Defendiendo la
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Desenmascarando al estatista

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.

En los tiempos que corren, el estatista rara vez se presenta de forma frontal y dice: «Creo que corresponde al Estado decidirlo». Es mucho más sutil. Su sesgo se filtra en las preguntas que formula, en las categorías con las que interpreta la realidad y, sobre todo, en aquello que da por sentado antes de que el debate siquiera comience. Muchas veces, la verdadera carga ideológica no está en la respuesta, sino en la pregunta que se decide plantear.

Después del fracaso rotundo del modelo estatista que durante décadas hundió a la Argentina en la inflación, la pobreza y el estancamiento, pocos se atreven ya a defenderlo abiertamente. Pero dejar de reivindicar una etiqueta no significa abandonar una convicción.

El estatismo puede sobrevivir disfrazado de preocupación social, defensa del empleo, protección de sectores vulnerables o cualquier otra causa que vuelva a colocar al Estado como respuesta inevitable. Así, convierte los costos de abandonar sus propias recetas en argumentos para volver a ellas.

Cuando pregunta dónde está y cuándo se producirá el «derrame», quiénes son los «ganadores» y los «perdedores» de un modelo económico, qué sectores productivos y empresas deben ser socorridos ante la posibilidad de desaparecer o qué trabajadores deben ser protegidos ante la posibilidad de perder su empleo, parece estar planteando interrogantes técnicos. Pero muchas de esas preguntas ya contienen una respuesta implícita: que la riqueza debe ser redistribuida, que las actividades amenazadas deben ser protegidas y que, allí donde aparece una necesidad «social», necesariamente debe ser el Estado quien intervenga para satisfacerla.

Señalar que la actividad, el consumo o el empleo se mueven en una determinada dirección durante algunos meses puede ser estadísticamente correcto; utilizar esos datos para descalificar una transformación económica de fondo es intelectualmente mucho más cuestionable. Ese es el modus operandi del estatista: escoger los indicadores que alimentan su relato, magnificar los costos inmediatos, minimizar los cambios estructurales y omitir aquello que contradice su diagnóstico. No se trata ya de interpretar los datos, sino de utilizarlos selectivamente para preservar una conclusión previa: que el mercado no puede resolver por sí mismo los problemas que el propio intervencionismo contribuyó a crear. La cerrazón estatista está precisamente ahí: en convertir cada dificultad transitoria en una acusación contra la reforma y cada resultado favorable en una excepción que debe relativizarse. Un sesgo estatista que, por otra parte, está presente en casi todos los medios de comunicación argentinos, cuya cobertura suele reproducir, con llamativa persistencia, ese mismo criterio de interpretación.

Ortega y Gasset describió al argentino como un hombre «a la defensiva», demasiado pendiente de su posición y de sus circunstancias para enfrentarse directamente con «las cosas». Algo de esa actitud parece sobrevivir hoy en buena parte de los medios de comunicación, periodistas, economistas e intelectuales que analizan la gestión de Milei: ante el fracaso del estatismo, en lugar de revisar sus propias ideas, se aferran a los costos de la reforma para cuestionarla.

Tomemos el célebre «derrame». Se habla de crecimiento, inversiones, exportaciones, petróleo, gas, minería o actividad agropecuaria, y acto seguido aparece la pregunta: «¿Cuándo se va a derramar sobre el resto de la sociedad?». La metáfora parece inocente, pero dibuja una economía en la que unos producen y acumulan arriba mientras otros esperan abajo a que algo termine cayendo. La macroeconomía no ocurre al margen de la economía real: la pregunta debería ser qué mecanismos vinculan la estabilidad macroeconómica con la inversión, la productividad, el empleo y los salarios. Una inversión petrolera necesita trabajadores, maquinaria, construcción, transporte, seguros, financiación, ingeniería, tecnología y cientos de proveedores. Esos proveedores necesitan, a su vez, otros proveedores y trabajadores. Parte de los salarios se destina al consumo, y ese consumo genera nuevas actividades.

No hay, por tanto, una copa que se llena y luego rebalsa: hay una interminable red de intercambios. La pregunta relevante no es cuánto «derrama» una actividad, sino qué oportunidades, inversiones, empleos, empresas e intercambios genera. Cambiar una pregunta por otra no es un juego de palabras. Es cambiar la forma de entender cómo funciona una economía.

Algo parecido ocurre cuando se habla de las «dos velocidades» de la Argentina. Por un lado están los sectores más expuestos a la competencia internacional: agricultura, ganadería, minería, petróleo y gas. Venden, en buena medida, a precios internacionales, necesitan reducir costos, incorporar tecnología, atraer capital y mejorar permanentemente su productividad. Por otro, existen actividades mucho más dependientes del mercado interno que han convivido durante décadas con aranceles, regulaciones, subsidios, restricciones a las importaciones y sucesivas devaluaciones.

Frente a esta diferencia, una interpretación habitual sostiene que el Estado debe cerrar la brecha y ayudar a los sectores rezagados. Pero existe otra pregunta, quizá más profunda: ¿por qué esos sectores siguen siendo rezagados y qué les impide cambiar de velocidad? Si una empresa recibe durante años protección frente a la competencia, crédito subsidiado, ventajas regulatorias o un mercado cautivo, esas condiciones no son neutrales. Transmiten señales. Y empresarios, trabajadores e inversores responden a esas señales. Si una actividad que no sería rentable en condiciones competitivas puede sobrevivir gracias a la protección, los recursos pueden permanecer asignados allí. El problema puede no ser que algunos sectores sean demasiado lentos, sino que durante décadas se haya dificultado que el capital y el trabajo se desplacen hacia actividades más productivas.

De ahí surge otra de las críticas recurrentes: el modelo económico «beneficia solamente a unos pocos sectores» y deja fuera a la mayoría de los trabajadores y empresarios. Pero esa afirmación puede confundir beneficio directo con actividad económica. Una empresa petrolera no solamente emplea a quienes trabajan en un yacimiento: demanda construcción, transporte, servicios profesionales, tecnología, seguros, financiación y equipamiento. Lo mismo sucede con la minería, el agro o la ganadería. Una economía no está dividida en compartimentos estancos.

No existe un número fijo de empleos que una economía deba preservar en determinadas actividades para ser «inclusiva». Una estructura productiva no es un museo: cambia constantemente. Algunos empleos desaparecen, aparecen otros; algunas empresas crecen y otras dejan de existir. La cuestión no es preservar cada puesto existente, sino crear las condiciones para que los recursos liberados puedan encontrar nuevos usos productivos.

Aquí surge una de las mayores confusiones del debate: identificar protección con inclusión. Una fábrica puede conservar puestos de trabajo gracias a un arancel, pero ese arancel tiene un costo. Lo paga el consumidor mediante un precio más alto, otra empresa que utiliza ese producto como insumo, el contribuyente que financia un subsidio o, de manera más difusa, toda la economía mediante una menor productividad. El beneficio puede quedar concentrado mientras el costo se distribuye entre millones. Basta con entrar en cualquier supermercado: después de décadas de protección, hemos normalizado pocas marcas, escasas alternativas, productos que no se consiguen y precios elevados. ¿Qué clase de inclusión económica y social es esa en la que millones de consumidores y contribuyentes deben pagar el costo de sostener a quienes no pueden competir por sí mismos? Y cuando el Gobierno intenta romper ese esquema y abrir una economía que durante décadas ha vivido detrás de barreras y restricciones, aparece inmediatamente la denuncia de una «apertura indiscriminada».

Escuchamos y leemos con frecuencia en buena parte de los medios de comunicación la expresión «crecimiento sin empleo». Cuando una actividad aumenta su producción pero no incorpora trabajadores en la misma proporción, suele presentarse como una contradicción: ¿de qué sirve crecer si no se crean puestos de trabajo? Pero el objetivo de una economía no es mantener ocupada a la mayor cantidad posible de personas en las mismas actividades, sino utilizar de la manera más productiva posible el trabajo y el capital disponibles. Si una empresa incorpora tecnología y produce lo mismo con menos trabajadores, esos puestos desaparecen allí, pero los trabajadores pueden desplazarse hacia otras actividades.

La misma lógica aparece cuando se afirma que determinadas necesidades —educación, salud, jubilaciones o asistencia a personas en situación de pobreza— no pueden quedar «libradas al mercado». La frase parece cerrar la discusión, cuando en realidad debería abrirla.

Que una sociedad considere que nadie debe quedar sin educación o asistencia sanitaria no demuestra que el Estado tenga que producir directamente esos servicios. Financiar no es producir y garantizar el acceso no es gestionar o administrar. Es posible discutir mecanismos de elección colectiva que aseguren determinados resultados sin asumir de antemano que una estructura estatal es la única forma de alcanzarlos. Sin embargo, en el debate argentino la pregunta suele formularse al revés: «¿Qué hará el Estado para solucionar esto?». Y así, la solución estatal queda incorporada al problema antes de haber demostrado que sea la respuesta necesaria.

Algo parecido ocurre con la pobreza. Si una política económica elimina subsidios, reduce empleos sostenidos artificialmente o corrige precios que habían sido mantenidos por debajo de niveles de mercado, inmediatamente se pregunta cuántas personas resultarán afectadas y qué hará el Estado para compensarlas. Es una pregunta legítima, pero incompleta. También habría que preguntar cuánto cuesta mantener el sistema anterior, quién lo financia, qué incentivos genera y qué oportunidades bloquea.

La experiencia reciente de Argentina permite, además, formular otra pregunta: ¿qué sucede con la pobreza cuando se modifican algunas de las condiciones que contribuyen a generarla? Entre el primer semestre de 2024 y el primer semestre de 2026, la pobreza medida por el INDEC pasó del 52,9 % al 32,3 %. La inflación, por su parte, había alcanzado el 211,4 % en 2023 y cerró 2025 en el 31,5 %. Estos datos no permiten atribuir la caída de la pobreza a una única causa, pero sí invitan a revisar una idea frecuente: que retirar determinadas intervenciones necesariamente conduce a más pobreza. Esto es relevante porque las causas de la pobreza tampoco se interpretan de la misma manera. Allí donde una mirada pone el acento en la insuficiencia de protección, otra puede buscar las raíces en la inflación, las distorsiones y los obstáculos que dificultan la creación de riqueza y empleo productivo.

También merece especial atención la manera en que se utiliza el consumo como «termómetro» de la economía. Las ventas en supermercados, restaurantes, centros comerciales o automóviles ofrecen información valiosa, pero con frecuencia terminan funcionando como una medida casi total de la situación económica: si el consumo cae, la economía «no arranca»; si aumenta, «se recupera». Sin embargo, consumir no es producir, y un aumento del consumo no implica necesariamente una mejora de la capacidad productiva. El consumo puede crecer mediante endeudamiento o gracias a un aumento temporal de la capacidad de gasto, mientras la inversión y la productividad pueden estar aumentando aunque el consumo se modere. Por eso, la pregunta no debería ser solamente qué hará el Estado para reactivar el consumo, sino qué está ocurriendo con el ahorro, la inversión, los precios relativos y la productividad, y qué señales están recibiendo quienes deciden dónde asignar sus recursos.

El debate sobre la gestión económica de Milei no debería reducirse a una sucesión de indicadores, aunque los indicadores sean indispensables. También habría que discutir desde qué concepción de la economía estamos interpretándolos. Si una empresa deja de recibir un subsidio, puede describirse como perjudicada; también puede preguntarse qué recursos quedan disponibles para otros usos. Si cae una actividad protegida, puede hablarse de destrucción de empleo; también puede analizarse qué nuevas actividades podrían absorber esos recursos laborales. Si aumentan las exportaciones de petróleo, minería o agro, puede preguntarse cuántos trabajadores están empleados directamente en esos sectores; también puede observarse toda la red de empresas y servicios que esas actividades hacen posible. Los datos pueden ser los mismos. Lo que cambia es el marco conceptual desde el que se los interpreta.

Y aquí llegamos al núcleo de la cuestión. Desenmascarar el estatismo no significa buscarlo únicamente en las propuestas explícitas de mayor intervención estatal. Significa reconocerlo allí donde resulta menos evidente: en la formulación de las preguntas. Quizá haya llegado el momento de invertir las preguntas. No preguntar primero qué debe hacer el Estado, sino qué pueden hacer las personas, las empresas y las organizaciones cuando pueden actuar y coordinarse libremente. No preguntar cuánto debe «derramar» una inversión, sino qué intercambios genera. No preguntar cómo preservar cada empleo, sino cómo crear las condiciones para que aparezcan otros. No preguntar únicamente quién pierde con una reforma, sino también quién estaba pagando, hasta entonces, el costo de mantener el sistema anterior.

Porque antes de discutir las respuestas económicas de Milei convendría discutir algo todavía más básico: si algunas de las preguntas con las que pretendemos juzgarlas no contienen ya, desde el principio, la respuesta que estamos buscando. Al final, solo hay dos caminos: más Estado o más libertad. No se engañen: no hay forma de eludir esa elección.

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