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Cuando la inteligencia artificial empieza a decidir por nosotros

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.



La inteligencia artificial (IA) nos obliga a replantearnos qué significa decidir por nosotros mismos: ¿seguimos decidiendo cuando una parte creciente de nuestra actividad intelectual puede ser delegada en herramientas capaces de sugerir, seleccionar, anticipar y optimizar? La cuestión no reside tanto en que determinadas tareas humanas sean sustituidas, sino en que la intervención de estas tecnologías pueda modificar las condiciones en las que se forman nuestros deseos, nuestros fines y nuestra capacidad de elegir una vía de acción.

Elegir no consiste simplemente en seleccionar una alternativa entre varias que ya están disponibles. Antes de elegir, debemos interpretar una situación, imaginar posibilidades, establecer fines y descubrir medios para alcanzarlos. La libertad depende, en buena medida, de conservar la capacidad de reconocer las influencias que recibimos, someterlas a reflexión y determinar qué lugar ocupan en nuestras propias decisiones.

La IA no es la primera tecnología que condiciona nuestra manera de pensar, pero sí puede intervenir de forma extraordinariamente directa en las operaciones mediante las cuales pensamos.

En este sentido, la IA puede influir en nuestra libertad incluso sin imponernos una decisión: basta con que determine progresivamente qué problemas consideramos relevantes, qué alternativas llegamos a contemplar y qué soluciones nos parecen razonables. Cuando la IA deja de ser un instrumento ocasional y comienza a incorporarse al propio proceso mediante el cual pensamos, aquello que antes realizábamos personalmente —buscar, comparar, recordar, argumentar, imaginar o verificar— empieza a ser realizado por ella. El problema no está en delegar una operación concreta, sino en que esas tareas tan humanas dejen de requerir nuestra intervención directa: ¿qué nos pasa cuando dejamos que la IA haga determinadas cosas por nosotros? ¿Qué capacidades queremos conservar precisamente porque constituyen las condiciones de nuestra autonomía?

Un estudiante puede utilizar una IA para cuestionar su propia tesis, descubrir objeciones y ampliar su investigación. En ese caso, la herramienta funciona como apoyo y puede aumentar su capacidad posterior de razonar por sí mismo. Pero si la IA formula la tesis, construye los argumentos, redacta las conclusiones y evalúa el resultado, el estudiante puede obtener un producto mejor sin haber desarrollado las capacidades necesarias para producirlo por sí mismo. La tecnología puede mejorar lo que hacemos hoy a costa de debilitar nuestra capacidad para hacerlo mañana sin su ayuda.

La dependencia puede reforzarse a sí misma: cuanto más delegamos una capacidad, menos la ejercitamos; cuanto menos la ejercitamos, más difícil resulta utilizarla y más atractivo se vuelve delegarla. Puede generarse así un proceso acumulativo en el que nadie decide explícitamente renunciar a su autonomía y, sin embargo, esta se debilita.

Cuanto mejor sea la IA, más difícil puede resultar cuestionarla. Si una herramienta se equivoca con frecuencia, aprendemos a desconfiar de ella. Pero si acierta habitualmente, podemos desarrollar una dependencia mucho más profunda precisamente porque sus recomendaciones son útiles.

Ahora bien, sería un error que esta preocupación por nuestra autonomía nos hiciera perder de vista la otra cara de la revolución tecnológica actual.

La IA no solo puede sustituir determinadas operaciones intelectuales: también puede ampliar de forma extraordinaria la capacidad de la humanidad para descubrir soluciones que hasta ahora estaban fuera de nuestro alcance. En medicina, los modelos de IA ya permiten analizar grandes cantidades de información molecular, identificar posibles dianas terapéuticas, diseñar proteínas y seleccionar candidatos para nuevos tratamientos; en oncología, esta capacidad está contribuyendo al desarrollo de vacunas y terapias personalizadas basadas en las características genéticas de cada tumor. El mismo principio puede extenderse al descubrimiento de nuevos antibióticos, a la prevención de pandemias y al tratamiento de enfermedades que hoy consideramos incurables.

La importancia de esta transformación no reside únicamente en que una tecnología pueda encontrar más rápidamente una respuesta conocida, sino en que puede explorar espacios de posibilidades demasiado vastos para ser examinados por investigadores humanos uno por uno. La IA puede convertirse así en un instrumento para ampliar el territorio mismo de lo que somos capaces de descubrir.

Y esta transformación apenas ha comenzado. La combinación de inteligencia artificial con simulación, robótica y laboratorios automatizados puede crear un ciclo continuo en el que una tecnología formule hipótesis, diseñe un experimento, analice sus resultados y genere nuevas hipótesis. El mismo paradigma que permite buscar tratamientos contra el cáncer puede aplicarse al descubrimiento de nuevos materiales para baterías, sistemas energéticos más eficientes, tecnologías de desalación, catalizadores, cultivos resistentes a la sequía o soluciones para reducir las emisiones de carbono.

Si esta convergencia alcanza la madurez esperada, durante las próximas décadas la humanidad podría disponer de una capacidad de investigación científica muy superior a la actual: no simplemente máquinas que conocen lo que nosotros ya hemos descubierto, sino sistemas capaces de ayudarnos a explorar sistemáticamente aquello que todavía no conocemos. La IA podría convertirse, en este sentido, en una especie de multiplicador de la capacidad de descubrimiento de la civilización, precisamente en un momento en que los problemas que debemos resolver —enfermedades, energía, agua, alimentación y nuevas amenazas biológicas— son demasiado complejos para ser abordados mediante la capacidad intelectual humana aislada.

Este nuevo escenario interpela especialmente la idea misma del descubrimiento empresarial. Si una oportunidad no ha sido todavía percibida, descubrirla no consiste simplemente en extraer información de los datos disponibles. El empresario no siempre elige entre alternativas conocidas ni optimiza una función previamente definida: puede descubrir que existe una posibilidad que nadie había considerado, crear un producto que antes no existía o modificar incluso los fines que los consumidores perseguían. La cuestión decisiva para la IA no es, por tanto, solamente cuánto puede procesar, sino si puede encontrar oportunidades que ningún empresario había percibido hasta entonces.

De ahí surge una paradoja. Cuanto más poderosa sea la IA, más información podrá procesar y más complejas serán las estructuras que podrá descubrir; pero esa misma complejidad puede hacer más difícil determinar qué parte de sus resultados comprendemos realmente. Podríamos disponer de mejores predicciones sin poseer una explicación humana equivalente. La pregunta ya no sería solamente si la máquina sabe más, sino qué significa «saber» cuando el conocimiento producido no puede ser plenamente traducido a nuestras categorías de comprensión.

Esto afecta directamente a la innovación. Innovar no consiste únicamente en optimizar soluciones existentes. Surge también del error, de la experimentación, de la curiosidad, de la intuición, de la incertidumbre y de la combinación inesperada de ideas. Una IA orientada a proporcionar rápidamente la respuesta más probable puede ser extraordinariamente eficaz para explorar lo conocido, pero existe el riesgo de que nuestra actividad intelectual se concentre cada vez más en aquello que el sistema ya sabe reconocer como relevante. Un investigador que pregunte continuamente a una IA cuáles son los problemas importantes puede terminar investigando aquello que ya ha sido identificado como importante.

Un emprendedor que solicite la oportunidad de negocio óptima puede acabar compitiendo por las mismas oportunidades detectadas por todos los demás. Un creador que pida siempre la alternativa más eficaz puede producir algo técnicamente superior y, al mismo tiempo, menos inesperado. El peligro no reside en que la máquina nos obligue a pensar de una determinada manera, sino en que terminemos pensando solamente dentro del espacio de posibilidades que la máquina nos ofrece.

Pero existe una segunda cuestión, todavía más crítica. Si en el futuro se alcanzara una inteligencia capaz de mejorar recursivamente sus propias capacidades, el problema dejaría de limitarse a la autonomía individual. Una aceleración muy rápida hacia sistemas radicalmente superiores a la inteligencia humana podría hacer mucho más difícil verificar que sus objetivos permanecen alineados con los intereses humanos y con principios éticos fundamentales.

Una pérdida de alineación podría convertirse en una pérdida de control y, en el extremo, en un riesgo existencial. No sabemos si ese escenario se producirá ni cuándo, pero precisamente la posibilidad de que el desarrollo tecnológico avance más deprisa que nuestra capacidad de comprenderlo obliga a considerar la seguridad como una condición previa y no como una corrección posterior. De ahí la importancia de establecer mecanismos verificables de seguridad, supervisión independiente y coordinación internacional, procurando que su desarrollo permanezca al margen de una intervención estatal, tanto directa como indirecta, que, por sus incentivos políticos y burocráticos, podría dificultar tanto la innovación como la adopción de las medidas necesarias para garantizar la seguridad de estos sistemas.

Hay, no obstante, un elemento que matiza este riesgo: no existe una única IA, sino varios modelos y laboratorios que compiten por ofrecer mejores capacidades y nuevas aplicaciones. Esa competencia puede favorecer la pluralidad y ofrecer a los usuarios alternativas que comparar. Pero competir en la frontera de la IA requiere enormes inversiones en cómputo, datos e infraestructura, lo que concentra su desarrollo en un número reducido de grandes organizaciones. La IA puede ser, por tanto, competitiva y estar al mismo tiempo altamente concentrada. Para la autonomía, la cuestión será si esa competencia mantiene alternativas reales entre las que los usuarios puedan elegir.

El objetivo no tendría que ser detener la innovación, sino impedir que la competencia por desarrollar primero sistemas cada vez más poderosos elimine los incentivos para comprobar que aquello que estamos construyendo sigue siendo controlable y compatible con la supervivencia humana.

Ahora bien, ninguna regulación externa puede sustituir completamente la autonomía humana. Incluso una IA perfectamente segura no resolvería el problema de fondo si los seres humanos dejamos progresivamente de investigar, experimentar, equivocarnos y decidir.

La cuestión esencial no es conseguir que las máquinas hagan cada vez más cosas por nosotros, sino determinar qué capacidades queremos conservar precisamente porque constituyen nuestra condición de agentes libres. Delegar una operación cognitiva no equivale necesariamente a perder autonomía. En consecuencia, preservar la autonomía no exige rechazar la IA. Exige conservar la posibilidad de utilizarla sin depender de ella: saber investigar sin ella, formular una hipótesis, escribir y equivocarse sin ella y, sobre todo, decidir contra su recomendación cuando nuestra propia deliberación lo considere necesario. Una herramienta es verdaderamente emancipadora cuando amplía nuestro campo de acción sin convertirse en la condición de posibilidad de nuestra acción.

La pregunta decisiva, entonces, no es cuánto de la inteligencia humana puede ser sustituido por la inteligencia artificial. Es qué parte de la experiencia humana estamos dispuestos a dejar de vivir a cambio de esa sustitución. Porque descubrir, crear, experimentar y elegir no son simples tareas que puedan medirse por su eficiencia: son precisamente las actividades mediante las cuales una persona se convierte en autora de su propia vida.

Reflexionar sobre la autonomía individual no significa imaginar a un individuo que decide al margen de toda influencia. Desde que nacemos, nuestras decisiones están condicionadas por la familia, la cultura, la educación, la religión, el entorno social y las experiencias que hemos vivido. Nadie elige desde cero los valores con los que interpreta el mundo ni las posibilidades que aprende a considerar. La autonomía no consiste, por tanto, en decidir sin influencias, sino en conservar la capacidad de reconocerlas, cuestionarlas y decidir qué lugar ocupan en nuestras propias decisiones. En este sentido, la IA no sería una influencia radicalmente distinta de las que ya han acompañado siempre al ser humano: la diferencia está en su capacidad para intervenir de forma continua en aquello que pensamos, en las opciones que consideramos y en las razones que utilizamos para decidir. Ha llegado para quedarse, como antes lo hicieron otras tecnologías, la cultura, la educación o los medios de comunicación; la cuestión no es si influirá en nosotros, sino si podremos seguir siendo capaces de decidir qué hacemos con esa influencia.

Y quizá haya una última forma, algo más incómoda, de comprobar hasta qué punto esta autonomía sigue siendo posible: preguntarnos qué ha ocurrido con este propio artículo.

Ha sido escrito en estrecha colaboración con una IA. No se trata de una confesión destinada a restarle mérito al texto, sino, casi al contrario, de convertir el propio artículo en un pequeño experimento de la tesis que plantea. He utilizado la IA para discutir ideas, formular objeciones, detectar inconsistencias, explorar argumentos y someter algunas de mis intuiciones a contraste. Es decir, he hecho exactamente aquello que aquí propongo que hagamos con ella: utilizarla como interlocutora y herramienta de verificación, sin entregarle la decisión final sobre lo que merece ser pensado o defendido.

La ironía es que un artículo que advierte del riesgo de delegar nuestra capacidad de pensar ha sido ayudado a pensar por una máquina. Y quizá ahí resida precisamente la lección: la paradoja no consiste en utilizar la IA para pensar, sino en dejar de pensar porque la IA puede hacerlo. Este texto no pretende demostrar que podamos prescindir de ella, sino comprobar si somos capaces de utilizarla sin prescindir de nosotros mismos.

La prueba, naturalmente, tiene algo de paradójico: incluso para defender nuestra autonomía frente a la IA, he necesitado preguntarle a una IA cómo hacerlo.




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