Matías Enríquez
Participante del
Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales 2020. Periodista argentino
que ha trabajado en diferentes medios de comunicación, actualmente dedicándose
a la comunicación institucional de organismos de gobierno. Trabajó en
diferentes medios gráficos como El Mundo (España), Marca (España) y ESPN-La
Revista (Estados Unidos), en radio y TV. Fue corresponsal, redactor, movilero,
editor, columnista, conductor y productor. También se desempeña como docente en
talleres de Comunicación, Periodismo y Argumentación. Ha publicado columnas de
opinión en diferentes medios como Infobae, Diario Perfil, ADN Ciudad,
Mundiario y Visión Liberal, entre otros.
Tristemente, la imagen
comienza a caer en un espiral de patética rutina. Hace algunos días, pasó de
nuevo. Adentro del Congreso, comportamientos totalmente lejanos a lo que la
ciudadanía demanda de sus representantes. Afuera, dantescas imágenes que
remiten a tiempos que deberían haber quedado en el recuerdo. Un escenario que
no solo queda en la órbita de una lógica parlamentaria sino que también
encuentra su correlato en el resto de la sociedad y también en la arena
informativa y la conversación pública.
Dicho diálogo está
atravesado por una irritación constante. Existe ineludiblemente en el mundo
analógico pero también se exacerba irracionalmente en la biosfera digital.
Redes sociales, debates online y nuevos medios encuentran su existencia –y su
esencia también– en esa confrontación. En ese laberinto también cae la
información que reconfiguró su sentido en forma de ataques, indignaciones y
sobre todo confirmación de posturas, dejando a la verdad en el banco de
suplentes. Eso que se traduce en enojo funciona como una chispa de fuego en el
combustible informativo.
El escenario plantea
cierta paradoja informativa porque nunca en la historia de la humanidad tuvimos
tanta información al alcance literalmente de nuestra mano. No obstante, nunca
fuimos testigos de tantas piedras en el camino respecto a la construcción de
ciertos pilares básicos sobre la realidad.
Y no, el problema no es
solo la desinformación de la que tanto hemos hablado (y seguramente lo
continuaremos haciendo) sino el clima emocional en el que circula esa
información. Indudablemente, la crisis informativa también es una crisis
emocional de “lo público”. Y allí la cosa se pone un poco más espesa.
En una sociedad irritada,
la verificación pierde fuerza frente a la emoción. El enojo se vuelve el
principal combustible de viralidad y desplaza los mecanismos críticos de
evaluación de la información.
En ese escenario los
discursos de odio encuentran un valle fértil para desarrollarse y poder
amplificar narrativas polarizadas que solo acrecientan ese sentimiento de más
indignación. Ante esa encrucijada la información queda en terapia intensiva. En
el mejor de los casos, la vorágine solamente compite con la información. En el
peor, la liquida definitivamente.
El panorama es complejo:
el ecosistema informativo actual no permite siquiera plantearse algún ápice de
desaceleración, en un esquema colérico que no deja espacio a una mínima
introspección. Pero donde está la radiografía del problema, podría estar un
atisbo de solución y allí está el desafío. En aras de sociedades más informadas
e instruidas, el periodismo explicativo resulta una herramienta esencial para
volver a contextualizar y analizar la actualidad con responsabilidad.
No se trata de poner al
periodismo en un estrado jerárquico con aires de docencia que no le pertenece
sino de que sea una vía más para poder explicar con más tiempo y menor
simplificación, sorteando la lógica de espectáculo y boom emocional.
El desafío no es producir
más información sino reconstruir una conversación pública más saludable. En un
territorio donde se premia más la reacción rápida por sobre la comprensión,
quizás pueda existir un espacio de optimismo en un periodismo que pueda poner
el énfasis en análisis complejos y notas más explicativas. Ya estarán quienes
digan que la lógica de consumo no es propicia para este tipo de periodismo.
Puede ser. Entonces ese será el verdadero desafío: encontrar la vuelta para
adaptarse a estos tiempos de consumo pero gambetear esos contenidos que solo
llevan a sociedades más irritadas, menos informadas y, por consiguiente, menos
democráticas.
Publicado en Perfil.