Alejandro A. Tagliavini
Senior Advisor, The Cedar Portfolio. Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland (California). Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Pocos años atrás, mi madre estaba de visita por Vietnam, en un viaje
turístico. Le envié un email: «Si ves algún prisionero yanqui, intenta
liberarlo». “Desde este McDonald’s solo veo mi Coca Cola delante” me contestó.
La broma me dejó pensando. Claramente las guerras no sirven para nada. No
es una cuestión de gustos ni de «pacifismo», simplemente son ineficientes e
inconducentes, destructivas y, por supuesto, mortales, lo dice la ciencia no yo, no es
una opinión mía.
Muchos murieron, hubo mucha destrucción. ¿Para qué? Hoy, los herederos de los
vencedores comunistas, sin guerras, adoptaron el camino ideológico que se
quiso, y no se pudo, imponer con las armas y Vietnam crece a medida que libera
su economía a un ritmo del 7% anual, muy por encima, irónicamente, del de
Argentina cuyo presidente es aliado incondicional de la Casa Blanca. Tonta
Guerra.
Hoy Trump lidera una escalada militar contra los criminales ayatolas de Irán.
Una amiga iraní, que vive en Alemania, me decía que los iraníes no están
protestando y muriendo en las calles por un acuerdo nuclear, sino por su vida y
libertad. Mientras que el presidente de los EE.UU. destruye al país,
perjudicando sobre todo a los ciudadanos comunes, sin que le importen las
ejecuciones masivas de civiles indefensos.
La ciencia ha demostrado -de modo definitivo y concluyente– que la
violencia destruye siempre: es contraproducente incluso en los casos de defensa
propia y urgente. Para empezar, es una incoherencia lógica -y la lógica es una
ciencia- que la violencia se resuelva con más violencia, por el contrario, se
suma, aumenta. Más, es más.
Los griegos -e.g. Aristóteles- ya sabían que el universo está regido por un
orden: el sol sale cada día a la misma hora, los animales necesitan alimentarse
para vivir, etc. Luego, dice la ciencia, la violencia es una fuerza extrínseca
que pretende desviar el desarrollo espontáneo de este orden: por caso, al
asesinar una persona se coarta el que siga evolucionando -con su potencial
intrínseco- como ser humano. Así las cosas, desde que la violencia es
extrínseca y contraria al orden vigente, es imposible de toda imposibilidad
que, en ningún caso, ayude -o “defienda”- al desarrollo del universo, de la
vida, de la naturaleza.
Por el contrario, los
métodos eficientes de defensa son los pacíficos, empezando por permitir que las
sociedades “sean libres”, es decir, que no tengan encima la coacción que los
Estados imponen con su monopolio de la violencia. Así, los países más libres,
como Suiza por caso, son altamente pacíficos tanto interna como externamente.
Para rematar la idea de las guerras como solución, tomemos por caso la
emblemática Segunda Guerra Mundial (SGM). La propaganda oficialista ha sido tan
fuerte -incluido Hollywood- que hoy es difícil encontrar quién haga un análisis
serio y objetivo. Por cierto, quizás tenga razón un amigo al decirme que la
Primera Guerra Mundial fue peor ya que indujo la Revolución Rusa, el ascenso
del nazismo, la caída de las monarquías progresistas, la Gran Crisis y la SGM
que, claramente, logró el efecto contrario, sumó violencia y esparció la
tiranía.
Los argumentos de los Gobiernos occidentales a favor de esta guerra han probado
ser falsos. Dijeron que se hacía para combatir a la tiranía, pero la verdad es que
trajo otra peor. Se terminó la de Hitler, pero se apuntaló la de Stalin, más
sangrienta, que propagó el comunismo, el terrorismo y la guerrilla por todo el
globo, instaló a los Castro en Cuba, que, a su vez, sostienen al chavismo.
Si miramos el mapa del totalitarismo antes
de la SGM veremos que el negro nazi y el rojo soviético sumados ocupan mucho
menos territorio que el rojo soviético después. Se diría, sin lugar a
equivocarse, que EE.UU. e Inglaterra reforzaron a Stalin -en lugar de
debilitarse hasta desaparecer enfrentado con los nazis- que fue el verdadero
ganador de esta guerra y por ello, a pesar de conocer sus atrocidades, hoy
sigue siendo un héroe en Rusia. En Viena, existe un monumento central a los
Héroes del Ejército Rojo, ninguno al occidental.
Por
cierto, los campos de concentración nazis, que fueron atroces, fueron
fogoneados por la SGM que distrajo a la opinión pública. Dicen que los
británicos entraron primeros en esta guerra para defender a los judíos, pero Geoffrey Wheatcroft asegura que
el gobierno inglés no pretendía terminar el Holocausto, sino “proteger” a
Polonia, meta que Churchill abandonó en Yalta en manos de un tirano peor.
Wheatcroft, también aclara que los crímenes de los soldados aliados no fueron
menores.
Witold Pilecki, oficial polaco
que quería corroborar los rumores sobre los crímenes nazis, en septiembre de
1940 se dejó atrapar y fue llevado a Auschwitz. Durante dos años y medio fue
víctima y testigo de un infierno planificado a escala industrial. A pesar de
sus peticiones, jamás se puso en marcha ninguna operación aliada al respecto.
Tras la guerra, Pilecki continuó recopilando información sobre las atrocidades
durante la ocupación soviética. Fue descubierto y torturado, acusado de espía
antisoviético y, antes de ser ejecutado, declaró que “comparado con esta gente,
Auschwitz fue un juego de niños”.
Jan Karski era otro
oficial polaco que se coló en el gueto de Varsovia. Escapó y llegó a
entrevistarse con muchos como Roosevelt, que, tras escucharlo en el despacho
oval, sin hacer ninguna alusión a su escalofriante relato, le preguntó sobre
los caballos polacos en el ejército. “Los judíos fueron abandonados por todos
los Gobiernos… Si sobrevivieron miles… fue gracias a la ayuda de personas
individuales. Ahora, todos los Gobiernos… dicen hipócritamente ‘intentamos
salvar a los judíos’…” aseguró Karski.
Y, finalmente, otro argumento era que el único modo de sacar a Hitler era por
la fuerza. La SGM asesinó a unos 60 millones de personas, destruyó masivamente
propiedad privada, y va otra incoherencia: no se “defiende la libertad”
coartando libertades, aumentando impuestos para financiar la guerra, forzando a
la gente hasta obligarla a enrolarse y llevarla a la muerte. Y los ejércitos
aliados -particularmente el soviético- cometieron graves crímenes, como la
violación de cientos de miles de mujeres y niños, y las bombas atómicas que
asesinaron a unos 200.000 inocentes.
Difícilmente, aun con todas sus atrocidades, el nazismo habría provocado tantas
muertes y destrucción antes de su inevitable caída, ya sea porque se hubieran
aniquilado con los soviéticos —y el mundo quedaba librado de las dos tiranías—
o porque le hubiese sucedido como ocurrió con la más poderosa URSS, que cayó
sola mostrando que los métodos pacíficos y libres son los únicos eficientes,
incluso en los casos de defensa propia y urgente.
La libertad y su sinónimo la paz -y la
felicidad y la riqueza-, dicen la ciencia y la sabiduría, solo se consiguen con
paz y libertad.
En fin, a pesar de lo que dice la ciencia, hoy una enorme mayoría de personas
cree (“cree” por “fe” visceral, porque sí, sin razonar) que la violencia en
casos de “defensa propia” es necesaria. Los hechos, el avance moral y
tecnológico, se les van a imponer antes de que alcancen a razonar. Trump ya
está viendo lo inútil de sus guerras. The Economist publica un artículo donde
muestra que La tecnología inteligente está haciendo de la guerra una
elección más tonta, es decir, gracias al desarrollo tecnológico las guerras
son cada vez menos una opción para “vencer al enemigo”.