"Si la política no
interfiere, en diez años seremos distintos”. Hace tiempo que me preguntaba qué
pensaría Santiago Caputo, desde que supe que lo llaman el «Mago del Kremlin»:
el misterio intriga, el silencio atrae. Ahora sé que no había mucho que saber.
El problema, nos dice, es
la política. Sin política, se vuela. Milei había matado a Maquiavelo; él los
mata a todos de Aristóteles por acá. ¿Por qué no? Uno de sus ídolos, el
fundador de Palantir, enterró hasta a Bacon. Los historiadores lo consideramos un
pionero de la modernidad occidental; para Pieter Thiel fue la mente de un
proyecto sacrílego contra Dios.
El sueño de erradicar la
política y gobernar sin «interferencias» es tan antiguo como el hombre y se
llama tiranía: teocrática en nombre de Dios, tecnocrática en nombre de la
técnica, populista en nombre del pueblo. Al desterrar la política, el tirano se
sustrae al escrutinio público, a la democracia.
Así pensaban los
milenaristas religiosos: la política divide lo que Dios unió. Así los
positivistas del siglo XIX: ¡sin política, orden y progreso! Así, un siglo
después, las dictaduras militares. A los marxistas le cae como anillo al dedo,
siempre soñaron con sacrificar la política en el altar de la administración.
A los turbocapitalistas
también: basta de política, el mercado lo regula todo. La antipolítica inspira
toda ideología holística y en las ideologías holísticas reside el corazón del
pensamiento totalitario.
Muchos se encogen de
hombros: «Centrémonos en los hechos», dicen, «no en las palabras»; y los hechos
son que la democracia funciona. Los Caputo que inundan el mundo gritan, pero no
hacen daño. Puede ser. Pero las ideas importan, en la historia, las palabras
pesan.
Las que hoy nos parecen
absurdas podrían volverse normales mañana; las prohibidas, legítimas; las
inadmisibles, aceptadas. Así fue como un pintor se erigió en führer. Reducidas
a vulgata, protegidas por el anonimato, las elucubraciones eruditas de los
famosos tecnócratas se traducen en las redes sociales mileistas en violencia,
vulgaridad, odio, homofobia, racismo, clasismo.
¿Son solo palabras? ¿O
anuncian hechos, señalan un cambio? Antes de cada giro histórico siempre hay
una «batalla cultural». Y después una ola antipolítica y elitista.
El riachuelo surgido hace
treinta años en Silicon Valley es hoy un río desbordado. Desde la Casa Blanca
hasta la Casa Rosada, es moneda corriente la idea de que la democracia es un
vestigio incompatible con la libertad y la eficiencia. ¿La igualdad?
¡Homologación y conformismo! ¿La democracia? ¡Mediocridad y masificación!
Parecen cosas nuevas, pero
las hemos escuchado antes; estaban de moda hace un siglo y anunciaron guerra y
totalitarismo, supremacía étnica y autoritarismo político. Thiel, como Caputo,
no inventa nada: la salvación no admite «interferencia política», piensa; solo
puede provenir de un poder centralizado y totalizador, de un gobierno mundial
despótico ejercido por una élite con poder casi divino.
¿Salvación de qué?
¿Salvación de quién? ¿Quién la pidió? No sé ustedes, pero a mí, un ciudadano
común, me surgen algunas preguntas: ¿quiénes formarían parte de esa élite?
¿Quién los elegirá? ¿Cómo? ¿Estaremos más libres y seguros bajo el liderazgo de
los Trump y Milei, los Vance y Caputo, los Thiel y Musk?
Prefiero un político
mediocre elegido por mí que un profeta iluminado escogido por ellos; prefiero
el torpe autogobierno de nosotros, los humanos, a la ingeniería social de sus
máquinas. Deberíamos dejar de pensar que la democracia es ausencia de
dictadura. ¿El Parlamento está abierto? ¿Los militares en los cuarteles? Todo
está bien. ¡Para nada! La tiranía tecnocrática, al igual que la tiranía
populista, no combate a la democracia desde afuera, la vacía día tras día desde
adentro.
No es casualidad que los
pomposos tecno-filósofos de nuestro tiempo redescubran la noción circular del
tiempo: quieren llevar la historia de vuelta a la era pre-democrática, a las
sociedades de castas en las que la élite mandaba y la masa obedecía, cada uno
en su lugar, cada uno su función en la jerarquía natural mandada por Dios.
Pero hemos volado
demasiado alto; desde el empíreo de la teología, es hora de regresar a los
bajos fondos de la historia, a la trinchera de la vida cotidiana. Traducida, la
frase de Caputo es brutal y banal: si las cosas van bien, es mérito del
gobierno; si van mal, es culpa de la política: dirigentes, partidos,
instituciones, prensa. Más simple, imposible. Aún improbable como Milei, el profeta
no admite límites políticos: ¡tiene un pueblo que salvar!
Construirse un aura
sagrada a costa de la política es fácil y popular: siempre habrá una casta a la
que evirar, un chivo expiatorio al que culpar. Pero solo funciona hasta que la
«anticasta» no se convierte en casta a su vez, el «antipolítico» en político a
cargo. Humillada y desacreditada, no será la política la que entonces lo salve
del declive. Traicionado en su fe, el pueblo lo culpará de todo e invocará a un
nuevo redentor: quien con la antipolítica hiere, de la antipolítica perece.
La nueva ola ya se está
gestando. No sé quién la liderará ni qué forma tomará. Pero sé que dentro de
diez años Argentina será “un país distinto” si habrá comprendido que la
“interferencia política” se llama democracia.
Publicado en Clarín.