Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo
Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.
Javier
Milei se decidió por realizar un cambio radical, enfrentarse a la política
populista que ha llevado el peronismo durante décadas. El liderazgo necesita de
coraje, Milei lo tiene, no ceja en su
propósito de llevar al país lejos del camino de decadencia que significa atraer
votos por cualquier medio. Los partidos tradicionales no han comprendido los
problemas económicos de la República, es por eso que, hasta el momento, el único que le hace sombra al kirchnerismo es
él, por lo cual no sería raro que gane las próximas elecciones.
El
Gobierno ha reducido bastante el papel del Estado, es lo que debe seguir haciendo para que sea la
gente la que cree riqueza. En la Argentina
la capacidad creativa fue contenida, sin advertir que el abandono de la tutela del Estado aumenta
la creatividad a través de los ensayos y errores que los individuos hacen para
construir su vida. Ello precisa de un sistema político democrático. Allí donde
el Mercado, o sea la gente, no puede
decidir tiene que hacerlo, invariablemente, un dictador. En Chile, al ex
mandatario Augusto Pinochet, se le hizo más fácil el cambio porque era una
dictadura, pudo de ese modo rápidamente sacar al país de décadas de desastres
pero, al abrir la economía, minó su propia base de poder. Si en Cuba se hiciera
lo mismo, también el Gobierno la disminuiría,
sería inevitable porque sobrevendría una sociedad de alta complejidad, donde la
democracia es imprescindible para explicitar y reconocer los conflictos, elaborar consensos revocables sin la
destrucción de bienes y personas. En
nuestro país, si Milei pudiera disminuir las regulaciones al máximo, privatizar las empresas del Estado, hacer las
reformas estructurales que faltan, la democracia y la economía funcionarían
mucho mejor. No es cierto, como dicen
los socialistas, que la economía
capitalista crea más pobres, si esto no fuera un error los países, hoy más desarrollados del mundo, estarían en llamas.
El
gran sociólogo, Max Weber, lo vio
claramente, sostenía la necesidad que la democracia se fortificara abriendo el
camino a la economía de mercado, reemplazando los controles y las incitaciones
y estímulos del Estado por los estímulos naturales del Mercado. A quienes están
demasiado ansiosos por los resultados, como es el caso del arzobispo de Buenos Aires,
Jorge García Cuerva, quien hace bien en pedir por los pobres pero mal al no
subrayar el enorme esfuerzo que está realizando el Gobierno para mejorar la
situación, habría que hacerles notar que primero, de la locomotora, avanza la cabeza y luego la cola.
En
este proceso muchas empresas están quedando en el camino, producto de la mudanza
de sistema, sobre todo empresas estatales ligadas al Estado que no necesitaban
competir. Ahora vienen productos importados, de afuera, más baratos, la gente no quiere ayudar con su
compra a quienes venden más caro gracias a las subvenciones, prefieren a
quienes, como decía JB. Justo, se hagan más ricos creando fábricas y
ofreciendo mejores productos y a menor precio. Una economía
internacionalista no solo ayuda al país sino también a muchos otros. Como
indica Peter Drucker: ningún monopolio, ninguna concentración de capitales en
un país desarrollado puede hacer conmover demasiado la economía, antes era
factible porque las empresas eran pocas. La economía de mercado impulsa la
moral, las empresas norteamericanas lo exponen: existe poca corrupción, no se
necesita de alguna política para que ello ocurra: hay autocontrol y se
controlan entre ellas.
Las
provincias en Argentina fueron subyugadas
y algunas todavía lo son, por caudillos; su poder se ha basado en que dominan la mayor
parte de la estructura económica, la mayoría de la gente trabaja para el
Estado. No es dificultoso sujetarlas ya que la economía es muy simple. Una
política que favorece la autarquía se muere, lo vemos en innumerables ejemplos
históricos, es claro: un modelo de desarrollo basado en las prebendas del
Estado que generan corrupción no puede
marchar, los privilegios hacen que no dure, en términos históricos, mucho
tiempo.
En una
economía abierta, hacia la que nos
dirigimos, se disminuirá el poder de las corporaciones, el de las grandes
empresas. No podrán exigirle al Gobierno,
como se hacía antes, que les derogue un
decreto, se reduce el poder de exigir al privatizar y aumentar el número de empresas privadas. Sin
variedad, tanto en biología como en lo social, no hay evolución, no se tendría
que romper con lo espontaneo, lo cual origina producción porque ahí vive la
creatividad de la naturaleza, la realidad de nuestra vida son los intercambios,
en eso consiste el Mercado, la sociedad
se forma para intercambiar.
En la
medida que los hombres se liberan de la presión
del Estado, se hacen más ricos y aumentan sus posibilidades de vida. Lo vemos
claramente si comparamos la espalda del Mundo 200 años atrás: el mercado un
poco más libre ha permitido una mejora
del nivel de vida excepcional.
Es hora de que los argentinos miren hacia
atrás, amar la verdad aunque sea terrible. Para ello es necesaria una opinión
pública aceptada por el poder político; la racionalidad, la lógica, el enfoque
científico, no requieren una sociedad
centralizada, planificada y ordenada como conjunto. Karl Popper demostró que
ello, además de ser autoritario, se apoya en una concepción de la ciencia
equivocada y ya superada. Por el contrario, la racionalidad, la lógica y el
enfoque científico apuntan a una sociedad abierta y pluralista en la que se
expresen puntos de vista incompatibles y se persigan fines conflictivos, un
mundo en el cual todos sean libres de criticar las soluciones propuestas por
otros, especialmente las del Gobierno,
tanto de sus proyectos como de sus aplicaciones. Ante todo una política
que cambie a la luz de las críticas. Conjuntamente, la gente con programas y
políticas distintas a las del Gobierno
debe ser libre de constituir un gobierno en la oposición, listo para tomar el
relevo, poder organizarse, discutir, escribir y
tener garantías constitucionales de acceso a los medios de reemplazo,
como las elecciones libres celebradas regularmente. Por supuesto siempre que
esa oposición sea democrática. Se debe desarraigar a los enemigos de la tolerancia y de la
libertad, para que ello ocurra el Estado debe tener el monopolio de la fuerza,
en vez de la sociedad. Por supuesto, es
fundamental una vigilancia estricta del Estado por parte de la opinión pública,
no permitirle abusos.
Las
ideas de los argentinos están cambiando, les cuesta porque provienen de
ideas probadas y fracasadas y porque
para cambiar se requiere tiempo, se demora en absorber nuevos conocimientos, se
debe desaprender y re aprender, no cualquiera puede hacerlo. Es por eso que muchos piden al Gobierno que en
vez de pelear con la oposición comunique mejor, muestre qué se está haciendo y
qué consecuencias van a tener sus medidas al corto y largo plazo, tal como lo
hacía Álvaro Alsogaray en su momento, por televisión, y en todos los ámbitos, con pizarrón y puntero pedía que tuviéramos paciencia para pasar el invierno, o sea que por un tiempo
soportáramos las consecuencias no deseadas,
las cuales se debían enfrentar para cambiar el modelo y traer
prosperidad y progreso.