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Estado de bienestar e inmigración: la tensión persistente

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
 
En una sociedad organizada exclusivamente en torno a la propiedad privada, la inmigración no constituiría un problema. La decisión de aceptar o rechazar extranjeros correspondería a cada propietario o comunidad de propietarios, de acuerdo con sus intereses y necesidades particulares. Como cualquier otra elección de mercado, los costes y beneficios de esas decisiones recaerían sobre quienes las tomaran. La política migratoria no sería una sola, diseñada centralmente por el Estado, sino el resultado de millones de decisiones voluntarias y descentralizadas.
 
En un orden de propiedad privada plena no existirían ni la inmigración libre ni la inmigración restringida tal como las entendemos hoy. Existiría, simplemente, la invitación: un propietario que recibe a alguien en su vivienda, su tierra o su empresa asume de forma voluntaria los costes de esa decisión y puede revocar la bienvenida cuando lo considere oportuno. No habría integración forzosa ni exclusión forzosa; todo movimiento dependería del consentimiento.
 
El Estado altera radicalmente este escenario al monopolizar la decisión sobre quién puede entrar en el territorio y bajo qué condiciones puede acceder a una extensa propiedad pública —calles, plazas, parques, infraestructuras y servicios—. Si permite la entrada de alguien a quien ningún propietario ha invitado, impone una integración forzosa sobre la comunidad residente; si la impide, frustra contratos voluntarios que empleadores, arrendadores y ciudadanos habrían celebrado libremente. Ninguna de las dos opciones reproduce el resultado que emergería espontáneamente del mercado.
 
En el mundo real, la inmigración se desarrolla dentro de estados de bienestar financiados mediante impuestos. Por ello, cualquier análisis de la cuestión migratoria debe incorporar el esfuerzo fiscal necesario para sostener los servicios y prestaciones públicos a los que acceden los inmigrantes, así como las implicaciones de dicho gasto para la sostenibilidad del sistema redistributivo.
 
Cabe preguntarse si la libertad de movimiento de las personas es análoga al libre comercio. Esta cuestión dio origen a un debate que se prolongó durante casi quince años en el Journal of Libertarian Studies. Walter Block, siguiendo la tradición rothbardiana, sostiene que un liberal no puede defender restricciones migratorias sin incurrir en una incoherencia normativa. Si toda restricción estatal al movimiento voluntario de personas viola el principio de no agresión, impedir que un empleador contrate a un trabajador extranjero resulta tan ilegítimo como imponer aranceles o restringir el comercio.
 
Hans-Hermann Hoppe rechaza esta analogía. A su juicio, libre comercio y libre inmigración no son equivalentes porque el intercambio de bienes siempre presupone consentimiento: cuando una mercancía cruza una frontera, alguien la ha comprado o solicitado previamente. En cambio, cuando una persona ingresa en un Estado con propiedad pública y estado de bienestar, accede a calles, hospitales, escuelas y prestaciones financiadas por terceros sin que ningún propietario privado haya consentido esa integración. La “integración forzosa” creada por el Estado no tiene equivalente en el comercio de mercancías.
 
El desacuerdo fundamental no reside en el orden ideal —ambos coinciden en que una sociedad de propiedad privada plena eliminaría el problema migratorio— sino en la cuestión del second best: dado que vivimos en sociedades con Estado, propiedad pública y sistemas redistributivos, ¿qué política migratoria debería defender un liberal libertario?
 
Block sostiene que debe apoyarse siempre la posición más cercana al ideal de libertad, incluso en condiciones imperfectas. Hoppe responde que aplicar mecánicamente ese ideal en un contexto no ideal puede producir consecuencias contrarias a las buscadas: abrir las fronteras en presencia de un amplio estado de bienestar no conduce a un orden de propiedad privada, sino a una redistribución coercitiva financiada por los contribuyentes.
 
Aquí aparece el núcleo del debate. Hoppe sostiene que el estado de bienestar convierte la inmigración en un mecanismo de redistribución fiscal. El inmigrante que accede a prestaciones sociales sin haber contribuido previamente al sistema se beneficia, según esta lógica, de transferencias financiadas coercitivamente por otros. Milton Friedman resumió esta preocupación con una frase célebre: no es posible mantener simultáneamente libre inmigración y estado de bienestar.
 
Block acepta parcialmente el diagnóstico, pero invierte la conclusión. El problema no es la inmigración, sino el propio estado de bienestar.
 
Restringir la movilidad humana para preservar un sistema redistributivo implica, desde su perspectiva, confundir el síntoma con la causa.
 
La evidencia empírica reciente permite evaluar ambas posiciones. En diciembre de 2024, el IZA Institute of Labor Economics publicó el estudio The Long-Term Fiscal Impact of Immigrants in the Netherlands, Differentiated by Motive, Source Region and Generation, elaborado por Jan van de Beek, Joop Hartog, Gerrit Kreffer y Hans Roodenburg. El trabajo utiliza microdatos de toda la población neerlandesa para calcular la contribución fiscal neta de los inmigrantes a lo largo de su vida, diferenciando por motivo de inmigración, generación y región de origen.
 
Los resultados muestran que las consecuencias fiscales de la inmigración no dependen de la inmigración como fenómeno abstracto, sino del tipo de migración y del marco institucional en el que se desarrolla. Los inmigrantes laborales presentan, en promedio, una contribución fiscal neta positiva: aportan más en impuestos de lo que reciben en transferencias públicas. Cuanto mayor es su cualificación y nivel salarial, mayor es también su aportación al fisco.
 
En cambio, los inmigrantes llegados por motivos de asilo, reunificación familiar o estudio presentan contribuciones netas negativas. En términos fiscales, reciben más del Estado de lo que aportan. El estudio también identifica una correlación entre cercanía cultural y desempeño fiscal: los inmigrantes procedentes de regiones culturalmente más próximas a Europa occidental muestran resultados más positivos que aquellos provenientes de contextos más distantes.
 
Los autores estiman que los inmigrantes occidentales contribuyeron positivamente al presupuesto neerlandés en 2016, mientras que los no occidentales generaron un saldo fiscal neto negativo significativo. El hallazgo más incómodo políticamente es que solo una minoría de los inmigrantes realiza una contribución neta positiva a lo largo de su vida.
 
Estos resultados confirman parcialmente las intuiciones de Hoppe. La coexistencia de fronteras relativamente abiertas y estado de bienestar puede producir transferencias fiscales sustanciales desde los contribuyentes hacia determinados grupos de inmigrantes. También respaldan su argumento de que la integración cultural y la productividad institucional no son variables irrelevantes.
 
Sin embargo, el estudio también valida aspectos esenciales de la posición de Block. La inmigración laboral cualificada no solo no representa una carga fiscal, sino que constituye un activo económico neto. Esto sugiere que el problema no es la movilidad humana en sí misma, sino la estructura institucional bajo la cual se produce.
 
De hecho, el estudio parece indicar que, en ausencia de un amplio estado de bienestar, el propio mercado tendería a seleccionar inmigrantes con perfiles productivos y sostenibles en términos fiscales: trabajadores invitados por empresas, profesionales cualificados o personas capaces de integrarse económicamente sin depender de transferencias públicas. En un sistema plenamente privado, además, los costes derivados de decisiones migratorias recaerían sobre quienes las tomaran y no sobre el
conjunto de los contribuyentes.
 
La controversia entre Hoppe y Block no tiene un vencedor definitivo, y precisamente por eso sigue siendo intelectualmente valiosa. Hoppe acierta al señalar que el estado de bienestar distorsiona los incentivos migratorios y convierte parte de la inmigración en un mecanismo de redistribución coercitiva. Block acierta al recordar que restringir la libertad de contratación y movimiento mediante coerción estatal sigue siendo problemático desde una perspectiva liberal libertaria.
 
Lo que el debate permite concluir es que el principal responsable de las tensiones asociadas a la inmigración no es el inmigrante como individuo, sino la estructura institucional creada por el Estado: un sistema que monopoliza la propiedad pública, socializa costes, restringe mecanismos privados de selección y, al mismo tiempo, impide que ciudadanos y empresas decidan libremente con quién asociarse.
 
La solución, por tanto, no pasa necesariamente por más controles estatales, sino por reducir las distorsiones creadas por el propio Estado: menos redistribución coercitiva y mayor espacio para decisiones voluntarias y descentralizadas sobre contratación, residencia y asociación.
 
 

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