguió dominando la política argentina. Recién
se declaró la guerra a Alemania dos días antes de la capitulación incondicional
de Alemania, con el único propósito de
heredar las propiedades de las empresas alemanas en el país. Se continuó
gobernando con total autonomía constituyendo España gobernada por Franco, y Argentina por Perón, las naciones más aisladas del escenario
occidental. Se les dio, además, refugio
seguro a funcionarios del régimen nacional socialista.
No queda duda que al final de la Segunda Guerra
el gobierno argentino simpatizaba con los vencidos en la contienda y desafió, con su animosidad, a las potencias militares más grandes de la
Historia, las que quedaron dominantes en
el orden mundial. Siguió rechazando el modelo político estructurado por las
grandes potencias vencedoras.
Las decisiones políticas del gobierno fueron completamente autónomas, posibles solamente por un medio, en el que tanto Gran Bretaña como EEUU trataban de imponer la democracia.
Como otros países que intentaron escapar del mercado mundial lo hicieron al
precio de un inmenso atraso, miseria y mala calidad de vida para su población. La
autonomía durante el gobierno de Perón y sus infames consecuencias nos muestran
que no siempre la autonomía sirve para los mejores fines, no promueve la acción
electiva, ni el desarrollo, ni la
modernización.
La prédica
contra el país más democrático del mundo fue siempre constante, siendo que EEUU
fue el país que más rápido se desprendió de sus conquistas imperiales: definió
dos guerras mundiales y participó de otras guerras menores sin espíritu
imperialista, en ningún caso solicitó conquistas territoriales permanentes.
Como bien lo expresa Rubén Zorrilla, es un hecho que no ha sido consignado en
casi ningún texto histórico. La conquista de las islas Filipinas fue la última
del imperio norteamericano, accedió a la independencia en 1946. Las guerras de
Corea, Vietnam, Irak y Afganistàn no tuvieron contenido imperialista, fueron
contiendas entabladas para dirimir cómo sería un ordenamiento consensuado de la
globalización.
EEUU
se retiró de la puja imperialista desde la Gran Guerra: no solamente decidió la
Guerra Mundial sino que salió de ella sin compensación alguna en un contexto en
el que se desmembraron por completo los tres grandes imperios derrotados: el otomano,
el alemán, y el austro-húngaro. No obtuvo ninguna porción de sus territorios,
ni reclamó compensaciones por su gastos de guerra, otorgó préstamos a la castigada
Alemania para que pudiera pagar parte de la deuda por reparaciones a Francia, como estipulaba el Tratado de Versalles. No
fue porque sus políticos no fueran imperialistas, sino porque en dicha
situación histórica el comportamiento imperialista no era redituable, ni política,
ni económicamente.
Desde
hace varias décadas el espacio político para la operatividad del imperialismo
ha desaparecido, en el marco de una expansión capitalista, sin precedentes. El
proceso que en Occidente llevó desde el desarrollo de la economía dineraria, en
la etapa final del Medioevo, al Capitalismo, hacia 1850, es independiente del
Imperialismo, si bien, en un periodo
relativamente corto, menos de un siglo, recibió los recursos que aquel creo
para expandir el poder político de
algunas naciones. También para difundir
algunos elementos fundamentales de su cultura, aunque limitadamente, entre ellos: el ferrocarril, ciertas
industrias, la economía dineraria, las ciencias naturales, el cristianismo, y
otros rasgos de la institucionalidad liberal: los inicios de la democracia, los
partidos políticos y la opinión pública institucionalizada, la mayor parte de
las veces rechazados o resistidos desde las fuertes estructuras de la sociedad
tradicional.
Los
mal llamados “progresistas” se abstienen de comparar a EEUU con la URSS, sociedad ésta en la que no existía la
propiedad privada sobre los medios de producción, ni una economía de mercado,
ni un sistema de partidos, ni opinión pública institucionalizada, entre otros
aspectos fundamentales de un país moderno y donde por lo tanto tampoco existía
el capitalismo. Fue, sin duda, un vasto imperio, el último de la historia
humana.
Los
marxistas o filo marxistas, jamás hicieron estudios ni comentarios
interpretativos de este imperialismo ni de sus relaciones con los otros. Pero
hoy los escuchamos, desde sus cómodos sofás,
dando cátedra sobre cómo se debe actuar
en Venezuela. Los venezolanos, como también los iraníes, y quienes han sufrido en carne propia el totalitarismo y sus
crueldades, piden a gritos ayuda, que se los libere de sus horrores. Los que no
tienen la mente consumida, por tanto
adoctrinamiento nacionalista, saben que
es mucho mejor la ayuda estadounidense que la rusa o la china, como lo
experimentaron los prisioneros y países vencidos durante las guerras.
La
cuestión es, observando la realidad de
estos días, si la autonomía es
productiva para Venezuela, Cuba y otros países que se mantienen apartados del
mercado mundial y sus interdependencias. Quienes son anticapitalistas sostienen
la teoría de la dependencia, la
cual alimenta la teoría de la autonomía,
la prefirieren los socialistas. Pero,
como la del imperialismo, fueron probadas, ambas no funcionaron. Todo lo que no da
ganancia, no necesariamente dineraria, está condenado a desaparecer. Nos queda,
ojalá sean muchos más los que lo entiendan, mejorar la democracia y el capitalismo allí
donde falla, sin destruirlos. La
realidad demuestra que el capitalismo y su expansión son indispensables para la
sobrevivencia humana.
Se
equivocan quienes critican la decisión
del gobierno argentino, después de
tantos años de colocarnos del lado equivocado, de apoyar las acciones de EEUU
destinadas a ayudar a liberar a pueblos oprimidos desde hace años. Existen
intereses, por supuesto, siempre los
hay, pero seguramente la ayuda mejorará la situación y luego de un tiempo los
países que logren desterrar a dictadores, una vez que se ordenen, abrirán los brazos, como lo han hecho tantos países que
estuvieron detrás de la cortina de hierro, a las instituciones liberales,
fuente de libertad, progreso y democracia.