Alvaro Vargas Llosa
Asociado Senior, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
La reciente derrota de la izquierda en Perú y Colombia, donde Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella han ganado sus respectivas elecciones, significa que pocos países de América Latina y el Caribe estarán gobernados por gobiernos rojos o rosados en un futuro próximo. Si los comicios de Brasil a finales de este año siguen la misma tendencia y Flávio Bolsonaro derrota al presidente Lula da Silva, la izquierda no solo perdería un aliado más, sino también al país con la mayor economía y la mayor población de la región.
De las veinte economías más grandes, solo seis están gobernadas o van a estarlo por la izquierda: Brasil, México, Guatemala, Uruguay, Guyana y Nicaragua. Excluyo a Venezuela porque, aunque ese régimen autoritario tiene raíces de izquierda bien conocidas, se encuentra actualmente bajo el control de Estados Unidos. Incluyo a Guatemala, cuyo presidente es ideológicamente mucho más moderado que los demás. Tanto es así que probablemente debería ser descrito como centrista en lugar de izquierdista, pero dada la naturaleza de la política de ese país y el ataque sistemático contra la presidencia de Arévalo desde el primer día por parte de ciertas instituciones instigadas por la derecha política, probablemente sea justo situarlo en la centroizquierda del espectro político, a pesar de que haya tenido que recurrir a duras medidas de seguridad y orden público, como declarar el estado de sitio debido a la violencia de pandillas. En la derecha incluyo a Puerto Rico, que no es un país independiente ni un estado de EE. UU., y que algunas organizaciones internacionales que recopilan estadísticas por países suelen tratar como una entidad latinoamericana. Me apresuro a añadir que, aunque son pocos en número, entre las veinte economías más grandes, los gobiernos de izquierda suman un producto bruto interno que supera con creces al de los otros catorce países, y una población mayor. Este factor tiene mucho que ver con Brasil y México, las dos economías más grandes, ambas en manos de la izquierda. Si tomamos las estadísticas del Fondo Monetario Internacional, los seis gobiernos de izquierda tienen un producto bruto interno combinado de algo menos de 9 billones de dólares estadounidenses en términos de paridad de poder adquisitivo. En comparación, los otros catorce no llegan a los 6 billones de dólares. Aun así, hay que remontarse varios años para encontrar un momento en el que la izquierda fuera barrida del poder, tal y como ha ocurrido en los últimos meses y años. Tras convertirse en una fuerza dominante en la primera década del siglo XXI, con la derrota del peronismo en Argentina en 2015, la caída de Dilma Rousseff en Brasil y la derrota de Evo Morales en el referéndum constitucional de Bolivia en 2016, la región viró en general hacia la derecha. Sin embargo, este giro no duró mucho por cuatro razones: la derecha no pudo o no quiso impulsar las reformas que habrían mantenido a la izquierda fuera del poder durante mucho más tiempo; sucumbió a tentaciones populistas y autoritarias que alejaron a parte de la población; fue incapaz de satisfacer las altas expectativas de la población en cuanto a la calidad de los servicios públicos; y, en algunos casos, quedó asociada a importantes escándalos de corrupción.
También hubo un factor internacional que no ayudó en absoluto: para entonces, el superciclo de las materias primas que había financiado el populismo de la izquierda a principios del nuevo milenio ya había llegado a su fin. Los precios de las materias primas son un factor determinante del desempeño económico en gran parte de América Latina, especialmente en América del Sur. ¿Ha aprendido la derecha la lección? Para empezar, a diferencia de la última vez que estuvo en el poder, está disfrutando y seguirá disfrutando de un nuevo auge de las materias primas, lo que significa que las condiciones internacionales en las que operará deberían ser favorables. Dicho esto, sigue habiendo demasiada incertidumbre sobre el rumbo de las economías de Estados Unidos y China en un futuro cercano como para hacer predicciones con algún grado de certeza. Otro elemento que podría obstaculizar el éxito de la derecha en el periodo actual es el crecimiento exponencial de la violencia criminal en la mayoría de los países. Esta violencia es, en parte, la razón por la que algunos gobiernos de derecha han llegado al poder recientemente, pero la incapacidad para obtener resultados podría volver a los votantes en su contra muy rápidamente. O bien podrían sucumbir a tentaciones autoritarias en su afán por lograr resultados eficaces contra la delincuencia, como ha ocurrido en El Salvador. Otro riesgo asociado a la ola de violencia delictiva es que los gobiernos de derecha terminen absorbidos por esta cuestión prioritaria y descuiden las reformas que la población necesita desesperadamente para experimentar un mayor crecimiento económico tras años de resultados mediocres, así como mejorar el pésimo estado de los servicios públicos. Es demasiado pronto para saber qué sucederá. Pero está claro que los pueblos de América Latina y el Caribe han decidido dar una nueva oportunidad a la derecha; más le vale ofrecer algo mucho mejor de lo que hizo la última vez que se ganó el corazón de la gente, si no quiere que el péndulo vuelva a oscilar en la dirección opuesta.
Traducido por Gabriel Gasave
Publicado en el Independent Institute.