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Comercio entre individuos, paz entre pueblos: El orden que nadie diseñó

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
Los gobiernos deberían restituir a los individuos la libertad de comerciar, conforme a su inclinación natural al intercambio, que Adam Smith plasmó en La riqueza de las naciones. La intervención estatal —mediante aranceles, cuotas, licencias o impuestos— restringe esa libertad y frena la división del trabajo, el progreso tecnológico y la especialización. Esta intromisión vulnera el derecho de propiedad privada y su expresión más íntima: la libre disposición de lo propio. La libertad se pierde cuando el individuo queda sometido al poder arbitrario de otro, en este caso, del Estado. Conviene recordarlo: no comercian los Estados, sino los individuos, en su condición de propietarios, empresarios y consumidores.
 
El comercio puede definirse como el intercambio de títulos de propiedad. Las comunidades en las que se intensificaron las relaciones comerciales fueron las más prósperas, en gran medida porque protegieron mejor los derechos de propiedad, lo que favoreció la expansión de la propiedad y la reducción de la pobreza. El respeto a la propiedad privada facilita las relaciones voluntarias de intercambio y es, a su vez, condición de la libertad. La experiencia histórica demuestra que los incentivos al comercio aumentan cuando se respetan los acuerdos y se cumplen los contratos.
 
Douglass North observó que el intercambio impersonal —entre personas que no se conocen ni se conocerán— surge en sociedades con derechos de propiedad bien definidos y sistemas jurídicos creíbles. Este tipo de intercambio genera mayores beneficios sociales que el intercambio personalizado, característico de sociedades menos desarrolladas, donde predominan los vínculos familiares o comunitarios. Aquel individuo que, movido por su interés, intercambió bienes por primera vez con miembros de otra tribu abrió el camino hacia formas más avanzadas de comercio. Este orden no fue diseñado por nadie: emergió espontáneamente, y en eso reside la idea central de Friedrich Hayek: el mercado funciona mediante reglas abstractas —propiedad, contratos, derecho— que permiten coordinar a millones de individuos desconocidos. Este tipo de orden expande el mercado hacia círculos cada vez más amplios, regido por normas independientes de los fines particulares.
 
Desde una perspectiva económica, cuando un gobierno regula el comercio —tanto interno como internacional—, las pérdidas para los consumidores suelen superar los beneficios. Al elevar los costes de transacción, el Estado reduce o incluso impide intercambios mutuamente beneficiosos. La inhibición de un solo intercambio genera efectos invisibles: otros muchos intercambios derivados dejan de producirse.
 
El ejemplo del lápiz, inmortalizado por Leonard Read en "Yo, el lápiz", ilustra ese orden espontáneo en acción: ningún individuo conoce ni dirige el proceso completo, y sin embargo el producto llega al consumidor. Si la intervención estatal lo impidiera, mineros, transportistas y trabajadores perderían oportunidades sin saber siquiera que han sido perjudicados. Lo invisible de ese daño es precisamente lo que lo hace más grave: revela cómo la regulación destruye redes complejas de cooperación sin dejar rastro visible.
 
Los individuos intercambian su trabajo, tiempo y conocimiento por bienes y servicios que satisfacen sus necesidades. Producen para consumir e intercambian su productividad por la de otros. La destrucción o desviación del comercio pone de manifiesto los efectos nocivos de la intervención en relaciones voluntarias y pacíficas.
 
Pero el comercio no solo genera bienestar económico: tiene ante todo una dimensión moral. Aquel primer intercambio entre tribus implicó algo más que un beneficio material: introdujo una alternativa a la violencia. Supuso reconocer que la cooperación pacífica era moralmente superior y por ello más rentable que el saqueo. Así, el comercio trajo consigo el reconocimiento de los derechos de propiedad.
 
Los comportamientos derivados del comercio son, por naturaleza, pacíficos y contrarios a la coacción, la violencia y la guerra. Ludwig von Mises sostuvo que la paz duradera exige la adopción de principios de cooperación social basados en el libre acuerdo. El comercio une a los individuos, mientras la intervención estatal, basada en la relación de mando y obediencia, restringe la libertad y distorsiona los mercados.
 
El éxito del mercado radica en que el sistema de precios no tiene sustituto: la información está dispersa y ningún gobierno puede centralizarla eficazmente. La intervención estatal y el nacionalismo económico alimentan conflictos al sustituir decisiones individuales por mandatos políticos.
Cuando los gobiernos se arrogan funciones propias de los individuos, como el intercambio, se debilita la división del trabajo, se reduce el bienestar y aumentan los incentivos al conflicto. Además, los gobernantes persiguen intereses propios, lo que favorece la captura del sistema político por grupos de presión. La teoría de la elección pública explica cómo estas dinámicas benefician a minorías organizadas en detrimento del conjunto de consumidores.
 
Históricamente, los periodos de mayor libertad comercial han coincidido con menores niveles de conflicto. Entre 1815 y 1914, especialmente entre 1860 y 1880, el mundo vivió una relativa paz acompañada de expansión comercial. La liberalización comercial británica, el Zollverein alemán, la apertura japonesa y la expansión estadounidense ilustran esta tendencia. Tras el final de la Guerra Fría, el comercio global se intensificó notablemente. La difusión de tecnologías de comunicación redujo el aislamiento y favoreció la integración económica. En este contexto, los conflictos interestatales han disminuido, mientras el comercio ha alcanzado niveles sin precedentes.
 
Por el contrario, los regímenes totalitarios han sido los principales responsables de la violencia masiva. Las estimaciones históricas muestran cifras devastadoras bajo regímenes comunistas y nacionalsocialistas que no solo destruyeron vidas, sino también oportunidades económicas al anular la iniciativa privada.
 
Existe amplia evidencia de que los sistemas que respetan la libertad y la propiedad son menos propensos a la violencia. La limitación del poder estatal y el desarrollo de órdenes espontáneos favorecen la paz y la prosperidad. En estos contextos, la guerra resulta menos probable y más costosa políticamente. Un ejemplo contemporáneo lo ofrece la tensión entre Estados Unidos e Israel e Irán en torno al Estrecho de Ormuz. El libre flujo de gas y petróleo por esa vía actúa como freno al conflicto: cualquier interrupción elevaría drásticamente los costes económicos de la guerra y haría más atractiva la cooperación pacífica. Conviene recordar, en este punto, que la guerra es en sentido estricto un fenómeno estatal, ajeno a la lógica del intercambio voluntario entre individuos.
 
El comercio es, en esencia, un proceso sin fines únicos, en el que participan individuos con objetivos diversos pero compatibles. Su expansión responde a los beneficios que genera. Sin expectativas de ganancia, el intercambio no existiría. Desde el final de la Guerra Fría, las reglas del comercio se han extendido a escala global, debilitando sistemas intervencionistas. La prosperidad derivada del intercambio ha erosionado modelos basados en la coacción. En definitiva, el comercio es un poderoso promotor de la paz. Puede sostener un orden internacional más pacífico, siempre que los gobiernos se limiten a proteger la vida, la libertad y la propiedad.


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