Defendiendo la
Libertad en Argentina
desde 1998

Sólo la educación vence el odio versus odio

Orlando Litta
Abogado y presidente de la Fundación LibreMente de la Ciudad de San Nicolás, Buenos Aires, Argentina. 
          Si bien la historia de la humanidad siempre atravesó arduos caminos y fronteras móviles, con numerosas guerras sangrientas y cambios culturales, con sus consecuentes modificaciones sociales; la época actual signada por el vertiginoso avance tecnológico sufre una virulencia patógena que conlleva un daño severo para la sociedad.
 
          En ese contexto sociológico el accionar político de quienes ejercieron y ejercen el poder desde el Estado, en buena medida demuestra ambiciones hegemónicas que de ninguna manera quieren enmarcarse en reglas institucionales republicanas y democráticas.
 
          El procedimiento y las formas con las que gestionan las políticas públicas los “representantes” del pueblo, es tratando de sustentar sus poderes con el argumento de que están librando una batalla cultural contra todo lo anterior y/o contra un presente que difunde valores perniciosos para una vida “virtuosa”. 
               
          Esos comportamientos de gestión y ejecución de acciones políticas, lejos están de fomentar en la comunidad valores como la honestidad, el respeto hacia el otro, la responsabilidad por los propios actos, el esfuerzo, la gratitud, la solidaridad. Muy por el contrario hoy reina la vulgaridad, la injuria, el facilismo, el agravio constante y la hipocresía.
 
         Gobernantes inescrupulosos, sedientos de perpetuarse en el poder –muchas veces bajo el antivalor del nepotismo-, creyentes que son dueños de la verdad absoluta; son los que lamentablemente “conducen” nuestra vida cotidiana.
 
         En ese escenario existen grupos antagónicos agresivos y despectivos, en donde el aluvión de ofensas inunda a la sociedad, la cual es permeable y el pensamiento crítico se diluye permitiendo que las vigas de la educación pierdan su resistencia.
 
          Los antagonismos germinaron con semillas de odio sosteniendo el lema de la batalla cultural. Es decir, el odio se tornó como el sentimiento de profundo rechazo hacia “el otro” que piensa distinto. Odio versus Odio es la batalla cultural de estos tiempos, produciendo una gran grieta que a su vez cada bando tiene sus propias grietas. Esa intolerancia los convierte en dogmáticos fanáticos.
 
          Ese estado emocional crea un entorno desfavorable para convivir respetando las instituciones republicanas y democráticas. Es más, existe un desprecio a todo aquello que implique límites. Proclamar que una persona invoca el respeto a las instituciones es considerar que es impopular y que se encuentra fuera de época.
 
          El grave problema es que los agitadores de las grietas con sus obsecuentes seguidores van trasladándose su batalla axiológica, pasándose los problemas sin la más mínima intención de tratar algún punto de contacto que permita avizorar un inicio de políticas públicas comunes.
 
          Vivimos un retroceso civilizatorio. Como nación aún no hemos logrado tener una identidad cultural como asimismo no hemos logrado que la educación sea el valor central sobre el cual se cimiente el desarrollo. Hago hincapié en la imperiosa necesidad de una revolución educativa adaptándonos a la revolución tecnológica y a las diferentes capacidades que tenemos los individuos. El hecho que el sistema educativo considere que el proceso interactivo de enseñanza-aprendizaje debe ser bajo el paradigma de tratar “a todos los estudiantes como si fueran  uno y a uno como si fueran todos”, alimentado por el facilismo, la vulgaridad y el no al mérito castigando el esfuerzo; ha permitido que la sociedad se encuentre enmarcada en la batalla cultural del Odio versus Odio.
 
         La fisiología de nuestro cuerpo social está alterada. Es imperioso educarnos para crear un ambiente de convivencia, en una atmósfera de libertad con responsabilidad y respeto.  Sin odios.        

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