Alvaro Vargas Llosa
Asociado Senior, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
En las últimas semanas he visitado cinco países de Asia y Europa. El odio que la selección argentina de fútbol parece haber despertado en personas de todo el mundo —debido a su comportamiento en este Mundial— es algo que las autoridades del fútbol argentino deben tomar muy en serio. Ahora que han perdido contra España, y teniendo en cuenta que Lionel Messi, el mejor jugador del planeta, tiene 39 años y está a punto de retirarse, tendrán que reconstruir buena parte de su equipo. Para empezar, en varios aspectos, fueron un equipo sensacional durante el reciente torneo. Su implacable espíritu de lucha les llevó a derrotar a rivales que jugaron mejor, que llevaban la ventaja durante gran parte del partido y que, a juzgar por su rendimiento general, en ocasiones merecieron ganar. Incluso con un poco de ayuda de sus amigos —incluidas algunas decisiones arbitrales cuestionables (sobre todo en los partidos contra Egipto e Inglaterra), la FIFA y unos estadios en los que los aficionados argentinos superaban ampliamente en número a los del equipo rival—, fueron lo suficientemente buenos, y Lionel Messi estuvo lo suficientemente brillante, como para llegar a la final gracias a varias remontadas impresionantes en los últimos minutos. En la final, sin embargo, su orgullo, su determinación y su fuerza física no fueron suficientes para superar sus carencias tácticas y técnicas. Tampoco Messi —a quien España neutralizó con gran eficacia— fue capaz de inspirar a sus compañeros como lo había hecho en otros partidos, elevándolos a un nivel de talla mundial que no sabían que poseían, a pesar del extraordinario fútbol que Argentina desplegó durante el último Mundial, disputado en Catar, del que se proclamó campeona (hasta el domingo 19 de julio, eran los actuales campeones). España fue una digna ganadora porque jugaron un fútbol mucho mejor, atrapando a Argentina en una red que limitó sus movimientos y sus líneas de pase. España se centró por completo en jugar un fútbol de nivel de campeonato, mientras que sus rivales sudamericanos se vieron reducidos a perseguir el balón e interrumpir repetidamente el partido con faltas graves para desbaratar la fluida maquinaria del equipo europeo. El problema más amplio —y lo que parece hacer que Argentina sea tan mal vista en todo el mundo— es que el equipo no ha aprendido ni a ganar ni a perder con dignidad en las competencias internacionales. Tras el pitazo final, tres de sus jugadores agredieron físicamente a jugadores españoles: Nahuel Molina, Leandro Paredes y Thiago Almada propinaron puñetazos, patadas y tiraron violentamente al suelo a sus rivales. Otros, entre ellos Nicolás Otamendi, intentaron provocar peleas. Por su parte, el seleccionador Lionel Scaloni, en lugar de contener a sus propios jugadores, se abalanzó sobre un jugador español al que acababan de dar un puñetazo, y su ayudante, Roberto Fabián Ayala, lanzó un puñetazo a otro rival. Para empeorar aún más las cosas, todo el equipo dio la espalda a los campeones de España —que habían jugado con elegancia y dignidad y no habían hecho nada para merecer tal desprecio— durante la entrega del trofeo. Lamentablemente, esto incluyó a Lionel Messi, que normalmente no es ese tipo de persona, pero que probablemente se sintió obligado a unirse a sus compañeros para evitar que se le acusara —como le sucedía tan a menudo antes de ganar el Mundial hace cuatro años— de carecer de patriotismo o lealtad hacia su país. Estas escenas fueron un sombrío recordatorio de la manera en que el equipo celebró su victoria en el Mundial anterior. Varios jugadores se burlaron e insultaron a la selección francesa derrotada al término de la final que ganaron, y el arquero Emiliano Martínez también realizó gestos obscenos dirigidos prácticamente al mundo entero. Repitieron exactamente el mismo comportamiento contra Inglaterra en este torneo, tras remontar el marcador y ganar por 2-1. Las actitudes tóxicas de los jugadores a lo largo de los años se han contagiado claramente a la afición (o quizá sea al revés). En uno de los muchos incidentes ocurridos en España tras la final, un hombre fue agredido por hinchas argentinos y habría sido linchado de no ser por la intervención de otros vecinos que acudieron en su ayuda.
Esperemos que la FIFA adopte medidas drásticas contra los jugadores infractores —en particular contra Paredes, que merece una sanción prolongada, quizá incluso definitiva, que le aleje de este deporte—. Y lo que es más importante, esperemos que las personas sensatas de Argentina den un paso atrás y se sumerjan en una profunda introspección. Argentina fue en su día una de las naciones más ricas y cultas del mundo, con logros extraordinarios en los ámbitos de la economía, las artes y el deporte. Es necesario adoptar decisiones que permitan transformar una mentalidad que ha llevado al país al descrédito internacional y recuperar su prestigio en todos los ámbitos, especialmente en aquellos que proyectan su imagen ante el mundo. Este espíritu alguna vez hizo de la Argentina una gran nación
Como tengo muchos amigos argentinos muy cercanos y visito el país con frecuencia, sé que estos jugadores y aficionados violentos no representan a toda la nación. A pesar de su declive tras décadas de políticas populistas fallidas, Argentina sigue contando con sólidas reservas morales y culturales que la vinculan con su glorioso pasado, reservas que pueden ayudar a reconstruir la imagen dañada que su selección de fútbol proyecta actualmente al mundo.
Traducido por Gabriel Gasave.
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ublicado en el Independent Institute.