Matías Enríquez
Participante del
Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales 2020. Periodista argentino
que ha trabajado en diferentes medios de comunicación, actualmente dedicándose
a la comunicación institucional de organismos de gobierno. Trabajó en
diferentes medios gráficos como El Mundo (España), Marca (España) y ESPN-La
Revista (Estados Unidos), en radio y TV. Fue corresponsal, redactor, movilero,
editor, columnista, conductor y productor. También se desempeña como docente en
talleres de Comunicación, Periodismo y Argumentación. Ha publicado columnas de
opinión en diferentes medios como Infobae, Diario Perfil, ADN Ciudad,
Mundiario y Visión Liberal, entre otros.
Comenzó en redes sociales, se viralizó y propagó por todos lados, llegó a
un programa de streaming (antes lo hacía a los medios tradicionales) y se
desató la tormenta. En esta ocasión, en pleno contexto del Mundial de Fútbol
2026, se trató de la familia del argentino más trascendente de todos.
Una famosa conductora al frente de un programa “periodístico” en streaming
dio como información lo que en verdad era una noticia falsa. La información
nunca estuvo verificada ni bajo el escrutinio mínimo de un chequeo profesional,
serio y responsable. La desinformación se dio a conocer con la liviandad con la
que se dicen muchas cosas en este nuevo formato, donde gobierna la ausencia de todo
tipo de filtro y se erosiona, en reiteradas ocasiones, la línea entre
periodismo y conventillo.
No es la primera vez que se da como información la muerte de alguien.
Tampoco será la última. De eso se trata la desinformación en estos casos, le
pasó a Cacho Fontana y a Carlos Griguol hace varios años y hoy ocurre en la
familia del mejor jugador del fútbol de todos los tiempos. Al margen del
análisis pormenorizado de la situación, resulta imprescindible el
fortalecimiento de los valores esenciales del ejercicio periodístico, también
en las señales de streaming, o al menos en aquellos programas que se jactan de
hacer un periodismo más “liviano”.
Chequear la información recibida y acudir a la fuente de primera mano debe
seguir siendo una cualidad sine qua non del trabajo del periodista y, por otro
lado, la empatía también debe ser un atributo inescindible del quehacer
profesional. En esta ocasión, todo esto quedó enterrado.
Quienes quieren bajarle el precio a la situación hablando de que fue “en un
canal online” o “en un simple programa de streaming” se equivocan. En otro
contexto, ese hecho en ese formato no hubiese tenido tanto impacto, más allá
del personaje involucrado, pero hoy ese nuevo medio digital está legitimado por
su numerosa audiencia (al menos desde la señal donde sucedió el hecho) y
también por los diferentes actores públicos, desde deportistas hasta políticos
que utilizan estos espacios para esquivar el periodismo que incomoda e instalar
sus mensajes y agenda propia.
El otro día no solo se difundió como cierto lo falso sino que también se
contaminó la agenda pública sin medir ningún tipo de consecuencias y eso
también es muy grave.
El caso también plantea algunas inquietudes respecto de la responsabilidad
legal de quienes incurrieron en esta práctica desinformativa. En el marco
normativo local existen normas que podrían encuadrar la situación, como la
Doctrina de la Real Malicia, una de las que más tensiones generan en la
actualidad, precisamente por este nuevo ecosistema informativo.
¿Qué pasa cuando este hábitat ya no está dominado por periodistas
profesionales sino por redes sociales, influencers, militantes digitales y
algoritmos que premian la velocidad antes que la verdad? ¿Dónde queda el marco
normativo de la Doctrina en estos tiempos informativos frenéticos? ¿Hay un
ámbito de aplicación en este tipo de casos?
Estas inquietudes surgen entendiendo el espíritu de dicha Doctrina, que
nació en un mundo diferente al actual y que no sanciona el error periodístico
sino la difusión de información falsa con conocimiento de su falsedad.
El mundo actual es muy diferente a aquel de la década del 60. Hoy millones
de personas producen información sin chequearla, millones de personas replican
sin conocer su origen y millones de personas también amplifican de manera
instantánea.
La mentira no necesita probarse, solo basta con viralizarse. Y la verdad,
bien gracias. Si la conductora o productora recibió el rumor y no existió
ninguna verificación elemental, podría discutirse si existió o no esa “notoria
preocupación por la verdad” –núcleo de la real malicia–. Y aquí podría aparecer
algo novedoso, aunque difícilmente sancionable.
En esta era digital, donde las herramientas de verificación abundan y la
viralización multiplica el daño, la ausencia absoluta de chequeo abre una
discusión tan novedosa como necesaria sobre la responsabilidad de informar.
Toda esta situación también se da en momentos donde el periodismo está
recibiendo una fuerte interpelación por parte del poder político de turno. El
propio presidente de la nación aprovechó el hecho desinformativo por la poca
simpatía que tiene a la conductora del programa que dio la noticia y realzó sus
ataques contra la prensa y el quehacer periodístico.
Quizás hubo cierta impericia metiendo todo en la misma bolsa cuando en
verdad, este tipo de casos, solo reafirman que debemos valorar más el
profesionalismo de la prensa, no por los nombres propios de los periodistas,
sino por el valioso derecho de la ciudadanía a acceder a información
responsable y de calidad.
Publicado en Perfil.