Defendiendo la
Libertad en Argentina
desde 1998

La paradoja de las selecciones nacionales

Gabriel Gasave
Director del Centro para la Prosperidad Global en el Independent Institute. Director, Economía de Mercado, Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Premio a la Libertad 2006, otorgado por la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Estamos ante una nueva edición de la Copa del Mundo de fútbol, la número 23. Esta vez, además, con formato ampliado: 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones —Estados Unidos, México y Canadá— convertidos durante más de un mes en el centro emocional, económico y mediático del planeta.
Una vez más, veremos cómo las banderas, los himnos y las camisetas logran arrastrar detrás de sí a multitudes enfervorizadas. Como ocurre también durante los Juegos Olímpicos, los nombres propios cederán importancia frente a la nacionalidad. Ya no será tal jugador quien hizo una gran jugada, sino “Argentina”, “Brasil”, “México”, “Francia” o “Estados Unidos” el que ganó, perdió, atacó o se defendió.
Al igual que en los sistemas colectivistas, donde el “nosotros” suele aplastar al individuo, durante estas gestas deportivas la primera persona del plural lo invade todo. “Ganamos”, “perdimos”, “jugamos mal”, “nos robaron”, “merecíamos más”. Expresiones curiosas, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de quienes las pronuncian no se movieron del sofá.
No se trata aquí de criticar al fútbol, deporte magnífico, saludable y apasionante. La intención es otra: reflexionar sobre ese sentimiento tribal y nacionalista que permanece siempre latente y que suele aflorar con especial fuerza ante conflictos bélicos o eventos deportivos de esta magnitud.
Para muchos, el Mundial se vive casi como una guerra simbólica entre naciones. Los misiles son reemplazados por tiros libres, penales y goles de cabeza; las trincheras, por barreras humanas; los uniformes militares, por camisetas oficiales vendidas a precios cada vez menos populares. Pero la idea de fondo es parecida: hay otro país enfrente, otra bandera, otra gente, otro idioma, otro enemigo a vencer.
Es el mismo principio por el cual, en otros planos, se levantan muros fronterizos, se exigen pasaportes, se imponen barreras comerciales y aranceles, y se habla de “balanza comercial” cuando los bienes cruzan una aduana, pero no cuando cruzan de una vereda a la otra dentro de un mismo barrio.
Ahora bien, ¿tiene sentido hablar de “estilos nacionales” en el fútbol actual? ¿A qué estilo nacional nos referimos exactamente?
En este Mundial 2026, más de la mitad de las selecciones estarán dirigidas por entrenadores extranjeros. Argentina, por ejemplo, no solo compite con su propia selección, sino que también exporta entrenadores a otras selecciones. Lo mismo ocurre con Francia, España, Italia, Alemania y otros países.
Brasil, símbolo máximo de una supuesta identidad futbolística propia, llega dirigido por Carlo Ancelotti, italiano. Estados Unidos, anfitrión del torneo, tiene como entrenador a Mauricio Pochettino, argentino. Portugal cuenta con Roberto Martínez, español. Inglaterra es dirigida por Thomas Tuchel, alemán. Bélgica por Rudi García, francés. Turquía por Vincenzo Montella, italiano. Qatar por Julen Lopetegui, español. Panamá por Thomas Christiansen, también español. Uzbekistán por Fabio Cannavaro, italiano.
Entonces, cuando cada uno de ellos dé una indicación táctica, ¿qué será más importante: el país que figura en su pasaporte, el lugar donde nació, la escuela futbolística donde se formó o simplemente su conocimiento profesional?
Por otra parte, el mercado global del fútbol vuelve aún más absurda la idea de selecciones entendidas como expresiones puras de una nación. En 2026 habrá más de mil futbolistas registrados para disputar el torneo. De ellos, una enorme cantidad juega en clubes ubicados fuera del país al que representa. Inglaterra es el principal centro de atracción, seguida por otras ligas poderosas como las de España, Alemania, Italia y Francia, que concentran talento proveniente de todas partes del mundo.
La camiseta nacional dice una cosa. El contrato profesional, otra. El himno suena antes del partido, pero la carrera del jugador se construye casi siempre en un mercado internacional, abierto, competitivo y profundamente mezclado.
También se derrumba la fantasía de la pureza nacional cuando se observa el lugar de nacimiento de muchos futbolistas. Una proporción significativa de los convocados nació en un país distinto del que representa. En algunos casos, la proporción es todavía más llamativa: selecciones como Marruecos, Curazao o República Democrática del Congo cuentan con numerosos jugadores nacidos y formados en otras latitudes.
Y esto no tiene nada de malo. Al contrario. Es apenas una muestra de cómo funciona el mundo real: familias que migran, hijos que nacen en otro país, jugadores formados en una federación pero emocionalmente vinculados a otra, deportistas con doble nacionalidad y trayectorias personales imposibles de encerrar dentro de una frontera.
Achraf Hakimi nació en Madrid y juega para Marruecos. Eduardo Camavinga nació en Angola y representa a Francia. Folarin Balogun nació en Estados Unidos, creció futbolísticamente en Inglaterra y eligió jugar para la selección estadounidense. Yunus Musah nació en Nueva York, se formó entre Italia e Inglaterra y también representa a Estados Unidos. Ricardo Pepi nació en Texas, pero eligió representar a Estados Unidos pese a su fuerte vínculo familiar con México. Roberto “Pico” Lopes nació en Dublín y juega para Cabo Verde.
¿Dónde empieza y dónde termina, entonces, la nacionalidad futbolística? ¿En el lugar de nacimiento? ¿En la sangre? ¿En el pasaporte? ¿En el idioma familiar? ¿En la liga donde se formó el jugador? ¿En una decisión administrativa tomada antes de una competencia?
Muchos hinchas nacionalistas prefieren no hacerse esas preguntas. Les basta con ver una camiseta, una bandera y once jugadores alineados para aceptar la ficción completa. Pero basta rascar un poco la superficie para advertir que aquello que se presenta como una representación nacional compacta es, en realidad, una construcción mucho más híbrida, móvil y arbitraria.
En alguna ocasión he visto personalmente la incomodidad de un inmigrante que, frente al televisor, debía elegir entre alentar al país donde nació o al país que lo recibió. Lo vivía casi como una traición. Como si gritar un gol pudiera equivaler a tomar partido en una guerra. Esa angustia revela hasta qué punto el nacionalismo deportivo puede cargar de dramatismo algo que, en última instancia, no debería ser más que un juego.
Tampoco los gobiernos han sido ajenos a este fervor patriotero. Muchas veces ofrecen premios, favores, homenajes y prebendas a los integrantes de sus selecciones, como si se tratara de brigadas enviadas a cumplir una misión patriótica. Y no faltan los políticos que aprovechan una victoria deportiva para esconder, aunque sea por unos días, su propia ineptitud, sus fracasos o su corrupción.
El fútbol, como tantas otras actividades humanas, se ha globalizado de manera espontánea. Los métodos de entrenamiento circulan, los técnicos viajan, los jugadores migran, los clubes compran talento donde lo encuentran, los preparadores físicos comparten conocimientos y las diferencias entre supuestos “estilos nacionales” se han ido borrando con el tiempo.
Analizar hoy la composición de una selección se parece a abrir un teléfono celular para ver sus piezas. Encontraremos componentes fabricados, diseñados o ensamblados en distintos lugares. Ponerle una etiqueta que diga “hecho en tal país” puede servir para vender una historia, pero no describe del todo la realidad.
Quizás algún día este magnífico deporte logre desprenderse de las connotaciones tribales que lo rodean. Quizás algún día entendamos que se trata de once profesionales muy bien remunerados enfrentando a otros once durante noventa minutos sobre una cancha, y no de una batalla moral entre pueblos, culturas o naciones.
Quizás también llegue el día en que los jugadores sean apreciados por su talento, disciplina, creatividad y esfuerzo individual, y no por el accidente geográfico de haber nacido bajo una bandera determinada.
Mientras tanto, la racionalidad seguirá perdiendo por goleada.
Por ahora, simplemente, que gane el mejor.



© Fundación Atlas. Todos los derechos reservados. Desarrollo Doctanet