El regreso de los adoradores de Trotski
Karina Mariani
Directora del CLUB DE LOS VIERNES Argentina.



En 1940 el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) de la URSS, creó una empresa fantasma en Nueva York. No fue una tarea compleja, la relación del NKVD con el mundillo financiero de Wall Street era más que óptima. Los lazos los había establecido, décadas atrás, uno de sus encumbrados dirigentes, León Trotski, que había pasado entre ellos largos y felices días de conspiración y recaudación de fondos para derrocar al Zar Nicolás II. Eran unos tiempos dorados para el joven bolchevique, cuando apenas comenzaba el año 1917 y arribaba a la Gran Manzana para desplegar allí su carisma y cosechar todo el oro capitalista que las elites snobs le quisieran dar. 
Recorrió en aquel entonces, junto al chofer y los secretarios, las casas más lujosas, los mejores restaurantes y las más divertidas fiestas junto a lo más encumbrado de la sociedad neoyorkina. Partió de regreso atiborrado de la financiación que necesitaba Lenin para su golpe de Estado. La paradoja del destino fue que la empresa fake que en 1940 fundara el NKVD fuera la pantalla  que convirtiera a Ramón Mercader, un espía soviético de origen español, en el joven «empresario» que se ganó la confianza de Trotski, y que en la tarde del 20 de agosto de 1940 le insertara con ahínco y entusiasmo un hierro en el medio del cráneo. La vida te da sorpresas.
Y tantas sorpresas te da que en Argentina, 81 años después, un partido trotskista se constituye como tercera fuerza política en las elecciones generales. Créase o no, hay gente que se dice abiertamente trotskista, sin el más diminuto de los pudores y hay muchísima gente que los vota. El trotskismo argentino es el FIT : Frente de Izquierda y de los Trabajadores, tercera fuerza política del país con un poco menos del 7% de los votos nacionales. Si este porcentaje pudiera parecer poco, hemos de recordar que, cuando Trotski recibía los dineros de la banca americana para implementar la dictadura soviética, no eran muchos más los bolcheviques. Cuando Trotski llegó a México en enero de 1937, venía de deambular por medio mundo sin un país dispuesto a recibirlo. Fue el siniestro grupete de Diego Rivera y Frida Kahlo, que presionó al presidente Lázaro Cárdenas para darle asilo político. A su llegada a México sus seguidores no sumaban más de 60 personas
El trotskismo vernáculo lucha por un “gobierno de los trabajadores de ruptura con el capitalismo” y viene creciendo sostenidamente, tienen una inserción mayoritaria en las universidades públicas, de donde obtiene financiación y es gravitante también en los movimientos sociales, los sindicatos docentes y estatales. O sea que el dinero que los sostiene sale de los impuestos del 93% de la sociedad que no los quiere. Son actor protagónico de casi todas las manifestaciones callejeras, cortes de circulación de rutas o calles, piquetes y demás formas de patoterismo urbano, así como frecuentes en tomas de empresas y fábricas mediante el accionar sindical. Donde pasan los fanáticos seguidores de León Trotski no vuelve a crecer la prosperidad ni la riqueza, son como el Atila del trabajo.
En Argentina, así como en el resto de la región, el trotskismo se hizo fuerte con el auge de las guerrillas terroristas de los 60 y 70 y ha tenido muchas facetas, incluyendo una que promovía una invasión a EEUU, una invasión extraterrestre y una guerra nuclear alternativamente. Pero el delirio mayor proviene de la pretensión de alejar a Trotski de la culpa por el genocidio que implementó el movimiento bolchevique para imponer su dictadura. La feroz pelea que se estableció entre Stalin y Trotski solapada mientras Lenin vivía y desembozada a su muerte, fue ganada por Stalin, que primero lo anuló, luego lo expulsó y finalmente lo asesinó. Pero eso no hace a Trotski menos genocida, lo hace simplemente menos eficiente que Stalin.
Desde que apenas salido de prisión con un pasaporte falso viajó a conocer a Lenin hasta que en 1929 fuera expulsado de la Unión Soviética, León Trotski, fue un asesino feroz que el exilio convirtió en mito de la revolución permanente. Despegado de la barbarie soviética por la propaganda progresista, la figura de Trotski se asocia con el idealismo que no flaquea, el marketing del socialismo contrafáctico. Una de las mentiras que sostiene el trotskismo es que su modelo nunca se realizó y esta pavada fácilmente refutable les permite andar por los canales de televisión e incluso ir a los debates de las campañas electorales sin que ningún periodista les pregunte cómo puede ser que tengan de líder espiritual a semejante hijo de un vagón de meretrices. 
El trotskismo argentino se campea en las universidades y en los medios sin dar explicaciones de su historia y hasta levantan el dedo moralizador. Trotski fue protagonista y ejecutor de todas las aberraciones con las que se pavimentó el infierno soviético. Construyó una red de espías salvaje y logró que miles se convirtieran en asesinos despiadados. Pionero en el control del pensamiento y el premio a la delación, fue un exhaustivo censor. Durante la guerra civil dirigió el Ejército Rojo que no dejó crimen de guerra por realizar, coordinando este accionar con el de la Cheka (Comisión Extraordinaria Panrusa) la organización de inteligencia política y militar soviética, creada para suprimir y liquidar sin límite legal todo acto contrarrevolucionario. Fue tenaz defensor del trabajo esclavo de los enemigos que luego de 1922 eran lo que a la cúpula se le cantaba que fueran. Estaban, desde ya, prohibidas las huelgas y se exaltaba la violencia como mecanismo de eclosión de los procesos revolucionarios. 
Sus métodos de tortura fueron pioneros e inspiración de tantos otros chacales. Cada Cheka local tenía su especialidad. Jarkov, se dedicaba al ‘truco del guante’: que consistía en quemar las manos de la víctima en agua hirviendo hasta que la piel ampollada pudiera desprenderse. La de Kiev colocaba una jaula con ratas junto al torso del torturado y calentaban la jaula para que las ratas enfurecidas se abrieran camino a través del cuerpo de la víctima en un esfuerzo por escapar. El terror fue un elemento fundamental del régimen bolchevique y sus víctimas se cuentan por millones a los que se suman los muertos por las hambrunas y la guerra “revolucionaria”. 
En 1918 se opuso a la presencia de la Cruz Roja en las zonas de combate de la guerra civil diciendo: «Los pilotos de aviones y los artilleros han recibido órdenes de bombardear e incendiar los distritos burgueses de Kazán, y luego de Simbirsk y Samara. En estas condiciones, la caravana de la Cruz Roja resulta inapropiada.» En 1921, Trotski enfrenta una rebelión tomando a las mujeres e hijos de los amotinados como rehenes además de ubicar destacamentos de la Cheka en la retaguardia a fin de liquidar en el acto a todo soldado que retrocediese o no quisiese participar en la represión. Todo eso fue obra de Trotski. Digno es de destacarse que, a diferencia del secretismo nazi, las torturas, desapariciones y campos de concentración soviéticos eran conocidos, maquillados e incluso exaltados por los difusores del comunismo en el mundo, muchos de los cuales eran los intelectuales y artistas que soñaban con instalar el sistema en América y que refugiaron a Trotski en México hasta que las disputas internas lo convirtieron en brochette. 
La buena estrella de Trotski se apagó en el mismo momento en que Lenin sufrió el ataque que lo convirtió en una planta y Stalin se hizo con el poder absoluto. Su carrera se derrumbó. En febrero de 1929, aceptó el exilio de la URSS o sea que, desde 1917 hasta que se convirtió en un paria fue ladrón, asesino, torturador y genocida. Este es el hombre que inspira al partido que es la tercera fuerza política argentina. Este es el partido que se sostiene exclusivamente con impuestos y es el partido que dice promover la diversidad y el bienestar mediante la lucha contra el capitalismo y la propiedad privada.
Según los fanáticos seguidores del genocida Trotski es el capitalismo el culpable de que el clima cambie, de que la gente sea delincuente, de que las mujeres sufran mucho, de que se cultive usando fertilizantes, de que los chicos repitan de grado y de que se obligue a las gallinas a poner huevos. Todo se explica culpando al capitalismo, incluso los fracasos del socialismo, o porque nunca es el verdadero o porque nunca se aplica lo suficiente. El trotskismo argentino “lucha por un gobierno de las y los trabajadores en ruptura con el sistema capitalista-imperialista” y sostiene que “al querer acabar con toda forma de explotación y opresión, empalmamos naturalmente con todas las causas anticapitalistas”. Ven opresión en el uso de la letra O pero no ven nada malo en el régimen venezolano o cubano.
Bueno, esta gente, con estas reivindicaciones, cargando con la ideología y con el plan político-económico responsable del mayor asesinato en masa de la historia de la humanidad tendrá cuatro diputados en el Congreso Nacional. Además de las elecciones que les dieron escaños en la Ciudad de Buenos Aires, la Provincia de Buenos Aires y Jujuy, consiguieron una cosecha creciente en Chubut, Neuquén, Santa Cruz y San Juan. El trotskismo en Argentina viene marcando agenda aún fuera de las representaciones institucionales. Tienen gran influencia en los sindicatos docentes y son quienes instalan temas que luego los políticos de “centro” votan. Quienes idolatran al ejecutor del plan de exterminio soviético, protagonista de las escenas más terroríficas del siglo XX gozan de peculiar impunidad frente al periodismo y los representantes de la política y la cultura. Esta es la tercera fuerza política del país: los adoradores de Trotski.

Publicado en Faro Argentino.







 

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