Defendiendo la
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El conurbano y las exportaciones como sistema de incentivos

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.

La política tiene una tentación recurrente: creer que sus líderes cambian las cosas por pura voluntad. La realidad suele ser más pertinaz. Hay momentos excepcionales en los que un liderazgo de ruptura logra alterar las reglas del juego antes de que estas lo absorban. Argentina atraviesa hoy uno de esos momentos. El presidente Javier Milei está gobernando, pero a la vez disputa al sistema su propia lógica. No obstante, la apuesta no se gana únicamente con voluntad: se gana o se pierde según las instituciones que ese liderazgo sea capaz de afianzar. Un gobernante puede iniciar un cambio de régimen; solo las instituciones pueden sostenerlo.
 
Las instituciones son el conjunto de reglas formales e informales —y sus mecanismos de cumplimiento— que estructuran los incentivos bajo los cuales actúan los miembros de una sociedad. No es el tamaño de una sociedad lo que determina su destino: una comunidad pequeña gobernada por el clientelismo y la redistribución coactiva no es más libre ni más próspera que una grande; simplemente es más pequeña. El tamaño importa, sí, pero importa porque condiciona —y mucho— la viabilidad de las libertades. Sin un sistema de incentivos adecuado, la escala reducida no garantiza nada.
 
El gigantismo urbano construido desde el Estado presenta, por su propia lógica, patologías propias que merecen un análisis. El conurbano bonaerense representa el 1% del territorio nacional, pero concentra el 23,6% de la población argentina, según datos del Censo 2022, y reúne 24 municipios donde habitan más de 10 millones de personas. Entre 2010 y 2022 su población creció un 9,4%, profundizando la densificación.
 
Cuando una unidad política territorial crece no por la fuerza espontánea del mercado, sino por décadas de subsidios, proteccionismo y centralización fiscal, lo que se produce no son ciudades, sino territorios de servidumbre voluntaria a escala masiva. El conurbano bonaerense es, en este sentido, uno de los experimentos estatales más paradigmáticos de la historia económica argentina: una concentración demográfica de vasto alcance, no explicada por la atracción de oportunidades productivas genuinas, sino por la gravitación del subsidio estatal, el peso de la redistribución fiscal y un modelo de desarrollo mezquino centrado exclusivamente en el mercado interno.
 
No es la demografía lo que lo hace disfuncional; es la lógica inexorable del intervencionismo: cuando el Estado reemplaza al mercado como asignador de recursos, el individuo deja de calcular en términos productivos y comienza a hacerlo en términos políticos.
 
Los resultados electorales del 26 de octubre de 2025 ofrecen una confirmación empírica difícil de ignorar. En el conurbano, Unión por la Patria (UxP) obtuvo una ventaja agregada de aproximadamente cinco puntos porcentuales sobre La Libertad Avanza (LLA) al normalizar los votos entre ambas fuerzas. En el interior de la provincia de Buenos Aires, el resultado se invierte de manera contundente: LLA alcanza en torno al 60% frente al 42% de UxP. Dos territorios, dos resultados opuestos, dos lógicas distintas.
 
Esta divergencia no es accidental ni meramente ideológica, en el sentido convencional del término: es la expresión política de dos estructuras económicas que generan incentivos radicalmente diferentes. El conurbano fue construido por el intervencionismo. La sustitución de importaciones, los regímenes de protección industrial y la centralización del gasto público produjeron un entramado económico cuya viabilidad dependía de la intervención permanente del Estado. Cuando el mercado es reemplazado como asignador de recursos, la población se desplaza hacia donde están los subsidios, no hacia donde están las oportunidades. El resultado es predecible: estructuras de clientelismo territorial donde la mediación política se convierte en condición de supervivencia, y donde el voto refleja menos una preferencia ideológica que una captura de renta.
 
Sin perjuicio de la existencia de adhesiones ideológicas auténticas, el patrón dominante responde a los incentivos del entorno. UxP ganó 16 de los 24 municipios del conurbano.
 
Esa ventaja no se explica por la conciencia política de sus habitantes, sino por la arquitectura de dependencia en la que viven.
 
El interior bonaerense ilustra la lógica opuesta con igual claridad. Donde la economía está anclada en actividades productivas basadas crecientemente en la exportación —agroindustria, servicios regionales y actividades de largo plazo sustentadas en ventajas comparativas reales—, donde los individuos dependen menos de la intermediación estatal y más de sus propias decisiones en el mercado, el voto se orienta hacia propuestas de desregulación, reducción del gasto público, menor presión fiscal y libertad económica. LLA obtuvo allí una ventaja de aproximadamente dieciocho puntos porcentuales. No es difícil comprender por qué: quien vive de su propio trabajo en un entorno relativamente libre tiende a preferir reglas que protejan esa libertad y su patrimonio. La autonomía económica precede y condiciona la autonomía política.
 
Las reformas en curso desde diciembre de 2023 apuntan precisamente a corregir el sistema de incentivos que produjo esta distorsión histórica. La liberalización económica, la eliminación de subsidios generalizados y la apertura a la inversión externa están desplazando el dinamismo productivo hacia el interior del país: los hidrocarburos en Neuquén y provincias vecinas, la minería en el NOA y la agroindustria en la región pampeana generan oportunidades de empleo real fuera del conurbano. Cuando el mercado recupera su función coordinadora, los recursos —incluidos los humanos— tienden a moverse hacia donde son más productivos. La descentralización ni siquiera necesita decretarse; emerge espontáneamente cuando se eliminan las distorsiones que la impedían.
 
La división entre conurbano e interior no es geográfica ni meramente sociológica: es, en el fondo, la vieja división entre quienes viven del mercado y quienes viven del Estado. Representa dos formas de organización social que responden a lógicas distintas y producen, como consecuencia, preferencias políticas distintas. El desafío no es reformar el conurbano como totalidad —empresa de dudosa viabilidad—, sino transformar el sistema de incentivos que lo reproduce. Si las reformas en curso logran consolidarse, no implicarán la desaparición del conurbano, sino su liberación: la transición desde una masa poblacional cautiva de la política hacia una sociedad de individuos que producen, intercambian y deciden libremente.
 
En esa transición reside, precisamente, la posibilidad de una Argentina más próspera, impulsada por un crecimiento económico que solo adquiere verdadera sostenibilidad de largo plazo cuando está respaldado por una expansión de las exportaciones que actúan como pilar y motor del desarrollo. En el año 2025, las exportaciones de bienes y servicios registraron un récord histórico, al superar los 105.000 millones de dólares, lo que equivale a unos 2.300 dólares por habitante. Esta cifra de exportación per cápita, al contrastarse con los 146.000 dólares de Irlanda, los 76.700 de Suiza o los 57.600 de Países Bajos, pone en evidencia la amplia brecha existente entre el potencial productivo del país y su capacidad efectiva de transformación en riqueza exportadora.
 
Las proyecciones disponibles para la próxima década sugieren un cambio estructural relevante en la composición del sector externo argentino. En el caso de la energía, distintos escenarios coinciden en que hacia mediados de la década de 2030 la balanza comercial del sector podría alcanzar un superávit del orden de los 40.000 a 45.000 millones de dólares anuales, impulsado por el desarrollo de Vaca Muerta y la expansión de las exportaciones de petróleo y gas natural licuado. A ello se sumaría la minería, cuyo potencial de crecimiento es igualmente significativo: estimaciones de consultoras internacionales proyectan que las exportaciones del sector podrían pasar de niveles cercanos a los 6.000 millones actuales a alrededor de 25.000–30.000 millones hacia 2035, con el litio y el cobre como ejes centrales de esa expansión. El complejo agroindustrial —que ya explicó más de 50.000 millones de dólares en exportaciones en 2025, uno de los registros más altos de su historia— mantendría su rol como base estructural del ingreso de divisas. La eliminación inmediata de las retenciones
se vuelve una condición inaplazable para desatar el potencial exportador, al suprimir el principal impuesto que ha gravado durante décadas al sector agrícola-ganadero.
 
Si estos escenarios de desarrollo energético, minero y agroindustrial se concretan —lo que dependerá de condiciones institucionales, infraestructura logística y continuidad de políticas orientadas a la apertura económica—, las exportaciones totales de Argentina podrían acercarse o superar los 200.000 millones de dólares y el nuevo empleo directo e indirecto los 5 millones hacia 2035. El impacto más significativo serán los salarios más altos y el fuerte crecimiento de servicios industriales que conllevará dicho proceso. En ese caso, el valor exportado por habitante podría elevarse por encima de los 4.000 dólares anuales. Seguiría siendo una fracción de lo que exporta por ciudadano una economía verdaderamente libre como Singapur o Irlanda, pero representaría un salto histórico que posicionaría a Argentina como uno de los grandes exportadores emergentes del mundo.
 

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