Orlando Litta
Abogado y presidente de la Fundación LibreMente de la Ciudad de San Nicolás, Buenos Aires, Argentina.
Si bien la historia de la humanidad
siempre atravesó arduos caminos y fronteras móviles, con numerosas guerras
sangrientas y cambios culturales, con sus consecuentes modificaciones sociales;
la época actual signada por el vertiginoso avance tecnológico sufre una
virulencia patógena que conlleva un daño severo para la sociedad.
En ese contexto sociológico el accionar
político de quienes ejercieron y ejercen el poder desde el Estado, en buena
medida demuestra ambiciones hegemónicas que de ninguna manera quieren
enmarcarse en reglas institucionales republicanas y democráticas.
El procedimiento y las formas con las
que gestionan las políticas públicas los “representantes” del pueblo, es
tratando de sustentar sus poderes con el argumento de que están librando una
batalla cultural contra todo lo anterior y/o contra un presente que difunde
valores perniciosos para una vida “virtuosa”.
Esos comportamientos de gestión y
ejecución de acciones políticas, lejos están de fomentar en la comunidad
valores como la honestidad, el respeto hacia el otro, la responsabilidad por
los propios actos, el esfuerzo, la gratitud, la solidaridad. Muy por el
contrario hoy reina la vulgaridad, la injuria, el facilismo, el agravio
constante y la hipocresía.
Gobernantes inescrupulosos, sedientos
de perpetuarse en el poder –muchas veces bajo el antivalor del nepotismo-,
creyentes que son dueños de la verdad absoluta; son los que lamentablemente
“conducen” nuestra vida cotidiana.
En ese escenario existen grupos antagónicos
agresivos y despectivos, en donde el aluvión de ofensas inunda a la sociedad,
la cual es permeable y el pensamiento crítico se diluye permitiendo que las
vigas de la educación pierdan su resistencia.
Los antagonismos germinaron con
semillas de odio sosteniendo el lema de la batalla cultural. Es decir, el odio
se tornó como el sentimiento de profundo rechazo hacia “el otro” que piensa
distinto. Odio versus Odio es la batalla cultural de estos tiempos, produciendo
una gran grieta que a su vez cada bando tiene sus propias grietas. Esa
intolerancia los convierte en dogmáticos fanáticos.
Ese estado emocional crea un entorno
desfavorable para convivir respetando las instituciones republicanas y
democráticas. Es más, existe un desprecio a todo aquello que implique límites.
Proclamar que una persona invoca el respeto a las instituciones es considerar
que es impopular y que se encuentra fuera de época.
El grave problema es que los
agitadores de las grietas con sus obsecuentes seguidores van trasladándose su
batalla axiológica, pasándose los problemas sin la más mínima intención de
tratar algún punto de contacto que permita avizorar un inicio de políticas públicas
comunes.
Vivimos un retroceso civilizatorio.
Como nación aún no hemos logrado tener una identidad cultural como asimismo no
hemos logrado que la educación sea el valor central sobre el cual se cimiente
el desarrollo. Hago hincapié en la imperiosa necesidad de una revolución
educativa adaptándonos a la revolución tecnológica y a las diferentes
capacidades que tenemos los individuos. El hecho que el sistema educativo considere
que el proceso interactivo de enseñanza-aprendizaje debe ser bajo el paradigma
de tratar “a todos los estudiantes como si fueran uno y a uno como si fueran todos”, alimentado
por el facilismo, la vulgaridad y el no al mérito castigando el esfuerzo; ha
permitido que la sociedad se encuentre enmarcada en la batalla cultural del
Odio versus Odio.
La fisiología de nuestro cuerpo social
está alterada. Es imperioso educarnos para crear un ambiente de convivencia, en
una atmósfera de libertad con responsabilidad y respeto. Sin odios.