Más que una
conferencia, este encuentro es para mí un honor y una oportunidad muy agradable
para exponer algunas reflexiones sobre un tema que por otra parte ustedes
conocen bien, o sea sobre la orientación político-cultural del Gobierno
italiano actual.
Dicho Gobierno
está compuesto por tres agrupaciones políticas, tres partidos: Fratelli
d’Italia, Forza Italia y Lega, que representan hoy, respectivamente, cerca del
30%, el 8% y el 7% de los votos de la ciudadanía italiana, y que reflejan,
respectivamente: el alma nacional del conservadurismo liberal, la del
liberalismo económico (que en Italia llamamos liberismo, un término más
específico que liberalismo) y el alma autonomista, las cuales constituyen,
juntas, la identidad del centroderecha italiano. En el plano cultural, más
específicamente, en estos tres partidos se encuentran de algun modo
representadas la tradición católica y sus raíces religiosas, la del liberalismo
clásico laico, la del conservadurismo italiano y europeo, la de la unidad de la
nación y, sin contradicción, la del federalismo como modelo de cultura política
antes aun que como forma de gobierno.
El 4 de
septiembre, el presente Gobierno se convertirá en el más longevo de la
República italiana: 1412 días, o sea cuatro años de ejercicio ininterrumpido
del poder ejecutivo, conducido por el primer Presidente del Consejo mujer,
Giorgia Meloni, quien no solamente condensa en su persona las cualidades
estratégicas y de visión global de un extraordinario leader político, sino que
además encarna la más alta expresión de esa honestidad y ese espíritu de
servicio, es decir de servidor del Estado y la nación, que todo leader político
debería poseer.
Dos palabras más
sobre el Presidente Meloni son necesarias: su formación política es de derecha,
pero sus raíces culturales son más amplias respecto del perímetro de la derecha
política; tan es así que ella ha logrado insertar en el contexto de la derecha
tradicional fundamentos teóricos liberales, y por otro lado, ha logrado
introducir en la esfera de lo que podríamos llamar la galaxia
post-democristiana, o post pentapartido, algunos principios fundantes
característicos de la derecha, el principal de los cuales es el de la identidad
nacional.
Meloni, por
primera vez en nuestra historia republicana, ha puesto en valor plena y
efectivamente la identidad italiana. Claro, es cierto que también la Democracia
Cristiana, en los largos decenios de sus varios gobiernos, defendió los
intereses de Italia (no olvidemos que durante cuarenta años Italia estuvo en
primera línea en la guerra fría); y es cierto que también el Partido Socialista
de Bettino Craxi defendió concretamente los intereses nacionales; también el
exPresidente de la República Carlo Azeglio Ciampi ha sido un gran defensor y
promotor de la italianidad. Pero es igual de cierto que sólo Giorgia Meloni, y
ya desde muchos años antes de asumir como Presidente del Consejo (o Primer
Ministro), se hizo promotora del sentido de la nación y del patriotismo, en la
dimensión cultural y espiritual además que en la política (me refiero a la
dimensión cultural profunda; cuando decimos ámbito cultural en Italia aludimos
a un plano que no se confunde con el del espectáculo). Todas las personalidades
políticas y todos los observadores, italianos y extranjeros, le reconocen hoy
este esmero. Los aliados lo consideran un mérito, los adversarios lo critican,
pero nadie a esta altura niega que Giorgia Meloni haya conjugado en un nivel de
síntesis superior el carácter espiritual-cultural de la italianidad con el
concreto accionar de la actividad política y legislativa, nacional e
internacional. También desde el punto de vista linguístico y de léxico, Meloni
ha instituido una novedad digamos de dignidad italiana: Italia no es solamente
un País; es una Nación.
La cuestión de la
identidad ha estado y está permanentemente en el núcleo central del trabajo
político de la Presidente Meloni y de su partido, Fratelli d’Italia, como de
manera emblemática muestra el documento programático de su primer congreso
nacional del 2017, titulado Le Tesi di Trieste, el cual presenta una “filosofía
de la identidad” que se entrelaza con la acción política, con la mirada puesta
en un patriotismo efectivo, auténticamente vivido, también en la praxis, y no
simplemente declamado.
A la centralidad
de esta perspectiva identitaria se han ido acercando sucesivamente también los
partidos de Forza Italia y Lega, después de haber tenido su eje puesto,
principalmente, en la instancia de la libertad (FI) y de la autonomía regional
o federalismo (Lega). Esta es la razón por
la que, legítimamente, se puede decir que el Presidente Meloni representa la
síntesis político-cultural del centroderecha italiano y que el partido Fratelli
d’Italia constituye el baricentro, también en términos numéricos, de la mayoría
parlamentaria italiana, sin con ello subestimar ni de un ápice la importancia y
la calidad de las otras dos fuerza de gobierno.
La identidad
nacional italiana —como ustedes, representantes sobresalientes de Italia en el
mundo, saben perfectamente— es plural y se estratifica a lo largo de casi dos
milenios de historia; creada y compuesta por muchas identidades peculiares, de
tipo cultural y polítco, geográfco y étnico, e incluso lingüístico. En la idea
de patriotismo desarrollada por el centroderecha italiano dicha identidad
nacional resulta custodiada en su totalidad, toda entera, con todas sus
articulaciones internas, salvaguardando las diferencias incluso de carácter
político, o sea respetando las varias tonalidades políticas que la han ido
determinando en el curso de los siglos.
Este patriotismo
italiano, que es por tanto único e inclusivo, es sin embargo afirmado y
practicado prevalentemente por el centroderecha, el cual posee por otro lado
una identidad propia que se inscribe plenamente en la identidad italiana general
como uno de sus componentes.
Si pasamos ahora
a enumerar las características principales de la identidad política y cultural
del centroderecha, y por ende del Gobierno italiano, vemos que el liberalismo
conservador, o invirtiendo los términos, el conservadurismo liberal, es el
horizonte conceptual de referencia, dentro del cual encontramos una serie de
elementos peculiares referidos a aspectos específicos.
Permítanme
delinear rápidamente el horizonte para detenerme luego, también brevemente, en
los aspectos más de detalle.
En el paradigma
del liberalconservadurismo se han unido y armonizado dos líneas del pensamiento
político moderno, que hasta hace algún tiempo dialogaban, sí, pero viajaban
sobre rieles diferentes y convergían sólo en contadas ocasiones. Actualmente,
con las nuevas y muy instables (y muy amenazantes) configuraciones globales,
con la crisis de valores que impregna el mundo occidental, con la creciente
contraposición entre principios morales e invasividad de la técnica (el caso de
la así llamada inteligencia artificial es sintomático de esa separación entre
ética y técnica), con la globalización que pone en riesgo la existencia misma
de las naciones, con el empuje hacia una economía puramente financiera, el
centroderecha italiano ha considerado necesario soldar el paradigma del
liberalismo clásico con el del conservadurismo moderno, para proteger a la
economía real de la burbuja financiera, para garantizar tanto la libertad
individual como la autoridad de la tradición, y también para salvaguardar el
valor y la dignidad de la persona, de todas las personas que conviven en un
Estado y que se reconocen como parte de una nación.
A partir de esta
visión socio-cultural general, describiré sintéticamente la postura del
Gobierno y, en especial, de la Presidente del Consejo o Primer Ministro.
Por lo que se
refiere a la colocación internacional, el cometido de fondo apunta a la unidad
de Occidente, que el Gobierno considera hoy como el valor primario a conservar,
no solamente a nivel geopolítico, sino también a nivel histórico-cultural. Pero
la unidad de Occidente puede mantenerse unicamente si sus dos polos principales
(Europa y Estados Unidos) están en sintonía. Actualmente tal unidad se
encuentra un tanto resquebrajada. Para ser claros: la administración Trump,
apostando legítimamente a lo que considera como el interés nacional
estadounidense, ha activado hacia Europa una política que, usando un oxímoro,
yo defino amigablemente agresiva: aranceles absurdos, decisiones
económico-financieras manifiestamente hostiles a la Unión Europea, advertencias
(o amenazas) de reducción del despliegue militar estadounidense en los países
europeos, con una consiguiente dramática debilitación de la OTAN, y además
polémicas estériles, impertinencias verbales contra muchos líderes europeos,
insultos al Papa León XIV (que ha respondido con calma y autoridad ejemplares),
gestos de prepotencia que llegaron incluso a afectar a la Presidente Meloni,
quien fue objeto de repetidas insolencias personales y políticas totalmente injustificadas
que, además, ofendieron la dignidad de Italia (de hecho, el Primer Ministro
recibió la solidaridad de todas las fuerzas políticas parlamentarias italianas,
sin excepción). La lista de perjuicios causados por decisiones trumpianas, que
—y esto lo digo desde mi opinión personal— considero esquizofrénicas y
antioccidentales, es larga, y me detengo aquí. Solamente subrayo que una Europa
débil será un daño también para Estados Unidos a mediano plazo, y una OTAN que
no ejerza la necesaria acción disuasoria frente una potencia agresiva y
amenazante como la Rusia de Putin se convertirá en un tigre de papel que no
logrará impedir que Rusia invada otras partes del territorio europeo.
Y ya que hablamos
de Rusia, permítanme incluir un inciso de carácter político-cultural. Los
liberalconservadores italianos consideran el anticomunismo como un pilar
fundamental de su propia visión, una frontera infranqueable. Y dado que
consideramos que el comunismo, en todas sus formas y variantes, es un mal
—también moral—, es decir, lo que mi amigo Vladimir Bukovsky definió como «un
cáncer maligno en el cuerpo de la humanidad», intentamos detectar sus rastros y
descifrar sus señales en cualquier ámbito. He aquí un ejemplo personal de la
aplicación de este esquema, en el ámbito de la geopolítica: considero que el
régimen ruso de Putin es la continuación, más o menos encubierta, del régimen
soviético y, por lo tanto, la toma de distancia con Rusia no se debe únicamente
al hecho de que sea un Estado invasor de Ucrania (y amenazador de Europa), sino
también a que es un Estado neosoviético.
Con respecto a la
administración Trump, la línea del Presidente Meloni y del Gobierno es: no
contestamos más a ulteriores eventuales faltas de respeto de parte trumpiana,
tanto porque así demostramos que para nosotros la unidad de Occidente es un
valor auténtico, como porque distinguimos entre el gobierno político y el
pueblo estadounidense, entre la administración y la nación; y de su pueblo y de
la nación somos amigos más allá de los diferentes gobiernos pro tempore.
Consideramos que
la reciente movida militar americana contra Irán no sólo está fuera de la
legalidad internacional sino que además está equivocada desde el punto de vista
político y es perjudicial desde el económico en general. Con Israel tenemos una
amistad larga e indestructible, pero entre amigos es posible también alguna vez
ejercer la crítica, cuando uno considera que el otro se está equivocando.
Pensamos que una presencia fuerte de la ONU en Líbano es necesaria, como ha
repetido recientemente el Ministro de Exteriores Antonio Tajani, y pensamos que
fortalecer el Gobierno libanés es útil también para debilitar y, como sería
deseable, neutralizar a Hezbollah, y que por ende eso es útil también para
Israel.
La lista de las
iniciativas de política exterior es extensa y seguramente conocida por todos
ustedes. Me limito a señalar que en Palazzo Chigi, la Presidente Meloni ha
recibido hasta hoy a más de doscientas personalidades, entre jefes de Estado,
jefes de Gobierno y representantes de organismos internacionales.
Una temática de
suma importancia para este Gobierno —la cual se ubica tanto en el sector de la
política internacional como en el del interés nacional—, consiste en la
atención —o mejor aun: el afecto— por los italianos que viven en el exterior,
por lo que podemos definir esa Italia espiritual fuera de la Italia geográfica.
Disponemos de muchos instrumentos legislativos a través de los cuales dicha
atención se desarrolla; algunos de ellos quedan aún por perfeccionar, otros, más
discutibles, quedan por reformar, pero la esencia afectiva que liga al
centroderecha con nuestros compatriotas en el exterior es indiscutible y, a mi
manera de ver, ha tenido, a lo largo de los años, efectos positivos tangibles.
Otro tema: la
relación con la Unión Europea, del centroderecha italiano, que es justamente
crítico toda vez que se trate de denunciar la involución burocrática y la
centralización de las decisiones, se ha vuelto más estrecha y constructiva
desde hace algunos años, desde cuando la coherencia geopolítica, las propuestas
concretas y la autoridad (en italiano diríamos aquí autorevolezza) de la
leadership de la Presidente Meloni han sido apreciadas y a veces adoptadas por
la Presidente de la Comisión Ursula von der Leyen. Este acercamiento se tradujo
en una nueva actitud por parte de la Comisión y del Parlamento sobre algunos de
los temas candentes que el Gobierno Meloni ha puesto en primer plano en el
escenario europeo: seguridad e inmigración, apoyo a la industria tradicional
paralelamente a un green deal no ideológico, apoyo inclaudicable a Ucrania en
la guerra de resistencia ante la invasión por parte de Rusia, defensa de la
OTAN y afirmación de la unidad de Occidente. En algunas ocasiones, la “mayoría
Ursula” (o sea esa mayoría en el Parlamento Europeo que toma efectivamente el
nombre de la Presidente de la Comisión) se ha vuelto una “mayoría Giorgia”,
como se ha podido apreciar en la reciente crisis causada por la inmigración
clandestina masiva en el enclave español de Ceuta, en cuyo contexto la
Presidente Meloni junto con la Premier danesa Mette Frederiksen han logrado la
adhesión de 22 Estados europeos sobre un documento orientado a endurecer las
normas sobre inmigración y repatriación de inmigrantes ilegales.
En el campo de la
economía, aun afirmando el liberismo, o sea el liberalismo económico en el
sentido del libre mercado y de la libertad de empresa, consideramos que el
mercado, en sus aspectos más problemáticos como —sobre todo— las actividades
financieras, debe verse acompañado por la política y por lo tanto,
concretamente, por la acción del Estado. No es casual que la visión económica
del Gobierno sea muy afín al modelo, experimentado con éxito desde hace ochenta
años en Alemania, de la economía social de mercado, la soziale Marktwirtschaft,
en la cual la economía de mercado se armoniza con la Doctrina social de la
Iglesia (me refiero sobre todo al papa León XIII y Juan Pablo II).
Hay economistas,
más dogmáticos y con una formación histórico-cultural más limitada, que piensan
que la economía social de mercado sea socialismo; absolutamente no: la economía
social de mercado es liberalismo, es una de las grandes ideas de Konrad
Adenauer y Alcide De Gasperi, es la vía europea hacia el liberalismo económico,
hacia la dignidad de las personas, y hacia la prosperidad de Europa después de
1945.
En la versión
italiana de dicho modelo alemán conviven y prosperan tendencias diversas pero
compatibles: liberalización de las empresas; libertad de iniciativa; puesta en
valor del know how en todos los sectores y niveles: del manager al técnico, del
artesano al obrero; colaboración entre empresarios y empleados, con pleno
respeto de ambas diferentes posiciones; socorro del Estado allí donde y cuando
sea necesario para la estabilidad social y la salvaguardia de la dignidad de
las personas (un ejemplo de este tipo de socorro es el instituto de la Cassa
integrazione o fondo estatal de compensación temporaria de salarios para
empresas en crisis); el Estato ayuda a las empresas en crisis, obviamente aquellas
que son potencialmente sanas, por razones evidentes: para mantener el nivel de
ocupación, para apoyar a las familias, para favorecer la estabilidad social,
para defender la producción industrial y artesanal, y a la postre también para
conservar los ingresos al Estado mismo, esos ingresos que se necesitan para
mantener los servicios al ciudadano, para el mantenimiento del welfare o
bienestar general, el cual va desde la salud pública (que aun con tantas
falencias constituye un orgullo nacional que este Gobierno desea acrecentar
también gracias al apoyo fundamental de las Regioni —lo que en Argentina serían
las Provincias—) hasta la seguridad (carabineros y policía), desde los gastos
para defensa hasta los servicios públicos, desde la protección del patrimonio
artístico, museos y monumentos, hasta la protección del medioambiente (en este
sentido es interesante la historia de la Protezione Civile italiana, que se
remonta al 1976, o sea a la época de los auxilios y reconstrucción tras el
terremoto del Friuli, cuando el entonces subsecretario Zamberletti instituyó
este benemérito —e inevitablemente costoso— organismo estatal); desde el
mantenimiento y modernización de la red ferroviaria y de rutas (en tal sentido
el Ministro de Infraestructuras y Transportes Matteo Salvini está haciendo
loables esfuerzos) hasta la valorización de las excelencias nacionales (el
justamente famoso made in Italy) con inversiones conspicuas por parte del
Estado y de las Regiones.
Nuestro
liberalconservadurismo implica entonces: innovación (o sea plena libertad del
ingenio) y conservación de la tradición empresarial italiana. Y en qué consiste
esta tradición nuestra? En la industria, en el talento empresario de los
grandes industriales y de los pequeños y medianos emprendedores, en la cultura
artesana de todo tipo y entidad, en los distritos industriales y artesanales,
en los cuales se desarrollan las cadenas productivas (que llamamos filiere) de
numerosos productos, sobre todo de alta gama o alta calidad. Se trata de
conjugar innovación y tradición, con el objetivo de una constante y cada vez
más avanzada industrialización, para conservar y acrecentar toda la mejor
tradición industrial y artesanal italiana.
Por lo que se
refiere a la esfera social, el desarrollo de talentos individuales es funcional
al crecimiento también de la sociedad en su conjunto, y al fortalecimiento de
la conciencia de los ciudadanos hacia la solidaridad y la cohesión
interindividual. El liberalconservadurismo italiano concibe una sociedad en la
cual libertad y justicia se puedan armonizar en pos del objetivo de formar un
pueblo consciente y una nación soberana.
Asimismo,
queremos conservar y valorizar nuestra tradición artística y cultural, pero
puesto que no logramos financiarla meramente con los ingresos que provienen del
turismo, y no consideramos responsable entregar la carga de dicho patrimonio a
privados, es por ende necesario recurrir a la intervención estatal (y de las
instituciones locales). Pero para que el Estado pueda hacerse cargo de esta
inversión que es enorme, debe recaudar y prosperar; y por ello sólo un Estado
próspero puede cumplir con las exigencias que nuestra visión
liberalconservadora desea satisfacer: no es solamente el patrimonio artístico y
cultural lo que queremos conservar, sino también la identidad sociocultural que
se ha ido formando a lo largo de muchos siglos. Las tradiciones se forman y se
mantienen vivas gracias a la acción de las personas de carne y hueso, gracias a
todas las personas que componen al pueblo italiano, y por lo tanto nos
abocamos, en la medida de lo posible, a que las personas, o sea la totalidad de
los ciudadanos, posean la deseable dignidad no sólo formal sino también
material. El gobierno liberalconservador italiano quiere que nadie quede
rezagado, porque la unidad de la nación se consigue sólo con la unidad de los
italianos, dentro y fuera de su territorio; y la unidad de los italianos es un
valor pluralista, que debe ser preservado valorizando tanto las diferencias de
ideas como la pluralidad de estratos y clases sociales, que deben verse unidos
sin desequilbrios en el patriotismo del que el Gobierno italiano es portavoz y
promotor.
El Estado es, por
tanto, fundamental. Por supuesto, la
política debe evitar los excesos burocráticos y controlar la rectitud de la
gestión administrativa, para que el Estado siga siendo un instrumento y no se
convierta en un déspota. El Estado no debe fagocitar a la nación, pues de lo
contrario asumiría un poder absoluto, pero su función es imprescindible y
constituye el marco normativo al que se remiten todas las estructuras de una
nación. El Estado debe ser conducido con sabiduría, porque la mera técnica
contable o administrativa es, por su propia naturaleza, autorreferencial y, por
lo tanto, ciega.
Somos
antiestatistas (antistatalisti, lo digo en italiano) en el sentido de que nos
oponemos a cualquier forma de abuso del Estado sobre las personas y sobre la
libertad de iniciativa, pero no somos antiestado. Es interesante observar cómo
aquellos libertarios italianos, y no sólo italianos, que quieren destruir el
Estado, utilizan expresiones parecidas a las que empleaban (y emplean) todos
los movimientos marxistas-leninistas ortodoxos que teorizan sobre el
derrocamiento del Estado como vía para alcanzar el comunismo.
El Estado debe
estar al servicio de las personas y en defensa de su libertad, pero la libertad
personal sólo es genuina si se inscribe en el marco normativo del Estado; de lo
contrario, es anarquía. La libertad sin ley ni orden es fuente de abusos, y se convierte
en arbitrariedad. Y los liberalconservadores italianos quieren precisamente la
libertad individual en el marco de la ley y el orden, law and order. También la
libertad de iniciativa sólo puede ser plena y genuina en el marco de un Estado
autenticamente liberal que la respete y la fomente; de lo contrario, se
convierte en una guerra de todos contra todos. El Estado totalitario es enemigo
de la libertad y de la individualidad; un Estado liberal en cambio es garante
de la libertad individual. Defender el Estado no es sinónimo de estatismo, y lo
contrario del estatismo no es ni puede ser el anarquismo. El
liberalconservadurismo es la medida adecuada para la prosperidad en un orden de
garantías individuales que favorezca el crecimiento de una nación.
Otro aspecto de
la visión liberalconservadora consiste en el respeto y la salvaguardia del
equilibrio de poderes (autogobierno del poder judicial, separación entre el
poder ejecutivo y el legislativo, pluralismo informativo y respeto del valor
democrático de los medios de comunicación). Para nosotros, los poderes del
Estado deben ser autónomos e independientes. La independencia del poder
judicial con respecto a la política es un pilar fundamental de la democracia y
representa un valor constitucional que hay que salvaguardar independientemente
de las diferencias políticas. Y un valor institucional que también hay que
defender es la actuación del poder judicial contra la delincuencia organizada y
contra la corrupción a cualquier nivel (incluso político). No es casualidad
que, siendo una joven estudiante, Giorgia Meloni haya decidido dedicarse a la
política activa cuando, en 1992, la mafia asesinó al juez palermitano Paolo
Borsellino, quien fue, junto con el juez Giovanni Falcone, un mártir y un
ejemplo absoluto de servidor del Estado de derecho.
El
liberalconservadurismo italiano concibe la sociedad como una estructura
fundamental de la vida y del trabajo, pero sin —como sí ocurre en cambio en la
teoría marxista— convertirla en una esfera totalitaria que absorba todas las
demás estructuras, incluidos los individuos. Una política liberal-conservadora
se ocupa de la sociedad, de los problemas y de las dinámicas sociales de forma
auténtica, sin falsas ideologías ni cinismo, protegiendo los espacios de
libertad personal y colectiva, dialogando y respetando a los sectores, grupos y
organismos sociales (los sindicatos, el llamado «tercer sector», las
organizaciones de solidaridad y de protección de las personas vulnerables). Con
los sindicatos, en la medida en que éstos estén abiertos al diálogo y sean
intelectualmente honestos, la relación es franca y constructiva, en la búsqueda
del interés de la nación y nunca de un partido político. Un ejemplo: el
Presidente Meloni ha nombrado subsecretario con competencias en Asuntos Meridionales
al exsecretario de la CISL (el segundo sindicato italiano por número de
afiliados), Luigi Sbarra.
Un buen gobierno,
más allá obviamente de su propia perspectiva política, debe estar atento a toda
la nación y todos los ciudadanos; de lo contrario, no es democracia, sino
autocracia u oligarquía. Sólo un liberalismo dogmático y obtuso piensa que la
defensa de la propiedad y la libertad individuales es incompatible con la
protección del bien común. El interés nacional, dimensión operativa del patriotismo
que hemos descrito, sólo puede desarrollarse en la democracia y respetando sus
reglas; de lo contrario, no es más que el interés de algunos individuos o
grupos reducidos. Y, como enseñan Platón y Aristóteles, la oligarquía conduce a
la tiranía, y una democracia mal regulada conduce a la anarquía. Anarquía y
tiranía: dos caras diferentes, pero complementarias, de una misma amenaza para
la vida de los individuos y las naciones.
Desde un punto de
vista teórico, el liberalismo hacia la persona encuentra su plena expresión si
también se realiza el liberalismo en la economía; y el conservadurismo en los
valores —es decir, la conservación de la tradición— se realiza plenamente si
también se afirma la libertad personal de buscar nuevos caminos en todos los ámbitos
de la vida en la sociedad. Libertad y tradición, por lo tanto.
En este marco se
inscribe lo que considero el pilar fundamental en que se sustenta un gobierno
excelente, tanto desde el punto de vista operativo como espiritual: el
principio de subsidiariedad, ese principio poco conocido pero absolutamente
decisivo del “buen gobierno”, según el cual la institución de nivel superior
interviene únicamente cuando la entidad de nivel inferior —es decir, la más
pequeña— no es capaz de desempeñar esa tarea concreta. Esto significa que
existe una escala de intervención que va del Estado a la región, de la región
al municipio, de la administración municipal a la sociedad civil (es decir, a
las organizaciones de ciudadanos), basándose en el hecho de que se ve mejor lo
que está más cerca, se comprende mejor lo que nos concierne más directamente y,
por lo tanto, los problemas pueden resolverse con un resultado tanto mejor
cuanto más de cerca se los mire.
La subsidiariedad
también se expresa, en un sentido diferente pero con el mismo criterio, en el
amparo del Estado a las actividades de los ciudadanos. En pocas palabras: el
mayor ayuda al menor, el más fuerte ayuda al más débil, el mejor equipado ayuda
al menos preparado. Platón estaría orgulloso de reconocer en el principio de
subsidiariedad una presencia, aunque sea esfumada, de su propio pensamiento
político. En efecto, la subsidiariedad es una forma de virtud política.
Subsidiariedad también implica solidaridad, apoyo mutuo y mutuo respeto, lo
cual contribuye no sólo al bienestar de los ciudadanos, sino también a la
solidez (solidità, en italiano) de toda la nación. La subsidiariedad es la
forma más completa y eficaz de la ética política cristiana. En el principio de
subsidiariedad se unen la política y la ética, y un Estado que aplique de la
mejor manera este principio será un Estado virtuoso, tal y como propiciaba
Platón.