La desinformación en las elecciones norteamericanas
Matías Enríquez

Participante del Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales 2020. Periodista argentino que ha trabajado en diferentes medios de comunicación, actualmente dedicándose a la comunicación institucional de organismos de gobierno. Trabajó en diferentes medios gráficos como El Mundo (España), Marca (España) y ESPN-La Revista (Estados Unidos), en radio y TV. Fue corresponsal, redactor, movilero, editor, columnista, conductor y productor. También se desempeña como docente en talleres de Comunicación, Periodismo y Argumentación. Ha publicado columnas de opinión en diferentes medios como Infobae, Diario Perfil, ADN Ciudad, Mundiario  y Visión Liberal, entre otros. 




Al igual que en 2016, la campaña estuvo teñida de polémica en torno a la imprecisión informativa. Las fake news volvieron a ser las grandes protagonistas de una contienda electoral imprescindible en el futuro de los estadounidenses.

“Los demócratas se han robado la elección” venía diciendo Donald Trump en la noche del jueves pasado hasta que algunas de las principales cadenas como NBC y ABC decidieron cortar su transmisión y otras como CNN transmitía mientras los periodistas criticaban los dichos del gobernante, amparados en la protección de las audiencias de mensajes desinformativos. Audaz y controvertida, la decisión expuso la trascendencia de la desinformación en estas elecciones norteamericanas modelo 2020.

El comportamiento de las principales cadenas frente a este mensaje reactivo una disyuntiva de la que ya hemos hablado desde este espacio respecto de quienes controlan verdaderamente la información a la hora de combatir la desinformación. Sabido es que las fake news proliferan con mayor volumen durante las elecciones y los períodos de crisis pero poco sabíamos de cuál sería su verdadera dimensión en un contexto en el que ambas variables confluyen. El cocktail ha sido explosivo. La desinformación ha sido una de las grandes protagonistas de la contienda electoral entre Joe Biden y Donald Trump pese al accionar de las empresas tecnológicas para tratar de contenerlas. La radiografía diagrama un panorama incuestionable: el exceso de control por parte de los gobiernos, los medios o las propias empresas tecnológicas atentara irremediablemente contra la libertad de expresión en un sentido más o menos amplio.

Entre quema de boletas fraudulentas (noticia que se viralizó por un retweet del hijo de Trump y que fue rectificado por la propia ciudad de Virginia Beach argumentando que se trataba de boletas de muestra) hasta las polémicas suscitadas por el recuento de votos (como el supuesto caso de Wisconsin que ratificaba el prejuicio republicano respecto de poner en tela de juicio el uso de los votos por correo), las fake news circularon como nunca y, seguramente con el paso de los meses, tendremos un mayor bagaje informativo sobre estrategias fraudulentas y manipuladoras iniciativas que tiñeron de gris una de las elecciones más trascendentes de los últimos tiempos en el norte de América.

La campaña republicana puso el foco en la figura de Biden como ese “enemigo socialista”, una interpretación más propia de latitudes latinoamericanas que norteamericanas. El romance con esa idea del enemigo rojo pudo haber sido exitosa para los republicanos en 2016 frente a Hillary Clinton pero no alcanzó en esta ocasión pese al gran apoyo (inusitado para muchos analistas latinoamericanos) que recibió Donald Trump. Al igual que en aquella ocasión, la pedofilia también formó parte de la agresión como uno de los ejes de la campaña republicana, con la acusación de Joe Biden como “pedófilo”, una palabra que tuvo mayor impacto en foros como Reddit o 4chan, muy presentes en los votantes norteamericanos. Ya no bajo el disfraz de pizzagate. Ironía geográfica, ese mote que le cargó la campaña de Donald Trump a Biden tuvo más impacto en nuestro país que en el propio país anfitrión de las elecciones. Quizás, en algún momento, los analistas y periodistas locales deberán hacer su autocrítica a la hora de emitir análisis divorciados de la coyuntura local y contextos globales. Que la desinformación circule en las redes, vaya y pase, pero que nuestros periodistas hagan eco de las fake news sin una mínima dosis de chequeo habla de la irresponsabilidad con la que ejercen la profesión varios colegas. 

Las #EleccionesEEUU2020 confirmaron una tendencia que viene in crescendo. No, no me refiero al pésimo vaticinio de la mayoría de los encuestadores sino al poderío de WhatsApp como herramienta indispensable para la proliferación de noticias falsas. Al igual que en Brasil e India y hasta en la misma Argentina en las elecciones del año pasado, la desinformación en WhatsApp fue imprescindible y demostró que ha llegado para quedarse. Esta contienda electoral volvió a dejar en claro el poder de WhatsApp, algo que no deja de preocupar, dada la confluencia del discurso público en ámbitos privados y la dificultad que esto conlleva para su monitoreo y análisis. La propagación de noticias falsas en este servicio de mensajería no cesa, pese a la implementación de la efectiva estrategia de limitar el reenvío de mensajes, lo cual profundiza grietas, basadas en los sesgos cognitivos y la propagación de cámaras de eco. 

Como una de esas series que se pueden ver en Netflix o Amazon, la batalla “Trump/Twitter” volvió a sumar un nuevo capítulo. Más de un tercio de los tuits del presidente Trump desde que se cerraron los comicios fueron etiquetados por Twitter y hasta ocultados con advertencias que daban cuenta de que el tuit podía ser engañoso, además de restringir la interacción de los mismos, ya sea por retweet o me gusta. En ese sentido y comprendiendo que “el resultado de la elección fue anunciado por múltiples fuentes”, Twitter decidió no ocultar más los tuits falsos o engañosos sobre las elecciones que suba el actual presidente Donald Trump. La medida de la red social del pajarito es un episodio más de la batalla que comenzó en mayo de este año, cuando el Jefe de la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva que alteró las arenas legales de estas plataformas, decreto que llegó pocos días después de que Trump sufra su primera “etiqueta”. La gran paradoja de esta miniserie reside en el gran valor que Trump le asigna a Twitter, un espacio que supo ser su aliado y de gran valía para masificar su mensaje y que lo depositó en el Salón Oval y que luego se transformó en su gran herramienta para lanzar dardos aún cuando asumió la presidencia, por sobre la oficial @potus.

“Los demócratas se han robado la elección”. Los medios podrán callarlo y las redes sociales también podrán intentarlo pero, a la luz de los hechos y de la gran cantidad de votantes que obtuvo, el mensaje ha calado profundamente en el ADN de una gran porción de norteamericanos. Ese fenómeno imposible que fue Donald Trump ya no es tal y los Estados Unidos deberán acostumbrarse a la idea de que el trumpismo continuará vigente, aún con Biden como presidente. Y con él, continuarán sus discursos xenófobos, las anomalías discursivas y todo el manual de la incorrección política. Los estadounidenses y los analistas también deberán cuidarse de las campañas desinformativas que nazcan desde sus seguidores pero también de los del “otro bando”. Allá o acá, las fake news ya son una realidad y no conocen de colores pero sí de grietas. Está en todos la responsabilidad de no seguirles el juego. 


Publicado en diario Perfil.


 

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