Clima de descontrol
Sergio Crivelli



Los medios reproducen escenas de caos creciente. De descontrol social, institucional y político.
Los sectores más pobres toman tierras, la clase media impide el cumplimiento de una orden judicial para que Lázaro Báez ingrese en un country o sale a los banderazos en plena pandemia, la policía bonaerense protesta, funcionarios nacionales y de la provincia se acusan mutuamente por las usurpaciones. Un funcionario en el sur es sorprendido llevando en una camioneta del Estado a una familia para que ocupe un terreno, aunque el INADI posteriormente lo negó.
El desbarajuste institucional que se produce al mismo tiempo no es menor. La semana pasada funcionaron dos cámaras de Diputados, mientras la Justicia sigue prácticamente paralizada desde el año pasado. El oficialismo quiere que el Congreso sesione sin oposición y que la Justicia esté integrada por jueces y fiscales amigos. A los sospechosos los quiere echar: del procurador para abajo.
De los tres poderes funciona uno y un cuarto: el Ejecutivo, que es una fábrica de decretos de necesidad y urgencia, y el Senado, bajo la mano de hierro de la líder política del gobierno: la vicepresidenta.
El inventario de conflictos podría prolongarse, pero es ocioso. El dato quizá más destacado es que todas estas calamidades le sobrevinieron al presidente en menos de nueve meses. En el último trimestre del año pasado la incógnita radicaba en si Mauricio Macri terminaría su mandato. Los kirchneristas soñaban con el helicóptero. Hoy Fernández aparece más desgastado que su antecesor sin haber cumplido un año en Olivos.
A esto hay que agregar una crisis económica y otra sanitaria que lo condicionan. Pero el caos está indicando que antes de resolver esa difícil situación tiene que salir de algo más elemental: la crisis de autoridad. Amenaza con “apretar el botón rojo”, al mismo tiempo que reconoce que la cuarentena se esfumó hace rato. La gente sale a la calle sin control posible. Jugó todas sus fichas a la figura del padre protector y subió meteoricamente en las encuestas, pero hoy dice que hay que volver seis meses atrás porque fracasó: tiene medio millón de contagiados, 10 mil muertos y a Cahn y a González García ya no les hacen notas los periodistas “K”. Conclusión: las clases con power point encubrían improvisación y aprovechamiento político del virus.
Fernández no sólo erró la estrategia con la pandemia. Quiso ganar autonomía política atrayendo a la oposición, pero su vice incendió cualquier puente con Rodríguez Larreta. Después quiso dividir a la oposición convocando al aceitoso Martín Lousteau, pero tampoco funcionó. Los radicales deben dar batalla, porque sus votantes les marcan el camino. Los herederos de Alem e Yrigoyen son genéticamente acomodaticios, pero no suicidas. 
En Saint Tropez, Macri debe haber entendido qué sentía Perón cuando contemplaba desde el otro lado del Atlántico las riñas interminables de la clase política nativa. Volvió y propuso negociaciones. La oposición es heterogénea y con problemas de liderazgo, pero puede manejar los tiempos porque el reloj corre contra el gobierno.

Publicado en La Prensa.

 

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