Eduardo Maschwitz
Presidente del Consejo de Administración de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Premio
a la Libertad 2007, Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
En boca de políticos,
organizaciones sociales, líderes religiosos y la prensa, escuchamos un feroz
ataque a la desigualdad económica y a la forma en la que —al agrandarse las
diferencias económicas entre ricos y pobres— se genera injusticia y una mala
distribución de la riqueza.
Es cierto que, de tanto en
tanto, surgen nuevos productos y servicios extraordinarios que crean mucho
valor y generan una gran cantidad de nuevos millonarios. Pero esa es sólo la
mitad de la historia. Nunca se cuenta la otra mitad. La historia completa.
Suponiendo que sea cierto
que «un mundo de superricos» sea injusto, deberíamos compararlo contra un mundo
sin ellos, sin inventos y sin nuevos productos y servicios que mejoraran la
calidad de vida de todos. En ese mundo no tendríamos automóviles, aviones,
telefonía celular, internet, empresas tecnológicas de comercio y
comunicaciones. No tendríamos remedios ni cosechas crecientes, ni electricidad.
Pero seríamos todos más iguales. Viviríamos peor y menor cantidad de años.
Supongo que hay muy poca gente que piense que un mundo así sería mejor.
Entonces, ¿por qué atacar y tratar de eliminar a los «superricos»?
Es inevitable que cuando
un emprendedor o inventor genera un nuevo producto que mejora la calidad de
vida de millones —y por el cual hay millones aspirando a disfrutar—, no se
quede con una parte del valor generado. El valor retenido por los emprendedores
es sólo una fracción del nuevo valor creado, y la mayor parte queda en manos de
los consumidores, proveedores, empleados, el Estado y los inversores en los
proyectos. Todo este inmenso valor es nuevo. Antes no existía. No se le quitó a
nadie. Es capturado y distribuido entre millones de personas.
Entonces, ¿queremos un
mundo donde no crezca la oferta de bienes y servicios y donde no haya gente
inquieta buscando inventarlos y desarrollarlos? ¿Un mundo donde la riqueza no
crezca y la puja sea sólo sobre la distribución de la riqueza existente? Para
generar desigualdad, primero hay que generar la riqueza, y sólo así se puede
repartir y beneficiar a muchísimos.
Siempre alguien propondrá
a un Estado (junto con sus funcionarios) para la creación de valor, pero eso,
hasta ahora, no ha pasado con la generalidad de las innovaciones.
La generosidad útil de los
«superricos»
Más que intentar robar
recursos a estos emprendedores o quitarles su riqueza, deberíamos generar
muchos más emprendedores que sigan mejorando la vida de todos. Sepamos además que
toda la nueva riqueza y valor se desparraman entre millones, y que,
adicionalmente, estos emprendedores pagan muchísimos impuestos, generan trabajo
y realizan inmensas inversiones y donaciones. Asimismo, los ricos realizan
estas donaciones con criterios de eficacia y valores similares a los usados en
sus negocios, obteniendo y generando mayores retornos que los que obtendría la
burocracia estatal. En manos del Estado, a través de impuestos especiales,
corrupción, ineficiencia y objetivos políticos alejados de las necesidades
reales, los recursos no llegan a donde deben.
Recorramos nuestra ciudad
y veamos los hospitales de las comunidades, los colegios parroquiales, los
clubes de barrio y las múltiples obras de beneficencia que se generaron por
aportes e iniciativas privadas. Sin ir muy lejos, están a la vista los aportes
de la familia Pérez Companc, entre otros. Y así ocurre en el mundo con las
fundaciones Ford, Rockefeller, Carnegie, Bill and Melinda Gates, Mark
Zuckerberg y, por suerte, tantas otras.
En nuestros días, vemos
una nueva ola de riqueza generada por la inteligencia artificial. Los dueños de
esta nueva riqueza —como la Fundación OpenAI, Anthropic, sus accionistas y
empleados, más algunos otros— han comprometido donaciones por 430.000 millones
de dólares, parte de las cuales ya se están haciendo efectivas. El conjunto de
ciudadanos estadounidenses donó en 2025 unos 394.000 millones de dólares, una
cifra que equivale al 60 % del PBI argentino, como para tener una idea de la
magnitud de los valores.
Para que estas donaciones
existan deben coincidir varios factores. El Estado no debe extraer riqueza vía
impuestos para redistribuirla, sino que esta debe quedar en manos de los
privados; debe haber una población generosa, pero, por sobre todas las cosas,
debe haber riqueza, ricos, gente con excedentes, inversiones, inventos,
emprendedores, seguridad jurídica, libre comercio y defensa de la propiedad
privada, entre otros pilares.
El dilema argentino: Más Estado, más
pobreza
¿Y cómo es el caso de
Argentina? Argentina aumentó el gasto público en los últimos 20 años en
aproximadamente un 15 % del PBI, quitando esa riqueza del sector privado para
redistribuirla. Y los pobres, en ese período, se triplicaron. La economía dejó
de crecer, no se generaron inversiones ni inventos ni riqueza, y se cerró la
economía para beneficiar a los amigos del poder. La inflación explotó y se
instaló una cultura del no esfuerzo, del no trabajo, de derechos que no
corresponden y de una lucha permanente por el reparto de una torta que no
crece.
Aparecen en estos días
dudas sobre el nuevo modelo de país propuesto: se dice que los sueldos no
alcanzan, que el consumo no se reactiva, que los préstamos no pueden devolverse
y que las inversiones están muy concentradas en algunos sectores. Todo es muy
cierto, pero no pueden hacerse milagros. Qué lindo sería poder dar vuelta en
sólo 3 años políticas públicas ruinosas aplicadas durante 80 años. Sería
maravilloso, pero no es posible. También una gran parte de las reformas y
propuestas son resistidas por los grupos concentrados de poder de siempre, y
muchos beneficios potenciales quedan licuados o postergados.
Hoy más que nunca debemos
volver a pensar qué modelo de país queremos: si queremos volver al pasado o
seguir intentando un cambio profundo que requiere perseverancia, paciencia y,
sobre todo, el apoyo y el compromiso de cada uno de nosotros. Yo, por mi lado,
deseo un país con muchísimos ricos, de emprendedores e inventores, donde
podamos quedarnos con el fruto de nuestro trabajo y apoyar directamente a
aquellas personas e instituciones que puedan hacer una diferencia positiva en
la sociedad. Nos merecemos esta oportunidad.
Publicado en La Nación.