No vale todo en la comunicación de gobierno
Matías Enríquez

Participante del Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales 2020. Periodista argentino que ha trabajado en diferentes medios de comunicación, actualmente dedicándose a la comunicación institucional de organismos de gobierno. Trabajó en diferentes medios gráficos como El Mundo (España), Marca (España) y ESPN-La Revista (Estados Unidos), en radio y TV. Fue corresponsal, redactor, movilero, editor, columnista, conductor y productor. También se desempeña como docente en talleres de Comunicación, Periodismo y Argumentación. Ha publicado columnas de opinión en diferentes medios como Infobae, Diario Perfil, ADN Ciudad, Mundiario  y Visión Liberal, entre otros. 




Falta de profesionalismo o espontaneidad pueden ser enemigos de la comunicación de gobierno en estos tiempos de incertidumbre.
 
En la orquesta de la comunicación de gobierno, esta semana fuimos espectadores de lujo de una pieza musical en la que todo ha fallado, desde diputados que soltaron sus instrumentos hasta un director de orquesta que ha tirado su batuta. Como cabía esperarse, la sinfonía terminó sonando desastrosamente. Pero eso sí, todo pasa y la banda siguió tocando…
 
El primer concepto que debemos dejar en claro es que no vale todo en materia comunicación de gobierno. Son varios los presuntos grandes gurús de la comunicación política que ponen el foco en el receptor, al que hay que seducir, como dice la perenne canción de cancha, “cueste lo que cueste”. El problema no radica tanto en ese encandilamiento legítimo hacia el receptor del mensaje sino en lo que el emisor siente, erróneamente, que quien recibe el mensaje quiere escuchar o leer. Solo desde error preconceptual y desde la lejanía con el sentido común, se podría elucubrar alguna teoría sobre qué quiso decir el presidente con su comentario sobre los mexicanos indios, los brasileños de la selva y los argentinos de los barcos. Quizás quiso encandilar al presidente español Pedro Sánchez, que se lleva una anécdota inolvidable para contar en el futuro a sus nietos. Deja vú del comentario, plagado de lugares comunes predominantemente racistas, como el que le hizo a Evo Morales (“el primer presidente boliviano en parecerse a un boliviano”) o su sinfín de tuits agresivos para con todo aquel que pensaba distinto. Eso sí, tuits que solo se vieron en redes sociales y que poco y nada eco tuvieron en los medios tradicionales en plena campaña electoral.
 
Pero quizás la comunicación de varios de los integrantes del gobierno no solo esté puesta en ese afán de seducción hacia el receptor sino que, al igual que los comentarios de Fernández, tal vez se esté en camino a una peligrosa subestimación de la ciudadanía. En campaña vaya y pase pero cuando se gobierna no sirven los discursos extremos orientados únicamente hacia los propios votantes sino que hay que pregonar esa “cultura del diálogo”, de la que tanto se habló en campaña presidencial de 2019 y de la que tan poco se trabajo desde aquel entonces. En esa tendencia de infravalorar a la ciudadanía parecen englobarse los dichos de la diputada Mara Brawer que reconoció que “no necesitamos la vacuna de Pfizer”, algo que también repitió el diputado Pablo Yedlin, presidente de la comisión que se encarga de las cuestiones de salud pública en el Congreso.
 
No tengo dudas que ambos legisladores deben estar al tanto de cómo viene el ritmo de vacunación y conocerán que se ha vacunado menos del 7% de la población con segundas dosis. Si así no lo hicieran sería imprescindible que estén al tanto de esos datos antes de encarar los micrófonos. Parece un tanto ingenuo ponerse en este rol de rechazar vacunas, vengan de donde vengan, sin dejar en claro los verdaderos argumentos de la negación, sembrando más dudas que certezas a cada intervención pública. En sinergia con ese comportamiento de lejanía con la sociedad parecen englobarse los desafortunados comentarios de Fernanda Vallejos y su defensa del aumento del 40% de las dietas, argumentando que se tiene el salario más bajo de la región. Ni hace falta el contraste con la sociedad, en la cual cada vez desaparece más la clase media y donde los salarios no alcanzan, en muchos casos, para las más básicas necesidades.
 
Lo paradójico es que lo que en otros países ocurre en un lapso de semanas y hasta meses, en Argentina transcurrió en 24 horas. Mala lectura de las demandas sociales, distanciamiento con la ciudadanía y subestimación de la población parecen ser los tres principales capítulos de un libro de lo que no se debe hacer en tiempos críticos y pre electorales. Si a eso se le agrega un capítulo de racismo en comentarios del primer mandatario en el plano internacional podríamos estar ante un verdadero best seller que ni el más audaz mentor de la comunicación se atrevería a escribir. Pero no hay que olvidarse que esto es Argentina un país donde se cumple aquel axioma, plasmado en el anillo del ex presidente de la AFA, Julio Grondona: “Todo pasa”.



Publicado en diario Perfil.
 


 

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